LIBROS
De Cine. Memorias de un príncipe de Hollywood

Hasta la fecha se han escrito muchas historias de Hollywood, que intentan explicarnos cómo empezó todo en la meca del cine. Pero seguramente hay pocas cuyas páginas se devoren con la misma pasión con la que se lee una buena novela. Éste es justamente el caso del libro que nos ocupa, escrito en 1981 por el guionista Budd Schulberg, y que ha sido traducido por primera vez al español.

Dos son los puntos clave que hacen de éste un magnífico libro. Por un lado Budd Schulberg es protagonista y testigo principal de los hechos que narra. No en vano, su padre, B.P. Schulberg fue uno de los pioneros de Hollywood, primero como rotulista de películas mudas, y luego como productor de postín. Con lo que, sencillamente, un Budd niño y adolescente, hasta que le llega la hora de marchar a la universidad, mantiene los ojos y los oídos bien abiertos de modo que puede contar cosas que ha vivido personalmente. Y lo hace –éste es el otro punto clave a que me refería– con una increíble viveza, no en vano el autor es alguien cuyo oficio es escribir, algo que ha hecho a las mil maravillas, como prueban sus guiones y novelas, de los que son muestra excepcional La ley del silencio y Más dura será la caída.

Por las páginas de la voluminosa obra desfilan los magnates, casi todos de origen judío, como la propia familia Schulberg, que supieron seguir su intuición de que el negocio de hacer películas podía ser más que rentable, y muy satisfactorio. Ahí están por supuesto Adolph Zukor y Jesse Lasky, con los que B.P. estuvo asociado, pero también Louis B. Mayer, y con menos presencia, William Fox, Carl Laemmle, los hermanos Warner, Harry Cohn, Irving Thalberg, David Selznick... El autor describe con gran sentido del “entertainment” cómo fue el devenir de estos “nuevos ricos”, que de la noche a la mañana se encontraron con que el dinero les salía por las orejas. Las películas era la gran diversión del público americano, y del resto del mundo, y estos productores se esforzaban por asegurar el suministro de celuloide que les permitiera disfrutar en la oscura sala de cine.

Sin pretensión de ser exhaustivo, diré que Schulberg rinde homenaje a quien considera uno de los grandes nombres de la historia del cine, Edwin S. Porter, que habría inventado antes que David W. Griffith muchas de las reglas esenciales de la narrativa fílmica. También cuenta cómo B.P. e Hiram Abrams tuvieron la idea de crear United Artists, intuyendo la fuerza que las estrellas (Griffith, Mary Pickford, Douglas Fairbanks, Charles Chaplin, William S. Hart…) podían tener si, en vez de estar atadas a los estudios por contratos atractivos económicamente, pero de condiciones leoninas, ostentaban ellos el poder a través de los representantes adecuados; el relato de una buena idea arrebatada por otros que se apropian de ella resulta de enorme interés, ayuda a entender una industria que en ese momento inventaba su mecanismo de funcionamiento. Se describe cómo la joven y atractiva Clara Bow se convirtió en la “chica-eso”, el carisma de George Bancroft para el cine gangsteril, o la producción de la película de aviones Alas, la primera en ganar el Oscar.

Resulta además muy interesante el relato de Schulberg de cómo afectaba a sus protagonistas la embriaguez de ostentar el poder en la fábrica de sueños. El chorro de millones era abrumador, y el autor describe la afición de su padre al juego, lo fácilmente que podía dilapidarse el dinero, o gastarse en ostentosas mansiones, lujos “asiáticos” de muy diverso tipo y orgías desenfrenadas. Sobre este último apartado Schulberg narra la disposición de tantas aspirantes a actriz a pasar por el lecho que conviniera, si eso ayudaba a sus incipientes carreras. Incluso él, siendo un adolescente, experimentó algún intento de seducción por su condición de “hijo del jefe”. De todos modos, curiosa cosa, Budd sufrió un efecto de reacción a la vida disoluta que era norma en Hollywood, y a la afición de su madre, Adeline Jaffe, por el feminismo militante y el psicoanálisis. No es que él fuera alguien de sólidas convicciones morales, o que hubiera tenido una formación religiosa muy estricta –las referencias al judaísmo son casi folclóricas, el autor se refiere a la fe poco cercana de uno de sus abuelos, que le retraía–, pero la aventura de su padre con la actriz Sylvia Sidney le produjo un rechazo inmediato, sufrió por la separación de sus padres. Llama la atención que en un ambiente tan permisivo y “progresista”, Budd no entrara en el mismo juego; más bien anduvo desorientado en el campo sexual y afectivo en su juventud, sus padres nunca le ayudaron, en un sentido u otro.

Schulberg siempre pareció destinado a seguir los pasos de su padre en el mundo del cine. Le gustaba escribir, su ambiente habitual era el de los rodajes, deambulaba por los platós con su mejor amigo, hijo también de un jerifalte cinematográfico… Tienen gracia sus experiencias como entrevistador de las estrellas, cómo su concienzuda entrevista a Gary Cooper, que quedó reducida a pavesas, mientras era instruido para inventar, más que en el esfuerzo por obtener declaraciones jugosas y ciertas de las estrellas.

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