Análisis de guión
15) "Whiplash", de Damien Chazelle
El guion de "Whiplash" de Damien Chazelle, quien también dirige la cinta, es cualquier cosa menos convencional. Aunque por supuesto se le pueden buscar (y encontrar) las hechuras, huye de los esquemas trillados, su armazón y puesta a punto se asemeja un tanto a la interpretación de las piezas de jazz que forman parte de la trama, donde la ejecución da pie a los aires improvisados, rupturas de ritmo, un paso delante y otro detrás, lo que no impide que el conjunto, a pesar de todo, respire inesperada armonía.
Como es sabido, Damien Chazelle estuvo nominado al Oscar al mejor guión adaptado por Whiplash, ya que se basó en su propio corto, que permitía un desarrollo en la línea mencionada; en realidad el guión de la película formó parte de la llamada “Lista negra” de grandes guiones que no se producen, y Chazelle rodó una escena, el corto, como modo de lograr su completa producción. La película ganó 3 Oscar, aparte del de actor de reparto para J.K. Simmons, conviene destacar los de montaje y mezcla de sonido, porque al fin y al cabo estos dos aspectos de algún modo van a la par con el guión y la música, espléndido, único maridaje.
La experiencia personal
La escena de arranque rezuma inteligencia, porque pone las bases de lo que se va a contar, y presenta perfectamente a los dos personajes principales. Andrew Neiman está sentado a la batería, al fondo de un largo pasillo del conservatorio Shaffer de Nueva York, ensayando sin descanso y con intensidad, está solo: todo señala que va a ser largo el camino para lograr dominar el instrumento. Pero podría ayudar el hecho de que irrumpe en el lugar el mítico y riguroso profesor Terrence Fletcher, que le ha oído tocar.
El intercambio que ambos personajes tienen les define enseguida. Fletcher pregunta a Andrew por qué ha parado de tocar; y cuando se pone a tocar con intención de lucirse, le hace otra pregunta en sentido contrario, por qué se ha puesto a tocar, comparándole despectivamente con un mono de feria que no piensa. Se pone entonces a dirigirle en algunos compases, lo que demuestra su conocimiento y habilidades como profesor, pero cuándo él otro pone el mejor tesón para dar lo mejor de sí, levanta la vista y se encuentra con que Fletcher ha abandonado la estancia. El cristal traslúcido de la puerta muestra que Fletcher vuelve, y el espectador –y también Andrew– esperan que tal vez va a venir alguna palabra de alabanza, pero el profesor sólo entra en la habitación para recoger su chaqueta, que había dejado colgada en el perchero.
Así pues, tenemos al alumno que desea prosperar a toda costa, desarrollar enseguida su carrera, y tenemos al profesor duro, con métodos exigentes y poco pedagógicos, por no decir sencillamente humillantes. Durante el primer actor del guión, Chazelle va a desarrollar estas ideas, plantea en definitiva lo lejos que ambos están dispuestos a llevarlas a la práctica.
Ser humano o ser genial, he ahí el dilema
La no linealidad
Gran mérito del libreto de Chazelle proviene del hecho de que no es en absoluto lineal. Como en algunas piezas de jazz, nos parece observar que Andrew está mereciendo más consideración de parte de Fletcher, pero éste mueve las fichas que para él son los alumnos a su antojo, y de pronto cambia el paso y convierte al titular en suplente, y viceversa, o mete a un tercero en discordia; o bien prolonga la sesión con la excusa de que los baterías se adelantan o retrasan, provocando la animadversión del resto de chicos de la banda. No tenemos claro si avanzamos o retrocedemos.
Colapso
Aunque podría parecerlo, Fletcher no es monolítico. Cuando Andrew se queja de que no valora sus cualidades, él le corta diciendo que no es el momento para escuchar sus lamentos; en efecto, ha recibido una llamada inesperada cuyo contenido explica luego a sus alumnos mientras les pone un cedé con música, acaba de saber que uno de sus antiguos pupilos más talentosos ha muerto por un accidente, y le dedica un recuerdo emocionado. Más tarde sabremos que ese chico se ha suicidado, lo que conecta con el punto fuerte con que concluye el segundo acto y nos encaminamos al tercero, ese festival en el que Andrew es titular a la batería, pero al que podría llegar tarde por un inoportuno pinchazo del autobús que le conduce; la carrera de obstáculos que supone alquilar un auto, llegar por los pelos, volver a irse para recuperar las baquetas que ha olvidado, sufrir una colisión, para al final tocar ensangrentado torpemente, y terminar agrediendo a su profesor. Una verdadera locura, las cosas han ido demasiado lejos.
Un día, casualmente, pasa ante un local que anuncia actuaciones de jazz en vivo, y que cuenta como invitado especial con Fletcher. La curiosidad por ver a su antiguo profesor le impela a entrar, y aunque no desea saludarle, sus miradas se cruzan. Tienen una conversación franca, en que Andrew, frente a las tesis de Fletcher, señala él nunca podrá saber si ha presionado tanto a un potencial Parker que le ha impedido ser tal Parker. Mientras, el profesor reconoce que sus métodos buscaban encontrar a alguien único, pero que nunca dio con él. De modo informal le explica que dirige una banda que toca un festival, pero que no son especialmente valiosos, y sin forzar demasiado, le sugiere la posibilidad de tocar con ellos, él conoce a la perfección el repertorio, y concretamente la pieza Whiplash.
El gusanillo de volver a tocar puede más que cualquier otro razonamiento sobre la inoportunidad de tal decisión. De hecho, como ocurría en el primer acto, le da fuerzas para volver a llamar a Nicole después de tanto tiempo, y la invita a que vaya a verla a tocar. Ahora las tornas han cambiado, ella le dice que tal vez, que se lo dirá a su novio (chasco de Andrew), aunque no sabe si le gustará el plan, pues no le interesa el jazz (chasco al cuadrado).
El final es el clímax
Pero esa venganza de Fletcher es también al mismo tiempo el método de la humillación y no poner las cosas fáciles que tanto propugna, llevado al extremo. Y Andrew va a recoger el guante del desafío, de modo que vuelve al escenario y se impone con las baquetas, todos empiezan a seguirle al ritmo de “Whiplash”, en una prolongada interpretación, brillante, que parece no tener fin, y en que la rivalidad parece trocarse en singular colaboración, una ejecución como no habíamos visto antes. Y que conduce a un final repentino, voluntariamente brusco, la película termina con el clímax, no hay epílogo que busque recoger hilos narrativos o presentar conclusiones, está todo dicho, con increíble brillantez, no hace falta más, telón.
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