Blog de Hildy
Confesiones de un inexperto en Harry Potter
Ya estoy aquí. De vuelta de vacaciones, nuevamente en el tajo. Sin síndromes postvacacionales, con ganas de hablar de cine, aunque sea agosto y las
Ya estoy aquí. De vuelta de vacaciones, nuevamente en el tajo. Sin síndromes postvacacionales, con ganas de hablar de cine, aunque sea agosto y las calles de Madrid se noten particularmente vacías. Y para demostrarlo, ayer me metí en una sala oscura a las cuatro y media de la tarde, cuando casi toda España dormitaba plácidamente la siesta. Pero yo no, tenía que ver Harry Potter y las reliquias de la muerte (2ª parte), el colofón en cine de la saga creada por J.K. Rowling, una asignatura pendiente antes de volverle a dar a la tecla con la asiduidad de la temporada no vacacional.
Los que me siguen en este blog saben bien que no soy un especialista en harrypotterlogía, sólo he leído un par de los libros de Rowling, el primero para saber en su momento de qué iba la cosa, y el tercero porque había visto su versión fílmica en inglés a pelo -o sea, sin subtítulos-, y quise leer sobre papel para comprobar si me había perdido algo, y no, no me había perdido mucho, me pareció. Así como me considero un tintinólogo aplicado, confieso que como harrypottérlogo soy poco menos que un desastre, un simple aprendiz, me cuesta aprender el nombre de la escuela de Harry, Hogwarts, y en cuanto hablan de encantos, hechizos y talismanes, y de los crucinosequé, me pierdo enseguida; aunque lo he intentado, no soy capaz de recordar en este instante el nombre que se da en la saga a la gente normal, creo que era una palabra muy graciosa, pero no me sale, caramba, y no voy a hacer trampas buscando en google...
Valga todo lo anterior para decir que la última película de Potter eleva el nivel a cotas muy dignas, de lo que me alegro enormemente, pues las dos anteriores me resultan flojillas, especialmente Harry Potter y las reliquias de la muerte (1ª parte); se ha recuperado fuelle, para bien, lo que por otra parte era lógico, como decía Shakespeare, “a buen final no hay mal principio”, cualquier otra cosa en el esperado desenlace habría sido un desastre. Ahora la crítica ha alabado razonablemente el film, y la taquilla está logrando cifras no vistas en los otros títulos.
Aunque hay cosas que me resultan risibles -la principal, los chicos de Hogwarts revoloteando por el colegio cuando reaparece Potter, subiendo y bajando escaleras alocadamente, sin propósito aparente y sin que el pánico del posterior ataque de Voldemort justifique tal histerismo, aunque también se puede citar la breve exhibición de pectorales de Harry y Ron, y el escote de Hermione-, diré lo que más me ha gustado de “Harry Potter, the End”, y que podría haberse servido aún mejor a mi entender, si se hubiera contado con un director con más personalidad que David Yates.
1) La presencia relevante de Hogwarts. El internado donde estudian los futuros magos siempre ha tenido encanto, y se echaba en falta en el anterior film. Los británicos tienen tradición literaria juvenil en historias de aventuras en colegios, especialmente gracias a los libros de Enid Blyton.
2) El trágico destino de Severus Snape. Este profesor siempre me pareció desdibujado en los anteriores filmes, impresión confirmada luego por los fans lectores de los libros de Rowling, que me aseguran que allí tiene gran importancia. Aquí llegamos al fin a conocerle, y uno tienen la sensación de que el personaje interpretado por Alan Rickman podía haber dado mucho más de sí.
3) Los espectaculares duelos de varitas entre Potter y Valdemort, que me retrotraen a los enfrentamientos con sable láser en la saga Star Wars. Son momentos vibrantes y razonablemente imaginativos.
4) Yates se ha dado cuenta, ¡por fin!, de que es bueno dar al espectador un poquitín de tiempo para que sienta pena por la muerte de algunos personajes, en los anteriores filmes se despachaba a unos cuantos sin que diera margen a sentimientos de pesar.
5) El tono oscuro y siniestro, ya apuntado en las otras películas, pero que aquí alcanza su culmen, con una fotografía tenebrosa, y los malos desfilando marcialmente, que evoca totalitarismos no tan lejanos que hacen temblar.
Un “pero”, y por favor, no sigan leyendo los que no han leído los libros o visto la película. Creo que tiene mucha más fuerza la apelación al sacrificio de Harry Potter, que hubiera salvado al mundo de Voldemort mediante la entrega de su propia vida, siguiendo los planes trazados por sus mentores, que la solución final, que permite un “happy end”, pero que resulta más facilona: nadie negará la valentía de Potter, pero al final se le ahorra el sacrificio supremo del propio yo, el heroísmo llevado al extremo.
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