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Lista de cine

Lista de películas puntuadas con 4 en amor

(2003) | 96 min. | Drama
Leonor, una profesora universitaria portuguesa, hace un crucero por el Mediterráneo con su hijita María Joana. La idea es reunirse con el esposo y padre, que es piloto de una línea aérea, en Bombay. El viaje es el cumplimiento de un sueño dorado de Leonor, y al hilo de los puertos en los que recalan, ella ofrece a la niña un precioso relato histórico-cultural de las raíces grecolatinas y judeocristianas de Europa. Imprescindible película del director luso Manoel de Oliveira, que con 95 años sigue en la brecha del mundo del cine. Su film es una delicia, un canto al entendimiento entre distintas civilizaciones (la ‘mesa de Babel’, donde el capitán y sus invitadas hablan en múltiples lenguas) y a una enseñanza integral (las ‘clases’ de la madre a su hija). Debería ser obligatorio su visionado a todos los que andan construyendo la Unión Europea, sobre todo para los tibios que en la redacción de la constitución, parecen cerrar los ojos al legado de nuestros antepasados. Estupendo el reparto, y sorprendente el desenlace, que no dejará a nadie indiferente.
7/10
(2017) | 119 min. | Biográfico | Drama
Película basada en hechos reales, se trata de un drama inspirador donde Ron Hall, casado con Debbie, y padre de dos hijos, de buena posición y con un trabajo en el mundo del arte, ha perdido el rumbo completamente. Sabedora Debbie de que le engaña, le persuade para que corte esa relación y se ocupe de su familia y, por ende, de los demás, ayudando en la obra social de una misión cristiana, dando de comer a indigentes. No está muy convencido Ron, pero el amor incondicional de su esposa puede ser muy persuasivo; y resulta decisivo su encuentro con un sin-techo apodado "Odio", del que contra pronóstico, el matrimonio, en primer lugar gracias a Debbie, logra hacerse amigo. Historia impactante, dirigida por el debutante Michael Carney, también coguionista, no oculta su intención inspiradora, a la hora de recordar que todas las personas tienen su particular camino para ser felices, por el que les lleva Dios. El trío protagonista, Greg Kinnear, Renée Zellweger y Djimon Hounsou, componen de modo convincente a sus personajes, su evolución personal y aceptación del amor de los otros como palanca para su transformación. Cuestiones como la enfermedad, la muerte, el perdón  y la reconciliación atraviesan la trama, con la idea de fondo de que cualquiera, hasta la persona más perdida, puede ser tocada la gracia y encontrar su camino a casa, siguiendo su estrella.
6/10
(2009) | 96 min. | Romántico | Aventuras | Animación Tráiler
Carl Fredericksen es un anciano al que, desde que enviudó de su amada Ellie, los achaques le pesan más que nunca. Muy enamorado de su mujer, le quedó la espinita de no haber cumplido el sueño común, que se remontaba a la infancia, de hacer un viaje aventurero a las Cataratas del Paraíso en Sudamérica. Ahora ese sueño parece más lejos que nunca. Y por si fuera poco, la linda casita que Ellie y Carl convirtieron en hogar, se ha convertido en una especie de islote en medio de un montón de obras que pretenden levantar alrededor imponentes rascacielos. Cuando por mandato judicial, Carl está a punto de ser trasladado a una residencia de ancianos, pone en marcha un increíble plan, inspirado en su antiguo oficio de vendedor de globos: con una increíble nube de globos inflados con helio logra arrancar la casa de sus cimientos, y con pericia que envidiarían los mismísimos hermanos Montgolfier, emprende rumbo, volando, a Sudamérica. Lo que no sabe es que se le ha colado a bordo un polizón: Russell, un chico explorador, al que le falta la prueba de haber ayudado a una persona de la tercera edad para convertirse en Explorador Intrépido.Joya animada de Pixar. Obra maestra sin paliativos. Se superan en cada película, hasta poner cada vez más alto el cielo de la perfección. Toda alabanza es poca para las películas de animación que vienen llegando desde aquel año 1995 que alumbró Toy Story. John Lasseter y sus chicos han logrado el increíble milagro de acertar desde entonces con cada uno de los diez largometrajes que han entregado. La clave, por supuesto, es una buena historia, que se entrega con un maravilloso sentido artístico de la animación. En esta ocasión a dos veteranos de la casa, Pete Docter -director de Monstruos, S.A., y coguionista en los Toy Story, Buscando a Nemo y WALL·E- y Bob Peterson -coguionista en Buscando a Nemo y Ratatouille-, se suma como creador de la trama un tercer nombre inesperado, el actor y director de películas con actores de carne y hueso Thomas McCarthy -Vías cruzadas, The Visitor-. El resultado es una historia entrañable, humana, que atrapa. Sorprende, de entrada, poder ser testigos de la primera historia de amor potente en una película de Pixar. De acuerdo que hemos visto amor entre los robots WALL·E y Eve, o con los autos de Cars, o entre el pinche y la chef de Ratatouille, pero nada es comparable a la narración del amor de Carl y Ellie desde su más tierna infancia, cuando ambos sienten la llamada a la aventura, guiados por su común admiración de Charles Muntz, un explorador profesional que se diría un cruce de Errol Flynn y Clark Gable; el modo en que se cuenta en apenas unos minutos, en algunos momentos sin palabras, lo que ha sido su vida en común, su pena por no poder tener hijos, su felicidad en situaciones corrientes, que tiene un eco en el prólogo al clímax de la película, resulta simplemente conmovedor, y apuntala la idea de que no hay nada como las aventuras de la vida cotidiana, la mayor parte de las veces más valiosas que aquellas que llamamos extraordinarias. Además está esa preciosa relación entre Carl y Russell, donde ambos se enriquecen, pues el primero encuentra al hijo que nunca tuvo, mientras que el otro ve rellenado el hueco de la ausencia del padre, divorciado y al que le falta tiempo para estar con él. Además de estar muy bien perfiladas las relaciones entre los personajes, estamos ante un film repleto de sentido del humor, con gags memorables, en que no se para de reír, por supuesto con los personajes humanos, pero también con la presencia de divertidos animales, el “gamusino” y un puñado de perros entre los que sobresale Dug. Y hay además acción trepidante, casi terror con el villano, y emoción sin límites, todo propiciado por la casa volante y un dirigible, que se diría entrañable homenaje al maestro de la animación nipona Hayao Miyazaki, claramente a títulos como El castillo en el cielo y El castillo ambulante. También el original diseño de los “cabezones” personajes recuerda a algunos de los creados por el director japonés. La combinación de elementos de géneros variados convierten al film en un candidato a gustar a toda clase de públicos: los niños, claro está, pero también los abuelitos, la gente joven amante de las emociones fuertes, el público femenino con su corazoncito... Algo parecido a lo que logró Titanic.
9/10
(2019) | 173 min. | Histórico | Biográfico | Bélico | Drama Tráiler
Una película sorprendente. Basada en hechos reales, pero nada convencional. Edificante, sin ser cargante. Bellísima, sin apabullar. Para paladares exigentes, habrá quien no pueda con ella. Terrence Malick, director y guionista, se acerca mucho a ofrecer la mirada amorosa de Dios a la hora de describir el singular destino de Franz Jägerstätter, campesino austriaco católico en Los Alpes, casado con Fani, con quien tiene tres niñas. Tras la anexión de su país por Alemania y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, su conciencia le impide prestar el juramento de lealtad a Adolf Hitler que viene aparejado con su servicio en el ejército. Su actitud no es comprendida por sus vecinos, muchos de los cuales se encuentran en primera línea de combate. Y se produce una reacción hostil. Incluso a los seres queridos les cuesta aceptar su modo de proceder. En otras manos, Vida oculta podía ser una película interesante, porque el personaje que se retrata lo es, pero poco más. Aquí se eleva a alturas insospechadas por la sensibilidad artística de Malick, que cuenta la historia de un modo inefable. De algún modo, mantiene una cierta distancia, el espectador puede tener la sensación de contemplarlo todo desde una nube, sin verse sacudido por la crispación o las emociones más primarias. Se nos invita con esta perspectiva a ver a Franz como un hombre sencillo, muy enamorado de su mujer, Fani –un sentimiento mutuo–, padre amantísimo de sus niñas, buen trabajador, alegre y cordial con sus amigos. Que tal vez tuviera una juventud azarosa, pero que ya ha sentado la cabeza, también por sus sólidas creencias religiosas. Y que se mantiene fiel a los dictados de su conciencia, le importa hacer lo correcto, el juicio de Dios, aunque los que le presionan insistan en que el suyo es un gesto inútil, del que nadie se va a enterar, y que debería pensar en lo inmediato y acuciante, el riesgo de dejar viuda y huérfanas, si las autoridades dictaminaran su ejecución. Incluso, en la versión original, tiene su sentido distinguir el inglés en que está rodado casi todo el film, con voz en off de Franz y Fani que deviene en plegaria y manifestación de la vida interior de cada uno, del alemán que asoma de vez en cuando, y que ayuda a ofrecer como distintos planos de intimidad y conversación pausada en confidencia, junto a otros más elementales en que se espetan insultos o voces despreciativas. Resulta llamativa la condición sinfónica del conjunto, servido con la fotografía poderosa de Jörg Widmer. El inteligente uso de algunas imágenes documentales de las multitudes idólatras del Führer. El contraste con otras idílicas de los Alpes, la verde hierba, la presencia de la niebla. El encanto del duro trabajo en el campo, arando la tierra, plantando, recogiendo, con las pausas para rezar tal vez el ángelus. El recurso a los objetivos cortos que amplían la mirada del espectador. Y el dibujo de la vida hogareña, cómo la felicidad la componen cosas muy sencillas, somos los hombre los que nos complicamos ambicionando no se sabe qué. Todo casa y se hila armónicamente, también con la fantástica partitura musical de James Newton Howard. Cuando surge el dilema moral de Franz, también se pinta su categoría moral con pulso firme, se entiende esa cita de la Escritura, que hace suya, “es mejor padecer la injusticia que cometerla”. Y resulta natural su petición de consejo, su posición no es la soberbia de quien se encastilla en su punto de vista. Y tiene muchos matices la descripción de cómo reaccionan unos y otros, desde el alcalde de Radegund, a la madre de Franz, la hermana de Fani, el sacerdote local, los vecinos... El secreto radica, ya lo he dicho, en la mirada, una mirada en la que nunca hay odio, sino más bien compasión, misericordia, lástima. De modo que cuando en quien mostraba una actitud mezquina, asoma un gesto de bondad, aquello llega muy hondo. La película está llena de matices, y no resulta posible aquí agotarlos todos. Pero resulta preciosa, y es obligado mencionarla, la descripción del tierno y completo amor de Franz y Fani, que no impide a esta reconocer “yo le amo, pero Él [Dios] le ama más”. Es una relación real, que podemos tocar, y en la que hay verdaderamente dolor y gloria. Ninguno de los cónyuges, maravillosamente interpretados por August Diehl y Valerie Pachner, es impasible o actúa como si el sacrificio que les toca vivir no les rompiera el corazón. Tienen fuerza también todos los pasajes en prisión, en que la violencia de los malos tratos es tratada con inteligencia, elípticamente con el recurso al fuera de campo. Y el proceso a que es sometido Franz tiene un claro paralelismo con el de Jesús antes de ser crucificado, incluso el oficial alemán de Bruno Ganz tiene algo de Poncio Pilato en el reconocimiento de una verdad que no sabe manejar envuelto en el cinismo de esa guerra injusta.
10/10
(2013) | 114 min. | Deportivo | Drama Tráiler
Paul Averhoff sobrelleva la tercera edad con dignidad, hasta un repentino desfallecimiento de Margot, su esposa. La hija azafata de ambos, Birgit, una joven egoísta y desnortada, decide enviarles a una deprimente residencia de ancianos dirigida con mano de hierro. Un día, Averhoff sorprende a sus compañeros declarando que aún tiene mucho por demostrar, así que planea nada menos que ganar la Maratón de Berlín. En principio le toman a chirigota hasta que recuerdan que fue un legendario campeón olímpico que ganó una medalla de oro en Melbourne. Vitalista comedia dramática alemana, que en la línea de salida parece tener todas las papeletas de convertirse en una de esas archimanidas películas sensibleras sobre ancianos que a veces aparecen en las carteleras, o en un telefilm de sobremesa. Pero según avanza, el espectador comparte el sufrimiento del protagonista en su peculiar carrera para demostrar que tras cumplir los setenta la peor opción sería sentarse simplemente a esperar la muerte. Vivir sin parar tiene mucho de crítica social hacia la escasa atención que se presta a los mayores, y se ceba especialmente contra una concepción de las residencias geriátricas como máquinas de hacer dinero, y meros morideros. No en vano, en una genial referencia cinéfila, el hogar para abuelos del film tiene al frente a dos mujeres que enseguida traen a la memoria a la legendaria enfermera Ratched (Louise Fletcher) de Alguien voló sobre el nido del cuco. El film acaba siendo una especie de fábula que recuerda también por momentos a Cadena perpetua y a Rocky. Se nota que el desconocido realizador alemán Killian Riedhof, de cuya obra sólo han trascendido fuera de su país algunos episodios de las series Un caso para dos y El lugar del crimen, ha preparado el proyecto, del que es coguionista, durante más de una década. Ni sobra ni falta nada, y tiene algunos hallazgos estupendos, como la comparación metafórica de la vida con una maratón, en el que se debe realizar un esfuerzo sobrehumano en el tramo final. También es todo un acierto reclutar como protagonista a Dieter Hallervorden, un mito de la comedia en Alemania, muy bien secundado.
6/10
(2020) | 74 min. | Biográfico | Documental Tráiler
Pocas personalidades del siglo XX resultan tan atractivas y han aportado tanto a la historia de la humanidad –no sólo de la Iglesia– como Karol Wojtyla, conocido desde que accedió al papado como Juan Pablo II. Este documental ofrece un certero acercamiento a su gigantesca personalidad, partiendo del trágico atentado que sufrió en la Plaza de San Pedro el 13 de mayo, día de la Virgen de Fátima, a manos del pistolero Ali Agca. Aunque el film escrito y dirigido por José María Zavala apunta a los que tramaron el magnicidio más allá de la célebre “pista búlgara”, la Unión Soviética, el film no se mueve en clave geopolítica, sino de mirada honda a la magnética figura de Wojtyla. Lo que no impide que se señale cómo era objeto de vigilancia de los servicios secretos de la Polonia comunista, en cuyos archivos había abundante documentación sobre él. El atentado sirve como pórtico para hablar del sentido del dolor y del sufrimiento, medios de redención de Jesús crucificado, y así referirse a tantas cosas que el ser humano no entiende, y ante las que fácilmente se rebela. Aunque también cabe en estas situaciones el recurso a la oración, con el resultado en ocasiones de auténticos milagros, sucesos inexplicables que en muchos casos narran de modo conmovedor las mismas personas que se han beneficiado de ellos, a través de la intercesión del hoy ya denominado san Juan Pablo II. Zavala maneja material documental muy bien seleccionado, combinado con el testimonio de personas que trabajaron muy cerca de Juan Pablo II, como el que fue su secretario personal y luego obispo de Cracovia, Stanislaw Dziwisz, el de su compatriota y amiga Wanda Póltawska, o el del postulador de la causa de canonización, Slawomir Oder. Impresionan los sucesos sobrenaturales, la monja Madre Esperanza, que vomitó sangre hasta que Juan Pablo II estuvo fuera de peligro de muerte por el atentado, o las menciones de exorcismos donde hay reacciones rabiosas del poseído cuando se menta el nombre del Papa. Pero está por supuesto el lado humano, unido íntimamente al sobrenatural. Se nos habla de su mirada penetrante, “como si te hiciera una radiografía”, o del modo enérgico en que acomete la evangelización, hablando fuerte sin temor a contrariar a las personas que le oyen, reclamando libertad, justicia, derechos humanos, siempre desde el amor de Dios. Podemos ver al Papa juvenil y fuerte, y al decrépito por los achaques de la edad y la enfermedad, que sin embargo tiene fuerza para escuchar y ocuparse de las personas con las que se encuentra, por ejemplo en los paseos por la montaña que tanto le gustaban. El director no cae en el error de tratar de abarcarlo todo pero, tal vez por eso, milagrosamente, se acerca mucho a ofrecer la foto completa del personaje: del entorno donde creció y recibió la llamada al sacerdocio, de su oficio de pastor de almas, de su amor a Cristo y a las almas, de su puesto en la historia, de su excelsa santidad.
7/10
(2017) | 113 min. | Drama Tráiler
Lograda adaptación de la popular e inspiradora novela de R.J. Palacio. Narrada igual que el libro desde el punto de vista de diversos personajes, se centra en August Pullman, más conocido como Auggie, un chaval de diez años con una rara enfermedad genética por la que tiene el rostro terriblemente deformado, y ha debido someterse a numerosas intervenciones quirúrgicas. Sus padres Nate e Isabel le han prestado sus mejores atenciones, y ella ha sacrificado su carrera profesional por cuidarle, dándole una educación escolar personalizada en casa. También ha sido duro para su hermana adolescente Via, pues Auggie es el centro de atención, de modo que sus problemas han pasado a un segundo plano. Las cosas están a punto de cambiar, porque Auggie va a empezar a ir al colegio, en un intento de que pueda llevar una vida lo más normal posible. Y aunque el atento director suaviza su llegada animando a tres alumnos a que le sirvan de guías, el cambio va a ser duro. Todo el mundo le mira como a un bicho raro, y hasta hay quien se empeña en hacerle la vida imposible. Frente a tanta tonta y frívola película de colegios e institutos, u otros enfoques altamente depresivos –viene a la cabeza la no muy aleccionadora serie televisiva Por trece razones–, Wonder cuenta una historia emotiva y positiva, con personajes y situaciones sólidamente desarrollados, y que sabe sortear en todo momento el riesgo de la ñoñería, lo que no impide que sea una película muy conmovedora. Impacta la madurez de un niño que sabe lo que es el sufrimiento pero que mantiene su alma infantil, Jacob Tremblay, el coprotagonista de La habitación, hace un magnífico trabajo, nos conmueve con su corazón de oro, y también por el modo en que sobrelleva el rechazo y los chascos –las personas decepcionan, pero hay que saber perdonar–, la ilusión que despierta su pasión por la ciencia, o lo mucho que le encanta la fiesta de Halloween o La guerra de las galaxias. Y están muy bien presentados los compañeros de clase, con las distintas actitudes, desde el desdén lindante con el bullying puro y duro, hasta la buena acogida con aspectos vergonzantes, pasando por el que tiene valor para hacer lo correcto sin importarle el qué dirán. La película tiene además el valor de saber entregar con los trazos justos la dedicación de los padres –qué bien lo hacen Owen Wilson y Julia Roberts–, la inspiración de los profesores –ese lema de “Cuando tengas que escoger entre tener razón o ser amable, escoge ser amable”– o mostrar otros momentos más o menos traumáticos a esas edades, los que atraviesa Via dejada un poco de lado, con una amiga que en plena edad de pavo ha cambiado de intereses, aunque todas las cosas hay que saber verlas desde distintas ópticas para hacerse una idea más ajustada, y esto lo hace muy bien el film. Stephen Chbosky ya demostró habilidad para reflejar problemas juveniles en la adaptación de su libro Las ventajas de ser un marginado. Aquí se basa en obra ajena, pero que sabe hacer propia bien arropados por los compañeros de libreto Steve Conrad y Jack Thorne, es notable el importante esfuerzo de condensación, que sabe atrapar con fidelidad el espíritu del original, e incorporar ideas propias muy visuales, a partir del gusto de Auggie por su casco de astronauta, y de Star Wars, aúpa Chewbacca.
8/10
(2013) | 60 min. | Documental Tráiler
Ambicioso documental rodado en 3D, cuyo objetivo es mostrar la belleza de la fe cristiana, a partir de una estructura narrativa articulada alrededor de los tres grandes capítulos del credo –Creo en Dios Padre, Creo en Dios Hijo, Creo en Dios Espíritu Santo– y con los testimonios variados de hombres y mujeres creyentes que hablan desde lo hondo del corazón. El gran mérito del debutante Vicenç Vila es entregar un film que, para explicar la fe católica, aprovecha la belleza de la naturaleza y del arte cristiano, arquitectura e imaginería, más los testimonios llenos de sincera convicción de los que comparten su personal experiencia con el espectador, y ello sin caer en lo relamido o sensiblero, un riesgo típico en este tipo de trabajos. Yo creo sabe plantear preguntas ineludibles para el ser humano en busca de sentido existencial, y está cargado de razones para ahondar en cuestiones como la presencia del mal, el dolor y el sufrimiento, y las relaciones personales con Dios. Planteado desde la fe, no incluye declaraciones de personas alejadas de la práctica religiosa, sino que la intención es que los fieles –la mayoría laicos de distinta extracción social y profesiones, algunos populares en Cataluña, aunque también tienen presencia sacerdotes y religiosos– expliquen el papel que juega la fe en su quehacer diario. Y la idea parece ser, no tanto la de lograr la conversión del espectador incrédulo, como la de al menos despertar en él las preguntas que a veces se orillan y el esfuerzo por buscar respuestas. No cerrar los ojos a la belleza que nos rodea, vaya.  
6/10
(2001) | 133 min. | Drama Tráiler
Sam, deficiente mental, es padre soltero de Lucy, una niña de siete años inteligentísima. Tanto, que el Estado piensa que quizá no está capacitado para educar a su hija. De hecho, Lucy empieza a ser consciente de que, pese a lo mucho que le quiere su padre, éste es distinto a los otros papás: así, algunas de las cosas que le enseñan en el cole, Sam no las pilla a la primera exactamente. Cuando una asistente social empieza a tramitar la acogida de la niña en una nueva familia, Sam encuentra el apoyo incondicional de sus amigos retrasados; y el no tan incondicional (al menos al principio) de una competente abogada, cuya vida familiar es un pequeño desastre. La directora Jessie Nelson, muy interesada en los temas familiares –lo demuestran sus filmes Corina, Corina (film que escribió y dirigió, donde una niña quedaba sin habla tras quedarse huérfana) e Historia de lo nuestro (película sobre el divorcio, protagonizada por Bruce Willis y Michelle Pfeiffer, de la que escribió el guión)–, sabe conjugar el melodrama y las situaciones tiernecitas con el humor que propicia la sencillez e ingenuidad de Sam. Así compone una sensible película, donde Sean Penn compone uno de esos papeles de discapacitados, tan amados en Hollywood, sobre todo cara a los Oscar (de hecho, Penn fue nominado por su Sam); el actor estaba muy interesado en su personaje, pues tiene un familiar con síndrome de Down. Gran mérito tiene el papel de Michelle Pfeiffer, la abogada, ingrato a primera vista. La actriz explica que “me atraen y me afectan las historias acerca de la familia, y lo que define a un padre o una madre”.
6/10
(2016) | 100 min. | Drama Tráiler
En dos ocasiones ha ganado Ken Loach la Palma de Oro en Cannes, después de concurrir y ganar premios en otras ocasiones en ese certamen. Con El viento que agita la cebada quizá quisieron asegurar que al fin se llevaba el premio gordo del Festival, pues no se trataba de su mejor película, ni de las más definitorias de su filmografía. En cambio Yo, Daniel Blake, cuyo guión firma su colaborador habitual, Paul Laverty, podemos asegurar que es un título Loach al cien por cien, con muchas de sus mejores virtudes y también con algunas de sus debilidades, cuyo tema de fondo es la dignidad humana que se sobrepone a mil y un obstáculos de una sociedad deshumanizada. Sigue las tribulaciones del personaje mencionado en el título, Daniel Blake, viudo cercano a los sesenta años, buen profesional como carpintero, pero que recientemente sufrió un ataque al corazón. A las dificultades burocráticas para el reconocimiento de una minusvalía que avala su médico, se suma la dificultad de acceder a otra vía para obtener un subsidio, la del paro. Blake se enfrenta a una máquina funcionarial deshumanizada, que lejos de dar seguridad social, aplasta a las personas atendiéndolas malamente, o dando por supuesto que todos han de ser expertos en el manejo de herramientas informáticas u otros métodos que las “bondades” de la vida moderna nos han traído. Aunque estas dificultades pesan, el buen corazón de Blake sigue estando dispuesto a ayudar a la gente con la que se topa, como el es caso de una joven madre soltera, recién llegada desde Londres a Newscastle, y que tiene que sacar adelante a dos criaturas en medio de grandes dificultades. El espectador empatiza enseguida con el protagonista y los obstáculos que debe sortear en su vida cotidiana, porque cualquiera ha conocido situaciones kafkianas de estilo parecido. Loach y Laverty hablan del buen fondo de las personas, pero también de lo fácilmente que podemos caer en la depresión o en la miseria material y espiritual, por las trabas de un ambiente social adverso, un sistema que no piensa en las personas, considerándolas puro número. La narración funciona, los actores, empezando por Dave Johns, hacen muy bien su trabajo. Quizá le pesa un poco al film cierto maniqueísmo, o cargar un poco las tintas de un modo fatalista con un truco final previsible, justificable, tal vez, pero que se ve venir a la legua. En cualquier caso es un film que hace pensar, y que invita a construir entre todos, personalmente, una sociedad más justa.
7/10
(2018) | 97 min. | Aventuras | Comedia | Drama Tráiler
Notable debut en el largometraje de ficción del cineasta egipcio A.B. Shawky, director y guionista, que ha trabajado con su esposa Dina Emam, productora del film. Describe la peripecia de Beshay, que vive en la colonia de leprosos de Abu Zaabal en Egipto desde que era un niño, su padre le dejó ahí asegurando que volvería a buscarle cuando estuviera curado, pero nunca volvió a saber de su familia, a pesar de superar la enfermedad, sólo le queda la deformación del cuerpo y rostro, con llamativas cicatrices. En el mismo lugar hay diversas instalaciones, un centro psiquiátrico, donde se encuentra su esposa, y un orfanato, donde vive el niño nubio Obama. Cuando muere la esposa de Beshay, éste decide intentar la aventura de localizar a su familia. Se colará en su carro tirado por un burro Obama, que también anda a la búsqueda de un lugar en el mundo. Estamos ante una emotiva película, que se atreve a hablar de los desheredados de la Tierra, de los que una sociedad occidental acomodaticia con frecuencia desea saber lo menos posible, cerrar los ojos y hacer como si no existieran. También es un film que invita a arriesgarse y no quedarse encerrado en un rincón, hay que ver mundo y descubrir la propia verdad familiar, aunque pueda ser dolorosa. Aunque contiene momentos duros, y muestra la tremenda realidad que le toca vivir a Beshay y a algunos amigos "freaks" que hace en el camino, destaca el tono de fondo optimista y esperanzado, incluso con algún momento humorístico. Y es que el simple hecho de vivir es una bendición, sobre todo cuando das y recibes amor. Se puede carecer de todo, pero tener un corazón compasivo, no tiene precio, es un auténtico tesoro, como se ve en el film. Aunque la fotografía del argentino Federico Cesca refleja una realidad, por ejemplo, la de los vertederos de basura, es bella, con tonalidades muy cuidada. Y la música de Omar Fadel, se convierte en buen refuerzo de las ideas positivas que atraviesan el film. Shawky concede al film un formato de singular "road-movie", ya nos movamos en carro, a pie, en tren o en camioneta. Los encuentros y situaciones sirven para ofrecer un rico cuadro de Egipto, donde vemos la realidad de la convivencia de distintas religiones: Beshay es cristiano, y Obama musulmán, y podemos ser testigos de oraciones en una mezquita, o intuir que el hombre con el que el primero llega a compartir celda, es de los Hermanos Musulmanes, aunque no se diga explícitamente. Aunque la lepra es una enfermedad en extinción, se nos propone cómo un mal físico puede producir miedo y rechazo, convertirse en un estigma, lo que da pie a una poderosa escena en un tren que rinde homenaje nada disimulado a El hombre elefante. Aunque ninguno de los dos es actor profesional, están muy bien y son muy naturales, el auténtico leproso Rady Gamal y el niño Ahmed Abdelhafiz.
6/10

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