Blog de Hildy
Blancanieves, Zipi y Zape, y algunos enanos del cine español
El año pasado Blancanieves, de Pablo Berger, ganaba el Goya al mejor guión original, a pesar de que resulta manifiesto que la película adapta, libremente, el popular cuento de los hermanos Grimm. Este año estaba nominado al Goya al mejor guión adaptado Zipi y Zape y el Club de la Canica, que aparte de mostrar a dos chavales hermanos, uno rubio y otro moreno, que llevan un característico uniforme, poco tenían que ver con el cómic original de José Escobar. Esta muestra de incongruencia de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España a la hora de decidir quién puede aspirar a determinados premios me parece la metáfora perfecta de una serie de desencuentros, que van creciendo en grado, entre algunos de los que hacen películas y algunos de los que gobiernan esta España nuestra. Y es que ya es hora de madurar, la Academia y los Goya miran decididamente a Hollywood y los Oscar desde que nacieron, y si tal es el modelo debemos pensar que allá al otro lado del océano nos dan sopas con honda en elegancia, glamour y reinvidicaciones, y a la hora de hacer que los espectadores amen más el cine. Y no me refiero sólo a un número musical cantoso, a que un realizador seleccione un plano de quien no debe, o a que los presentadores de los premios no sean capaces de decir media frase ingeniosa. Eso son simplemente botones de muestras de que el conjunto debe ser tomado más en serio, hacerse con la profesionalidad sobradamente demostrada en otras ocasiones.
Con estas líneas deseo ser constructivo, me encantaría que contribuyeran a tender puentes, pues a nadie beneficia andar perpetuamente a la gresca. Pienso que se puede discrepar, uno puede tener antipatías y simpatías por unos y otros, pero una elemental cortesía y la necesaria convivencia, exigen saber a veces morderse la lengua o pasar un mal trago, para beneficiar a una industria, la audiovisual, que emplea a mucha gente, y que en ocasiones crea obras culturales de alto calibre. Ya es hora de borrar el “pecado original” del “no a la guerra”, y de desterrar de las fiestas del cine los prejuicios ideológicos y los discursos con pancarta.
Pienso que José Ignacio Wert se equivocó ausentándose de la 28 edición de los Goya. Nunca un Ministro de Cultura había faltado a esta cita del cine español, y la reunión londinense se podía haber realizado en otro momento, e incluso conciliar ambos compromisos, que no se solapaban. Llovía además sobre mojado, pues Wert excusó su asistencia previamente a los Gaudí, aunque justo es reconocer que estos premios no tienen ni de lejos la misma solera y repercusión que los Goya.
Pero puestos en la tesitura de que el ministro no iba a comparecer, y dado que estaba representado convenientemente por el Secretario de Estado de Cultura José María Lassalle y la Directora del Instituto de la Cinematografía y las Artes Audiovisuales Susana de la Sierra, pienso que la actitud más elegante que podía haber adoptado la Academia era ignorar a Wert en la gala de los Goya. Que fuera “aquel que no se puede nombrar”, como si no existiera. O sea, exigir al presentador Manel Fuentes que no aludiera al ministro, hecho que por otra parte sólo demostraría el recurso fácil a improvisar y dirigirle puyas, con la consiguiente imagen oportunista y de ingenio escaso. Otra cosa es lo que dijeran los premiados, no se les puede tapar la boca, pero una declaración oficial de la Academia, afeando la conducta de Wert por su ausencia, y señalando la decisión de no aludir a él en la gala y de pedir a los premiados una actitud semejante, habría sido más eficaz que el encadenado de menciones agrias, sin maldita la gracia, que sólo contribuyen a crispar más la cosa.
Admiro mucho a Javier Bardem actor, y creo que ha hecho un buen trabajo produciendo el documental Hijos de las nubes. Pero creo que es el peor presentador que se puede escoger para los Goya, el rechazo que produce en parte del público no hace más que crecer, y si encima él se empleó en esta ocasión a fondo en la faena, refiriéndose a Wert con el exabrupto de “ministro de anticultura”, decididamente simplista e injusto, puedo asegurar que ni él ni el cine español están haciendo amigos con esta conducta.
Me parece por supuesto mucho más constructivo Enrique González Macho, que pronunció en la gala su discurso institucional de despedida como presidente de la Academia, articulando las principales preocupaciones de la profesión. De todos modos, me permitiría dos consejos a él y a sus sucesores. Uno es hablar despacio, tomando aire, para que te entiendan. Quizá le traicionan los nervios, no lo sé, pero siempre me producen angustia sus discursos en que tengo la sensación de que se va a ahogar por falta de aire. Por otro lado, debería pensarse quién es el destinatario del discurso. Entiendo que el ministerio es interlocutor habitual y conoce las inquietudes y esperanzas de los cineastas, luego a quien debe llegar el mensaje es al público, a los espectadores que están viendo la gala y que quizá irán a las salas a ver cine español. Entiendo que se escenifique en público y ante las cámaras de televisión lo que se ha dicho en privado, pero más importante aún es conectar con los espectadores, a la postre la clave del negocio. Y creo que en la actualidad estos discursos no llegan a la persona de a pie. Sé que es difícil lograrlo, pero ahí está el reto.
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