Blog de Hildy
Nicolas Winding Refn: “Sólo Dios perdona”, o una bobada solemne
Vaya por delante una declaración inicial: me gusta el cine del danés Nicolas Winding Refn , un cineasta poderoso, de cuyo cine
Vaya por delante una declaración inicial: me gusta el cine del danés Nicolas Winding Refn, un cineasta poderoso, de cuyo cine procuré empaparme antes de que llegara a España Drive, la película por la que es más conocido, y que le consagró entre cierto público. Público cinéfilo pues Refn nunca ha sido cineasta de masas: investido de vitola de autor, su cine aderezado de abundantes dosis de exhibicionista violencia, con tramas que se desarrollan en el mundo de la delincuencia, pero que plantean ciertos dilemas morales, no resulta apto para todos los paladares.
Mis disposiciones para conceder a Sólo Dios perdona el beneficio de la duda, a pesar de los comentarios desfavorables tras su proyección en Cannes, eran completamente sinceras. Deseaba que me gustara una película de título tan sugerente, y atribuía los comentarios negativos al típico cansancio de los entusiastas, que primero reciben a un cineasta con vítores y palmas, y luego, en su siguiente trabajo, hay algo que les desconcierta y conduce a la crucifixión. Le ha pasado un poco a Terrence Malick, elevado al olimpo de los grandes, para salirle luego algunos incrédulos, primero tímidamente con El árbol de la vida, y luego, a cara descubierta y sin tapujos, con To the Wonder. Viendo lo injusto de los comentarios negativos recibidos por Malick, pensé que algo parecido podía haberle pasado a Refn.
Me equivocaba. Parafreseando a aquel político español que criticaba a un presidente del gobierno tachándolo de “bobo solemne”, por su tendencia a decir tonterías con tono grandilocuente de gran hombre de estado, en Sólo Dios perdona veo a un Nicolas Winding Refn que adopta una pose de gran solemnidad, con los personajes estáticos como si se enfrentaran al desafío más importante de sus vidas, y ello para contar una historia de venganza y de relación madre-hijos bastante anodina. No me logra implicar el director danés como lo hacía en la trilogía de Pusher o en la salvaje cinta carcelaria Bronson. Aunque deslumbre visualmente, y se note su talento como cineasta, considero el film fallido por hueco. Su dedicatoria a Alejandro Jodorowsky confirma una senda peligrosa –no soy devoto de este polifacético artista, cuyo presunto talento tantas divisiones suscita–, pero yo confío que sea un tropiezo menor, y que al modo de un Lars von Trier al que le justa experimentar, vuelva por el buen camino del cine con mayúsculas.
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