Blog de Hildy
¿Cuánto se debe desvelar del argumento de una película? El gran dilema de los críticos
Cuando me toca hacer la reseña de una película, sé que debo contar la trama, al menos sus elementos básicos. Si no lo
Cuando me toca hacer la reseña de una película, sé que debo contar la trama, al menos sus elementos básicos. Si no lo hago, el comentario que viene después, sobre las virtudes y defectos de la obra, no tiene mucho sentido. Aunque es evidente que el lector no entenderá completamente mi punto de vista si no ha visto la película, lo razonable es pensar que el crítico escribe para dos tipos de personas: el que la acaba de ver, y quiere comprenderla mejor y corroborar ciertas impresiones; y el que se plantea verla, tal vez, y necesita elementos de juicio para tomar la decisión de pagar la entrada e ir con su mujer, familia, amigos, etcétera.
Al contar de qué va la película, uno teme a veces contar demasiado. En ocasiones el cronista utiliza la expresión anglosajona “spoiler” para indicar que va a mencionar algo que avanza mucho el argumento y quita algo de la sorpresa, o sea, que va a destripar la película. Se trata de una advertencia, algo así como “estás advertido, forastero”. No me gusta, la verdad, el procedimiento, pues parte de la habilidad del crítico debería ser saber lo que puede contar y lo que no, y sobre lo segundo, si quiere decir algo, ser lo suficientemente ambiguo para no quitar al potencial espectador el placer de descubrir aquello por sí mismo.
Dicho todo esto, hay casos complicados. Ayer vi en San Sebastián, en la sección de Nuevos Directores, una interesante película rumana titulada Cainele japonez, o sea, “el perro japonés”, de Tudor Cristian Jurgiu. La sinopsis oficial que da el Festival, que se supone no pretende adelantar demasiado sobre la película, por los motivos explicados antes, dice: “¿Qué hace que cambie una vida solitaria? Un anciano, que ha enviudado después de que su mujer falleciera en una inundación, y su hijo, que se ha ido a vivir a Japón, se ven por primera vez en veinte años. Tienen grandes esperanzas en este breve encuentro y ambos tratan de superar la distancia que se ha abierto entre ellos.”
Lo cierto es que la película es justamente eso... y poco más. Porque la película es ambigua, un retazo de vida, desde el principio al final, y todos esos detalles tan sencillos los vamos descubriendo a medida que conocemos al anciano, nos damos cuenta de que vive solo, que no tiene luz, que los vecinos le ayudan... Nos enteramos de que su mujer ya no está... Que alguien le llama por teléfono y él no le devuelve la llamada... Y lo bonito, la experiencia de esta película, es ir descubriendo las cosas, encajando las piezas, y ellos con unas imágenes maravillosas, auténticos cuadros, de Vermeer se dirían como me comentaba un colega italiano.
Ante una cinta como ésta, en efecto, uno se dice, ¿qué cuento? No quiero chafar a nadie la película, pero algo debe contar para animar al público a que la vea, o que al menos conozca los caminos por donde viene transitando el estupendo nuevo cine rumano, del que he podido ver otra magnífica propuesta también ayer, La postura del hijo, que fue Oso de Oro en Berlín. En fin contar o no contar, y el qué, he ahí uno de los dilemas que debe afrontar el comentarista de cine.
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