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Entrevistas

M. Night Shyamalan no se pierde en "El bosque"

José María Aresté 01 Enero 2005

Hablar con M. Night Shyamalan de sus películas, sobre todo de la última, viene a ser como caminar sobre un campo sembrado de minas. Hay que hablar con circunloquios y medias palabras, para no desvelar más de la cuenta al lector que no haya visto todavía El bosque. Pero este director de 34 años años, nacido en Pondycherry, India, pero genuinamente americano, está acostumbrado a hacerlo. Y a la vez es claro, muy claro, acerca de los grandes temas que le inquietan, y del género ideal para abordarlo: el suspense.

El personaje de Ivy, su ceguera, parece como una metáfora de otra ceguera, más simbólica, que afecta a muchos personajes.

La información del mundo de una persona ciega es muy diferente a la nuestra. Un vidente hace una combinación de lo que ve y lo que no ve. Cuando yo voy en el coche, veo y oigo cosas, recibo información que quizá otra persona no capta. Puedo escuchar el ruido del aire acondicionado, algo que viene de la ventana… En general, una persona que ve, no presta atención a los ruidos. Yo presto mucha atención al sonido y puedo decir seguramente cuántas personas hay fuera… Eso es información, que permite hacerse una imagen del mundo. Ahí reside la ironía, en que una persona con un hándicap puede percibir cosas que se le escapan a otro. Y el hándicap hace de ella una persona poderosa, como una especie de superhéroe, porque tiene unas capacidades de las que los otros carecen.

El nombre de Ivy, o sea, hiedra, significa que ella va a crecer, que va a ser capaz de dejar el sitio donde transcurre la historia. Y cuando sortea el muro, trepa por la hiedra. Eso sería la primera parte de la ceguera. Pero en cuanto a lo que podríamos llamar ‘la segunda ceguera’, acaba percibiéndose como una especie de milagro. Porque una interpretación de lo que en realidad ha pasado en el film es que, después de todo, sí hay criaturas ocultas por el bosque.

En su cine están presentes conceptos como providencia, sacrificio, misión… ¿Es en parte influencia de su educación católica?

En realidad, se trata de pura coincidencia. Pensaba en ello cuando venía en el avión, pues he estado en Roma, en el Vaticano. Es cierto que fui a un colegio católico, y quizá tuvo una influencia traumática por esos temas que mencionas (se ríe). Pero sí, me enseñaron esos conceptos, que son desafiantes. Y hay una cierta implicación católica profunda en las historias que cuento. Pero bueno, técnicamente no soy católico, son hindú. En cualquier caso, parte del encanto de mis películas es que pueden mirarse desde un punto de vista más amplio, en que se plantea la búsqueda del sentido de la vida. Creo que esto es algo que siempre aparecerá en mis trabajos, porque es un tema que me preocupa.

En su película, los personajes temen enfrentarse con la realidad...

Tengo que tener cuidado a la hora de contestar esto (en referencia a las sorpresas de la trama; se ríe). Hay que tener en cuenta que estos personajes vienen de sitios devastados, donde la vida no tenía sentido para ellos. Y esto no es una cuestión baladí en la película, sino central. En estas personas, que han experimentado la tragedia, hay un deseo muy poderoso de creer en la humanidad. Y lo que hacen viene a ser como un paso adelante hacia la esperanza. Quizá pueda usted pensar que no actúan de modo correcto, pero para ellos es algo positivo. Por eso en un momento dado se dice aquello de ‘perdónanos por nuestras mentiras tontas’. Consideran más importante los logros que se derivan de ello, que puedan vivir orgullosos de desarrollar su carácter, con más sentido y humanidad.

Puede parecer una actitud algo loca, pero se trata de algo que pasa todos los días en este mundo. Como cuando una familia vive en una zona conflictiva, como puede ser Tierra Santa, donde hay un muerto todos los días. Para mí es asombroso que aguanten. En su lugar, yo cogería a mi familia y me largaría. Porque para mí la Tierra Santa es ahí donde esté mi familia a salvo. Yo no me arriesgaría a que mi hijo se encontrara con la muerte de camino a la escuela, a cambio de vivir en Tierra Santa. A mí me parece más loco eso que la decisión que toman los personajes del film, de vivir a su manera, de acuerdo con unas normas, como hacen tantas comunidades. Puede ser cuestionable, pero todos los días, cada uno, tomamos decisiones de este estilo. De modo que puede ocurrir que surja un tipo que se levante y diga, ‘yo soy historiador, y creo que nuestra historia se ha desviado por el camino equivocado, y…’. Bueno, creo que no debo seguir por aquí.

Los muertos, los extraterrestres, el interior de cada uno… ¿De dónde proviene el mal más terrible para el ser humano?

No, aquí hay un mal entendido. El mal está siempre dentro de las personas. En El sexto sentido el mal está en los que no quieren hablar y decir lo que tienen dentro, en El protegido el villano es una persona desesperada, que ha sido herida, e incluso en Señales, los extraterrestres ven a los hombres como animales, su paso por la Tierra es sólo una pausa en su camino… Y ‘la criatura’ de El bosque podría ser encantadora en otra situación, incluso amorosa, y nos da idea de que la muerte trágica siempre es triste, quita todo romanticismo a aquello que consideramos que es malvado. El terrorismo es lo peor que hay en el mundo, pero si pudiéramos ver cómo se sienten los terroristas, considerar que no tenían elección, que lo hacían por sus familias, que están haciendo algo honroso y defendiendo ideas que estiman mucho… la cosa tiene más sentido. No es tanto la malicia lo que nos puede, sino la falta de entendimiento entre las personas y la ignorancia.

En anteriores películas mostraba matrimonios en crisis. Aquí, el amor humano es mostrado con optimismo, y elabora más que nunca una historia romántica...

Creo que en mis otras películas también había un punto de vista optimista. En El sexto sentido el protagonista no puede ‘irse’ hasta que quiera de veras a su mujer; en El protegido él no puede ser el marido que ella necesita, hasta aceptar su destino; y en Señales ella viene de algún modo del otro lado, está ahí, junto a su familia. Lo más complicado en el apartado romántico en El bosque reside en ‘la otra’ historia de amor, la de William Hurt y Sigourney Weaver. Y ahí, más que optimismo, me he empeñado en describir una relación complicada. Porque tratando de hacer lo correcto, a veces te enamoras de la forma incorrecta.

¿Le resultó eso más complicado que la escena de amor en el porche?

Para mí ahí no había ninguna complicación. Es una declaración de amor. Pero me encantó hacerla, es una de las escenas ‘ancla’ de la película.

La solución que plantea el film parece escapista, y afecta a la libertad...

Bueno, es cierto. Antes situaciones como la del 11-S, todos reaccionamos así, yo quería escapar y no vivir en un mundo como éste. Todos queríamos cambiar, y yo empecé a pensar en lo que harían estos personajes del film. Es una situación muy similar a la que sufre hoy el mundo. Quería que el desenlace fuera como un conflicto entre lo que sientes en tu corazón y lo que pide tu cabeza. Para mí se trata de una especie de acto de esperanza algo extraño. ¿Cómo puedes hacer algo que está mal, pero que está bien?

Es usted un director popular en un género popular. ¿Tiene idea de cambiar de género? ¿Cómo es su conexión con el público?

No pienso cambiar de género. Para hacerlo tendría que fingir ser otra persona. Los guiones me viene de libros, artículos, comentarios, que me sugieren una idea de un modo muy natural. Y me siento con mucha libertad para pintar con distintos colores dentro de este terreno.

No tengo una relación normal con los críticos. No entran en mis películas. Soy como una especie de anomalía, y ellos, igual que yo, están tratando con esa anomalía. Al distinguir entre películas artísticas y de entretenimiento, en mi caso encuentran elementos de ambas, y no saben en que categoría situarme. Si uno mira al pasado, algo de esto ocurrió con Kubrick y Hitchcock. Hay algo más que el éxito de la taquilla o de la crítica, una resonancia que proviene del propio ser humano, independientemente de los aplausos o los abucheos. Y al final, eso es lo que define tu arte.

José María Aresté
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