Sin duda que Mad Men, junto a Silicon Valley en un registro cómico muy diferente, es la serie televisiva actual que mejor pinta el mundo empresarial y laboral: negocios, búsqueda de clientes, indios y jefes, marketing, venta de productos, etc, etc. Voy a detallar algunas situaciones interesantes que describe esta serie, de modo que los que tiemblan con los “spoilers” quizá no deban seguir leyendo, aunque tampoco creo estar destripando nada super-super-importante. Pero por si acaso, avisados quedáis.
La séptima temporada es muy especial porque empieza con su protagonista Don Draper suspendido de empleo, que no de sueldo –para algo es socio de la empresa publicitaria donde trabaja, o mejor dicho, trabajaba–. Y aunque estamos en la ficción en el año 1969, la “canción” que suena en Mad Men es desgraciadamente demasiado actual, mucha gente se encuentra sin trabajo, y aun en el caso de que uno tenga un subsidio de desempleo y unos ahorros, y llene su tiempo lo mejor posible, el paro es una situación muy dura, y Don no está satisfecho ni mucho menos. A nadie se ha atrevido a contarle su situación, en teoría sigue trabajando como si tal cosa. Su esposa actriz en Los Ángeles, no se entera de nada, por supuesto su ex tampoco sabe nada, y sólo su hija adolescente, Sally, que descubre la situación por casualidad, le ayuda a sincerarse. Ejercicio saludable con ella, aunque no lo fue con sus socios, que le invitaron a tomarse un “descanso” en un momento en que habló demasiado.
Roger Sterling, uno de los socios fundadores, es un buen ejemplo de la frivolidad y falta de delicadeza con que se pueden afrontar las responsabilidades en una empresa. En una cena con Draper, le invita a reincorporarse a la empresa, y éste da por hecho que está hablando por el resto de los socios. De modo que cuando se presenta en la oficina el lunes siguiente se produce una situación tremendamente violenta, nadie le esperaba, sus antiguos subalternos empiezan a consultarle cosas, el que le ha sustituido está desconcertado, y los socios deben reunirse con carácter de urgencia, aunque Sterling –siempre a su aire, su marcha a la comuna hippy de su hija en otro capítulo no tiene desperdicio– ni siquiera ha llegado en ese momento a la oficina. El capítulo termina con los socios haciéndole una propuesta de reincorporación con condiciones inasumibles, para que la rechace, pero la sorpresa –brillante golpe de timón en el guión– es que Draper juega a romper el saque y acepta.
La situación de Draper en la empresa ya no es la que era. Cuando Draper tiene una intuición genial a propósito del gigantesco ordenador IBM que les están instalando, y se la cuenta a otro socio fundador, el veterano Bertram Cooper, su reacción sobre todo es la de hacerle ver que su posición ya no es la que fue, ni siquiera entra a considerar lo que le dice. De modo que el protagonista tiene que lidiar ya de frente con el panorama de ocupar un puesto inferior, incluso teniendo como superiora, para una campaña creativa, a Peggy Olson, quien siempre estuvo bajo sus órdenes. Y aunque inicialmente un encargo de ella por un oído le había entrado, y por el otro le había salido, el último capítulo que he tenido ocasión de ver hasta la fecha muestra a un Draper que cae en la cuenta en que debe tragarse su orgullo, y ponerse a trabajar. Ya mañana será otro día, y como dice el dicho, cada día tiene su propio afán.