Análisis de guión
29) "Diecisiete", de Daniel Sánchez Arévalo
Ha formado parte de la sección oficial del Festival de Cine de San Sebastián, y Netflix, productora de la película, ha estrenado “Diecisiete” en salas de cine. Su guion y la traslación a la pantalla de Daniel Sánchez Arévalo son notables, y corren el riesgo de pasar inadvertidos al espectador despistado, o ser ignorados, esperemos que no, en la próxima edición de los Goya. Por eso nos decidimos a dedicarle uno de nuestros análisis de guion y a invitar encarecidamente al lector a su visionado en la plataforma de streaming, donde ya se encuentra disponible.
A cualquier historia le ayuda contar con un buen arranque. Intrigante, y que despierte el interés, al tiempo que pone las bases argumentales de lo que se nos va a contar. Diecisiete tiene la suerte de contar con un buen arranque. Sin palabras, el guion de Daniel Sánchez Arévalo dar solo indicaciones muy visuales, vemos a un joven robando una moto, aparcando en el exterior de un centro comercial, y encerrándose dentro de la tienda de campaña de un establecimiento, esperando al cierre. Ahí le vemos luego sustrayendo un aparato calefactor, y entretenido con una máquina de afeitar. La avaricia rompe el saco, y cuando quiere llevarse este electrodoméstico, salta la alarma. Un guardia jurado inicia la persecución. El chico, luego sabremos que se llama Héctor y tiene 17 años, llega hasta la moto, la arranca, y mientras el guardia le alcanza, el otro logra zafarse, aunque dejando a su perseguidor malherido. Luego le vemos llegar hasta un caserón, una residencia de ancianos. Héctor entra en la habitación donde yace su abuela, y enchufa el aparato robado, trayendo calor a la gélida habitación.
De aquí pasamos a... la vista de un juicio. Una jueza interroga a Héctor, no es la primera vez que comparece ante ella. Por sus respuestas detectamos a un chico asocial, con buen corazón, quería ayudar a su abuela, pero que no mide las consecuencias de sus acciones, no se siente culpable de que el guardia jurado quedara en un coma inducido varios días por las lesiones producidas. Además se le ve resentido con su hermano mayor, Isma, que está en la sala, cree que le ha denunciado. La jueza resuelve lo que en otras ocasiones se había quedado en advertencia, Héctor ingresará en un centro de menores. Y le obsequia con un código penal, invitándole a distinguir, con el conocimiento de su articulado, lo que está bien de lo que está mal.
Así es Héctor
El detonante de la narración –el delito y el ingreso en el centro de menores– nos ha metido de lleno en el primer acto de la película. Vamos no obstante ahondando en la personalidad de Héctor. Desde luego, no es tonto. Se trata de alguien metódico y disciplinado, que madruga antes que sus compañeros, y que se ha propuesto aprender de cabo a rabo el código penal que le regaló la jueza. Ello provoca las burlas de los otros internos, que le llaman en broma “abogado”, a lo que él responde con su silencio, lo que sirve para subrayar el carácter asocial de Héctor. Esta suerte de “bullying” irá a más cuando, estando en una clase, Héctor observa por la ventana que unos papeles flotan en el aire: acaba de romper en mil pedazos su ejemplar del código. Esto le lleva a poner en práctica un truco que le gusta emplear: un fallido intento de fuga, castigado con una semana de aislamiento. En esta ocasión tal período le servirá para recomponer el destrozado código, un remache de su paciencia, constancia y meticulosidad, cuando Héctor se propone algo, lo consigue. Pero supone también seguir en el hoyo de su aislamiento, incluso a mayor profundidad.
Reencuentro fraterno
En este momento recuperamos a Isma, a quien sólo atisbamos en la escena del juicio, con un aire algo avergonzado cuando Héctor le acusaba de haberlo denunciado. Le vemos de noche, solitario, saliendo de algún trabajo eventual seguramente, tratando de comunicar por teléfono con alguien que no responde. Y luego se dirige a una autocaravana, donde está viviendo. El aspecto descuidado de esa vivienda, las latas de cerveza, la guitarra, le conceden un aspecto misántropo y desgraciado. Por la mañana le avisan de la fuga de Héctor. Lo que sirve para dar información importante al espectador. Dentro de dos días el chico cumple 18 años, por lo que sus acciones podrán considerarse a partir de entonces ejecutadas por un adulto, con la responsabilidad consiguiente y la posibilidad de ir a la cárcel. El consejo de la monitora es que dé con su hermano, procure que no se meta en líos y vuelva de buen grado al centro, con lo que se podrá restar gravedad a su escapada. Cavilando adónde puede haber ido Héctor, Isma acude a la residencia donde vive la abuela. Y en efecto, ahí encuentra al otro, escondido bajo la cama.
Descubierto Héctor, Isma intenta ponerle ante la realidad, y le invita a volver al centro. Pero el otro está emperrado –nunca mejor dicho– en encontrar a su perro. Y logra persuadir a Isma para que le ayude a recuperarlo. Se trata de ir a la perrera, lograr la dirección del que lo adoptó, y explicar que Héctor necesita al animal, que es su perro. Además, Héctor ha escuchado a los médicos decir que a la abuela le queda poco tiempo de vida, por lo que sugiere cumplir con la promesa de llevarla al pueblo, para enterrarla con el abuelo. La residencia proveerá de una silla de ruedas y oxígeno, lo básico para poder llevársela con ellos en la autocaravana.
A partir de ese momento la película se convierte en una “road-movie”, que supone también un viaje emocional de los dos hermanos, ambos van a estrechar lazos, y de algún modo se opera en cada una transformación que les aproxima. Isma se muestra decidido a asumir la autoría de los delitos cometidos por Héctor para evitar que su situación se agrave. Y comienza a cometer locuras algo insensatas para ayudarle, un poco del estilo de las que acostumbra su hermano. En su visita a la perrera, inventa una excusa de por qué está ahí, y ante la actitud del encargado, que se escuda en la privacidad para no decirle quién ha adoptado a Oveja, le roba el fichero con los datos, aprovechando un descuido por una llamada telefónica. Mientras, Héctor ha tenido la ocurrencia de robar a un pobre perro de tres patas, su idea es ofrecerlo en trueque a quien tenga a Oveja. Estudiando la información sustraída no hay ningún perro con el nombre de Oveja, seguramente porque ese nombre no ha gustado al nuevo dueño. Pero pueden descartar a otros perros adoptados y fijar su objetivo en tres de ellos. Ahora se trata de acudir a distintas direcciones y echar un vistazo.
El esquema del viaje, la parada para repostar y el problema con la cartera desaparecida, los lugares donde podría estar el perro y su descarte, sirven al propósito de ahondar en la relación entre los hermanos. Son diálogos chispeantes, en que Héctor acabará aprendiendo el sentido de la ironía y de la no literalidad de todo lo que se dice. Y en que sus posiciones se van acercando, y casi intercambiando. Mientras Isma se desliza por el camino de la insensatez, Héctor parece estar aprendiendo el sentido de la mesura y la prudencia.
Un pueblo es, un pueblo es, un pueblo es
Nos vamos encaminando suavemente hacia el tercer acto, cuando los hermanos detectan un empeoramiento en el estado de salud de la abuela. Deciden llevarla al pueblo, y cumplir con su deseo de ser enterrada ahí con el abuelo. Pero antes acuden al cura del pueblo, que le da la unción de enfermos. Y también les informa de una dificultad. El arrendamiento de la tumba del abuelo ha caducado, y ha comprado el hueco el primo Ignacio, pensando en su suegro, enfermo de cáncer. Ante los reproches de los hermanos, por no haber avisado, el otro les echa en cara que se fueron del pueblo hace años, y nunca han vuelto ni mantenido el contacto. El cementerio es para los que viven ahí.
Contra pronóstico, Héctor se muestra reticente en ayudar a Isma en su disparatado plan. Finalmente coopera, aunque a cambio de que el otro se sincere en lo relativo a qué pasa con su mujer. Él le explica al fin que se ha quedado embarazada y él se ha asustado, no se ve preparado para ser padre, también por la mala experiencia de los hermanos con su propio progenitor, que queda así apuntada. Y entonces ella le ha echado de casa, y no responde a sus intentos conciliadores. Finalmente, gracias al ingenio de Héctor –ya justificado previamente en su habilidad para fugarse o en arreglar un libro hecho trizas–, logran robar la vaca. Pero cuando vuelve a la autocaravana se encuentran a su primo Ignacio compungido, pidiéndoles perdón por haber estado tan borde, y diciendo que él mismo va a pagar el nuevo nicho de su bolsillo. Lo que propicia un momento cómico, pues ellos tienen la vaca fuera, y se asoma con sus mugidos a la ventanilla del vehículo vivienda, mientras Isma trata de restar importancia a cómo les ha recibido antes. Ya con el problema de la tumba resuelto, y la salud de la abuela sorprendentemente mejorada, deciden partir en busca del tercer posible lugar donde estará Oveja.
Resolviendo problemas
A partir de este momento la narración se dirige hacia su conclusión, coincidiendo con la mayoría de edad de Héctor, pero que en realidad es mayoría de edad simbólica de los dos hermanos, que han madurado en su viaje. Héctor va a confesar que vislumbró a Oveja en la primera casa que visitaron, pero que decidió no reclamar al animal por verle tan feliz en compañía de otros perros, cuando antes era tan asocial, igual que le ocurría a él. Por otro lado, no quiso decir nada a su hermano, porque estaba disfrutando del viaje y no deseaba que terminara.
Además, Héctor demuestra que se preocupa de su hermano, y una enorme e inesperada sensibilidad, pues ha escuchado los mensajes de voz que Isma dejaba a su mujer y se ha hecho cargo de la situación; y él, que parecía casi autista o con síndrome de Asperger, logra expresar por Whatsapp mejor que su propio hermano los sentimientos que le embargan, y que es incapaz de comunicar. Pide perdón, dice que tuvo miedo, también de ser mal padre como su padre, pero que cuidando a Héctor piensa ahora no lo ha hecho tan mal, y que seguramente podrá asumir su nueva paternidad. La respuesta al fin de la esposa, “hablamos a la vuelta”, deja abierta la esperanza. Es el momento de celebrar el cumpleaños de Héctor, aunque sea con unas zapatillas agujereadas, que hay que reparar con papel higiénico o lo que haya más a mano, un símbolo de cómo la reparación de las relaciones humanas no es perfecta de entrada, pero la buena voluntad abre sin duda el camino. El baño en la playa remata el momento catártico de felicidad de los dos hermanos. Por otro lado, la adopción del perro cojo para la abuela, viene a subrayar la ayuda que ha supuesto la terapia perruna para todos, en lo relativo a ocuparse de aquellos con los que uno convive.
De modo que, desenlace, Héctor regresa al centro acompañado de Isma, que ante el temor de quedar nuevamente solo queda tranquilizado por el otro, diciéndole, muy expresivamente con la imitación que le hacía cuando era niño, que él va a ser su perro fiel.
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