SIN ESPECIFICAR
Cannes 2011, día 12
Todo parece indicar que después de la divertida y alegre inauguración de Midnight in Paris de la mano de Woody Allen, el festival cambia de tercio y se deja dominar por los tonos sombríos. Y estos están además a cargo de dos mujeres, de las cuatro que figuran como directoras en la selección oficial.
La australiana Julia Leigh nos ha confiado las dificultades de rodar Sleeping Beauty a pesar de ser una novelista y guionista conocida, para algunos promesa del cine independiente australiano. Es cierto que al final de la proyección ante la prensa internacional hemos tenido una de las sensaciones más extrañas en un festival: un silencio de muerte.
Sleeping Beauty trata de un tema difícil: una forma de prostitución, que es al mismo tiempo una manifestación de perversión. Las “bellas durmientes” son jóvenes que para ganar dinero, como la protagonista de la película (Rachel Blake), entran en un circuito de prostitución en el cual se ofrecen bajo un poderoso somnífero a viejos que se comprometen a no tener une relación sexual. Las escenas penosas se repiten y muchas veces caen en el ridículo. Un cierto interés se mantiene, porque el relato está rodeado de misterio y de episodios incomprensibles, y naturalmente el espectador espera una explicación más completa de lo que se le muestra. Pero como ocurre a menudo en el cine moderno, la palabra fin llega antes de la explicación.
El resultado es la decepción, pues sin una razón de ser, la historia que se nos ha contado se reduce a una película erótica para público especializado, y ello aunque técnicamente la calidad de lo que es una primera obra sea aceptable.
Una madre y su hijo
La película británica We Need To Talk About Kevin de Lynne Ramsay, basada en la novela de Lionel Shriver, no ha mejorado el tono depresivo de la jornada. Eva (Tilda Swinton) es una madre de familia que se enfrenta a un hijo, Kevin (Ezra Miller). que desde la infancia ha manifestado hacia ella una terrible hostilidad. La historia se cuenta de forma no lineal, lo que produce como es lógico un cierto desconcierto y en todo caso una dificultad de apreciación de la progresión dramática. El hijo agresivo se entiende mejor con su padre (John C. Reilly), pero ello no impide que sus acciones sean cada vez más criminales y de mayor impacto.
La brutalidad del conjunto es desde luego impresionante, y los esfuerzos de Swinton para hacer verosímil la situación, encomiables. Pero volvemos a encontrar uno de los defectos del “cine de autor” que piensa siempre en espectadores superinteligentes y se cree obligado a evitar las explicaciones. Parece que la idea central de la novela es que la familia, contrariamente a la idea común, no es un lugar de entendimiento, sino de pugilato. Aunque esto pueda ser, lo que la película nos muestra es extremo, y sobre todo no parece tener ninguna raíz en hechos concretos. Será preciso concluir que Kevin padece una forma de locura que hace de él un caso patológico, lo que invalida buena parte de su interés.
Las explicaciones dadas, fuera de la película, apuntan a comportamientos que no aparecen en ningún momento en las imágenes de la película. En fin, para que todo no sea absolutamente negro, parece que queda a salvo el amor maternal. Es lo menos que se podía pedir a un cineasta cuando se trata de una mujer.
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