Blog de Hildy
Los premios de interpretación se quedan sin sexo: ¿Irán todos a la par?
Ayer el Festival de San Sebastián anunció que ya no dará premios al mejor actor y a la mejor actriz. En cambio, siguiendo los pasos de Berlín, premiará la mejor interpretación principal y la mejor interpretación de reparto.
El director del festival José Luis Rebordinos ha explicado así el cambio: “Obedece a la convicción de que el género, una construcción social y política, deja para nosotros de ser un criterio de distinción en la actuación. El criterio para el Jurado será el de distinguir entre malas o buenas actuaciones, sumándonos así al camino iniciado ya por nuestras amigas y amigos del Festival de Berlín. Son momentos de cambio y de toma de decisiones. Seguimos con atención los debates que en estos momentos se producen en el interior del movimiento feminista sobre este y otros temas. No tenemos certezas, pero sí voluntad de seguir evolucionando y ayudando a construir una sociedad más justa e igualitaria”.
No puede dejar de sonreirme cuando oigo hablar de "género" en un contexto de cine, porque el género me hace evocar, como es natural, comedia, drama, terror, thriller, ciencia ficción, western, etc. Pero en fin, no, estamos con el género y el sexo, construcción social, biología, identidad, que si somos binarios o no, naturaleza, ideología, cultura... Muchos conceptos y visiones que últimamente han sido puestos en discusión.
De entrada no me parece mal que se anule la distinción entre interpretaciones de hombres y de mujeres, compensándolo con la de protagonista o secundario. En efecto, lo que hay que valorar son buenas o malas actuaciones, eso es lo principal. Y a diferencia de lo que ocurre en el terreno deportivo, donde las diferencias por el sexo marcan los logros, guste o no, aquí no es necesario distinguir, del mismo modo que no se hace en el guión o la dirección. Aunque es evidente, y no quiero dejar de señalarlo, que el nuevo camino emprendido se inserta en un contexto cultural y antropológico concreto, donde existe una presión asfixiante sobre el modo de pensar de las personas, de modo que discrepar se está volviendo peligroso: la etiqueta de patriarcal, homófobo o no se sabe qué enseguida se te puede quedar adherida en menos que canta un gallo “in saecula seculorum”. De todos modos, me atrevo a plantear algunas preguntas para seguir enriqueciendo el debate.
¿La distinción actor-actriz no era el modo perfecto de lograr la paridad a la hora de otorgar premios? ¿Qué pasará, por ejemplo, si en 2021 dos hombres se llevan los premios a la mejor interpretación en San Sebastián? ¿Se impone entonces en 2022 premiar al menos a una mujer? ¿Prevalecerá el criterio de mejor interpretación cueste lo que cueste, aunque los guardianes de lo políticamente correcto reclamen que toca premiar a una mujer? ¿O se acudirá a la coartada justificadora de que hay pocas mujeres guionistas y directoras que escriban papeles de mujeres interesantes, y entonces no queda otra que seguir fomentando con ayudas la presencia femenina en estos roles?
¿Toca hacer seguidismo, todos a la par, en los premios? ¿Serán unos carcas en Cannes y Venecia si no replican el ejemplo de Berlín y San Sebastián? ¿También los Goya, y los Oscar, y los premios de los sindicatos deben subirse al tren del premio a la mejor interpretación sin sexo o género o como se quiera decir? ¿Incluso al precio de dar menos premios, pues ya existen las categorías de actor protagonista y de reparto?
En fin, ahí lo dejo. Las cosas nunca son sencillas, y moverse a favor de donde sopla el viento no es necesariamente la postura correcta.
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