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Nota decine21
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Luna, el misterio de Calenda

Luna, el misterio de Calenda

Luna, el misterio de Calenda

Principales intérpretes

Sinopsis oficial

Sara (Belén Rueda), una jueza, se traslada a Calenda con Leire, su hija adolescente (Lucía Guerrero), dispuesta a rehacer su vida familiar.

La desaparición de su marido, un capitán de la Guardia Civil (Leonardo Sbaraglia), a las pocas horas de su llegada al pueblo, será el desencadenante de una serie de estremecedores sucesos que harán comprender a la magistrada que Calenda no es el apacible lugar que aparentaba ser. Descubrirá que muchos de sus habitantes encuentran en viejas leyendas milenarias la explicación a los terribles acontecimientos que han comenzando a producirse. Supersticiones y miedos instalados en la región, que ella está dispuesta a desmontar con explicaciones racionales y una buena investigación policial.

Leyendas milenarias que hablan de aullidos en la noche, de extrañas muertes rituales, de hombres convertidos en bestias. Así es Calenda, un pequeño pueblo repleto de secretos, epicentro de grandes pasiones y amores prohibidos, un lugar perdido en medio del bosque donde lo sobrenatural está a la orden del día.

Crítica decine21.com

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Todo por justificar

Sara, jueza, viaja con su hija adolescente en coche rumbo a Calenda. Va a reunirse con David para darse una nueva oportunidad en su matrimonio, e incorporarse a su nuevo destino profesional. Cerca del destino sufre una colisión en la oscuridad de la noche, al parecer con un animal grande, aunque la única evidencia del incidente es un reguero de sangre. Con la impresión de que alguien más ha visto lo sucedido llegan al pueblo; pasadas unas horas Sara se entera de que su esposo, capitán de Guardia Civil en la localidad y en el pasado protagonista de operaciones contraterrorista, ha desaparecido misteriosamente. Sara, como nueva responsable del juzgado, decide junto a la Guardia Civil estar al frente del operativo de búsqueda y examinar todas las pruebas que proporcionen pistas para hallar a su marido. Una está relacionada con el último caso que el capitán estaba trabajando, pero no está nada claro que sea el motivo. Mas bien podría estar vinculado con algo difícil de creer, viejas leyendas de hombres lobo que antaño dejaron en el pueblo u terrible huella. Y es que algunos lugareños se comportan de forma muy extraña. ¿Puede una supuesta superchería ser cierta?

De los productores españoles de series como El internado y El barco, llega este thriller aderezado con algunas gotas de terror clásico, en donde suceden muchas cosas en poco tiempo, dando la sensación de querer captar la atención de un público heterogéneo por la vía rápida. La dictadura de las audiencias, el temor al rating de los guionistas se hace evidente en esta serie basada en un argumento central pretendidamente de interés, apoyado por historias paralelas, las particulares de los ciudadanos que viven en Calenda, dándolo todo y de forma precipitada desde el minuto uno.

Las consecuencias de esta ansiedad son claras. Falla la coherencia de los estados emocionales de los personajes, se hace difícil de creer que todas las situaciones posibles sucedan en una misma jornada, y aunque se admita que los personajes tienen muy desarrollado el don de la ubicuidad, las unidades de acción, lugar y tiempo se nos antojan pasadas por el forro de los caprichos de quien busca más el “pelotazo” –todo, mezclado y del tirón para adentro- que el gusto por saborear cada uno de los componentes que deben enriquecer una trama, servidos al ritmo adecuado. La televisión puede imponer muchas cosas, pero no hay que volverse loco a la hora de narrar adecuadamente.

Este pecado de origen lleva al traste el resto. Que Belén Rueda es una estupenda actriz lo demostró en El orfanato y en otra serie, La princesa de Éboli, pero aquí, aunque mantiene el tipo, sufre en la fina piel de Sara. No se ve a la actriz con la posibilidad de registrar matices de felicidad, serenidad o ira como debiera ser, sin duda condicionada por el despropósito inicial de un viaje sin freno a ninguna parte y sin asiento asignado, como le ocurre al resto de los personajes. Y no es que no sepamos quién es quién, eso se sabe, sino porque todos ellos se definen por su poca chicha, por la pobre explicación de cómo reaccionan entre sí, ese “así, sin más” puesto en pantalla como cualquier cosa. Para mayor inri, y por mucho que se quiera encubrir, canta la reminiscencia de Crepúsculo. El extraño joven Joel (Álvaro Cervantes), aunque huela a lobo quisiera ser el chupa sangres Edward, y Leire (Lucía Guerrero) ya apunta malas maneras de ser la Bella de la citada saga. Muy guapos y mucho tufo para atrapar los gustos adolescentes.

La tentación de querer salvar de la quema la ambientación, algo de la puesta en escena, no puede ocultar el reproche de que no hace falta subrayar los momentos de tensión con música altisonante, eso es muy viejo. Y si en la cabeza de los creadores de la serie merodea la idea de generar expectación, complicidad y adhesión a lo Twin Peaks o The Killing, apañados van.

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