Danny DeVito prepara su regreso detrás de las cámaras después de 23 años alejado de la dirección cinematográfica. El actor, productor y cineasta, que cumplió 81 años, quiere rodar “McTeague”, adaptación de la novela de Frank Norris publicada en 1899, un ambicioso proyecto que podría convertirse en su primera película como director desde “Duplex” (2003). Danny DeVito ha confirmado que trabaja actualmente en el desarrollo del filme y que pretende rodarlo en San Francisco, especialmente en la histórica calle Polk Street, donde transcurre buena parte de la historia.
“Siempre he intentado hacer esta película. Estoy en medio de intentar ponerla en marcha”, ha declarado el cineasta en una entrevista con SFGATE, donde definió la novela como un libro “poderoso, poderoso”. El proyecto, por sus dimensiones y coste, no parece sencillo, pero Danny DeVito estaría intentando reunir personalmente la financiación para sacar adelante una película que considera una deuda pendiente.
Aunque hoy muchos recuerdan a Danny DeVito principalmente como actor —el inolvidable Louie De Palma de Taxi, el Frank Reynolds de Colgados en Filadelfia o uno de los secundarios más carismáticos de Hollywood—, hubo una época en la que detrás de la cámara era uno de los directores más singulares del cine estadounidense.
Su especialidad eran las comedias negras, historias donde la risa aparecía acompañada de una sonrisa incómoda y una dosis generosa de mala leche. Danny DeVito no hacía humor blanco precisamente: sus películas tenían personajes miserables, matrimonios al borde del apocalipsis y situaciones donde la humanidad quedaba retratada con bastante menos glamour que una alfombra roja.
Su debut como director llegó con Tira a mamá del tren (1987), una comedia criminal protagonizada por él mismo junto a Billy Crystal que ya mostraba su gusto por los personajes excéntricos y los ambientes incómodos.
Después llegó una de sus obras más recordadas, La guerra de los Rose (1989), una salvaje sátira sobre el divorcio protagonizada por Michael Douglas y Kathleen Turner. La película convertía una separación matrimonial en una auténtica guerra civil doméstica con muebles volando y orgullo herido por todas partes.
En 1992 sorprendió con Hoffa, ambicioso biopic sobre el líder sindical Jimmy Hoffa interpretado por Jack Nicholson. Un cambio de registro que demostraba que Danny DeVito no estaba limitado a la comedia negra.
En 1996 llegó una de sus películas más queridas: Matilda, adaptación del libro de Roald Dahl. La historia de una niña con poderes especiales conquistó a varias generaciones y se convirtió con el tiempo en un clásico del cine familiar de los años 90. Era una rareza dentro de su filmografía: el mismo director capaz de retratar guerras matrimoniales salvajes podía construir una película entrañable sobre una niña incomprendida y una biblioteca llena de magia.
Después llegó Smoochy (2002), una comedia negra protagonizada por Robin Williams y Edward Norton que con los años ha ganado seguidores por su humor venenoso y su visión del mundo del espectáculo como una jungla llena de egos.
Pero el último largometraje dirigido por Danny DeVito fue Duplex (2003), con Ben Stiller y Drew Barrymore. La película intentaba recuperar el tono corrosivo de sus mejores trabajos, pero recibió críticas negativas y tuvo una discreta respuesta comercial. Tras aquel tropiezo, Danny DeVito abandonó la dirección de largometrajes.
De Greed a Pozos de ambición: un proyecto gigantesco
McTeague no es precisamente un proyecto pequeño para volver al ruedo. La novela de Frank Norris narra la historia de un dentista que trabaja en San Francisco y cuya obsesión por el dinero desemboca en una tragedia marcada por la codicia, la violencia y la destrucción personal.
El libro ya fue llevado al cine por uno de los grandes visionarios del cine mudo, Erich von Stroheim, en Avaricia (1924), considerada una obra maestra del cine clásico. La versión original de Erich von Stroheim llegó a tener unas nueve horas de duración antes de que el estudio la redujera drásticamente.
Danny DeVito compara la ambición del proyecto con Pozos de ambición (There Will Be Blood), de Paul Thomas Anderson, otro retrato oscuro sobre la obsesión, el poder y la avaricia. El director sabe que recrear el San Francisco de finales del siglo XIX será uno de los grandes desafíos: “Tendríamos que hacer que la ciudad pareciera como era en el cambio de siglo. Mucho de eso sería magia cinematográfica. Pero iría a San Francisco e intentaría rodar en Polk Street”.
