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Biografía

Terrence Malick

Terrence Malick

76 años

Terrence Malick

Nació el 30 de Noviembre de 1943 en Ottawa, Illinois, EE.UU.

Premios: 2 Festival de Cannes (más 1 premios)

El hombre sin rostro

07 Octubre 2011

Lento pero seguro. Ha rodado únicamente cinco películas en cuatro décadas, sin embargo, son todas tan complejas como excepcionales (quizás El nuevo mundo es la única que no es una obra maestra). A Terrence Malick le traen al fresco la taquilla, las modas, las imposiciones comerciales, el marketing de sus películas, la corrección política, y en suma todo aquello que no sea la poesía visual y los grandes temas de la existencia humana.

Nacido en Waco (Texas), el 30 de noviembre de 1943, Terrence Malick es hijo de un hombre de origen sirio-libanés, que trabajaba en una compañía petrolífera texana. Aplicado en sus estudios desde niño, estudió filosofía en la prestigiosa Universidad de Harvard, donde se graduó con 'summa cum laude', y posteriormente inició una tesis doctoral en Oxford sobre Martin Heidegger, aunque no la terminó. Ejerció como profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts, al mismo tiempo que trabajaba como periodista freelance para revistas tan conocidas como The New Yorker.

Cuando se interesa por el cine como vehículo de transmisión de su visión del mundo, estudia un Master del American Film Institute, y rueda el corto Lanton Mills, muy poco conocido incluso por los más fervientes seguidores del autor. Se dice que lo ha retirado de la circulación el propio Malick, porque no quedó contento al cien por cien, y por esta razón, se retiró para siempre del cortometraje.

Empieza como profesional del cine como guionista. Aunque no aparece acreditado, echó una mano al “doctor” de guiones Robert Towne con el libreto de Drive, He Said, que dirigió Jack Nicholson. Escribió la desconocida comedia Deadhead Miles, con Alan Arkin en el reparto y Los indeseables, de Stuart Rosenberg, con Paul Newman y Lee Marvin.

Pronto conseguía financiación ajustada pero suficiente para su debut como realizador de largometrajes, Malas tierras, inspirada en hechos reales acontecidos en 1958. Martin Sheen interpreta a un asesino obsesionado por hacer notar su parecido con James Dean que huye a la desesperada con su joven novia (Sissy Spacek). La historia de esta pareja amoral, que recuerda a Bonnie and Clyde, estaba precisamente dedicada al director de esta cinta, Arthur Penn.

Malick sólo muestra las actividades amorales de los protagonistas sin juzgarles a través de potentes imágenes. Ya era un maestro en la utilización de la música, en este caso de Carl Off, para subrayar la poesía de sus planos. Más de un momento permanece en la retina del espectador: las llamas de la casa de la protagonista, el baile nocturno, etc.

Tuvo muy poca repercusión comercial, pero llamó obviamente la atención de los críticos y los más cinéfilos. Tardó cinco años en filmar su siguiente trabajo, Días del cielo, de 1978. La temática entronca con la de su ópera prima, pues está protagonizada por otro fugitivo (Richard Gere), esta vez del siglo XX, que tras matar a su jefe, huye con su novia Abby (Brooke Adams) y Linda, la hermana de ésta (Linda Manz). Encuentra trabajo a las órdenes de un adinerado granjero (Sam Shepard) que se enamora de Linda. Absolutamente redonda, es menos narrativa y más lírica que su predecesora, y también destaca la inigualable utilización de la partitura, esta vez de Ennio Morricone. Por sus oníricas imágenes, el español Nestor Almendros obtuvo el Oscar a la mejor fotografía.

¿Y después? No se sabe qué pasó por la cabeza de Malick, que renunció a su incipiente carrera en Hollywood. Rechazó dirigir El hombre elefante, que después rodó con gran éxito David Lynch. Empieza a rodar imágenes para el críptico film conocido como proyecto "Q", sobre los orígenes de la vida en la Tierra, pero finalmente lo abandona. Decidió irse de Estados Unidos y se estableció en Francia donde se casó con Michele Morette, en 1985. Trece años después se divorcia y se une a Alexandra Ecky Wallace. En dos décadas no muestra siquiera interés por llevar a cabo ningún proyecto cinematográfico, y dice la leyenda que se ganaba la vida impartiendo clases de literatura.

Cuando todo el mundo le daba por retirado, Malick reaparece para poner en marcha La delgada línea roja, basada en un libro de James Jones, que narraba la batalla de Guadalcanal, durante la II Guerra Mundial. Por aquel entonces la leyenda de Malick había aumentado tanto que logró que confiaran en él algunas de las más grandes estrellas de Hollywood, como Sean Penn, John Cusack, Woody Harrelson, John Travolta, James Caviezel, George Clooney, que rodó muchas secuencias, aunque la mayoría se quedaron en la mesa de montaje, o Adrien Brody, que en el montaje final pasó de ser uno de los protagonistas a secundario episódico.

Malick medita sobre la guerra y la condición humana, y se centra en el interior de los protagonistas y en sus distintos comportamientos en situaciones límite. Obtuvo el Oso de Oro en Berlín y 7 nominaciones a los Oscar, aunque finalmente no ganó ninguno.

La pausada El nuevo mundo, de 2005, contrapone la vida en las tierras vírgenes de los nativos americanos con la civilización occidental, a través de la historia de amor del capitán John Smith con Pocahontas. Aunque su visión de la llegada al nuevo mundo de los ingleses huye de tópicos, y está rodada con la potencia visual de todas sus películas, es posiblemente la menos redonda de su filmografía.

Seis años tardó Malick en estrenar su siguiente cinta, la redonda El árbol de la vida, su obra más ambiciosa y personal. Resulta imposible resumir la riqueza de un film que básicamente narra la infancia de Jack O'Brien, que pierde a uno de sus hermanos, su relación con sus progenitores, y las repercusiones que su niñez tienen en su vida adulta, cuando se está divorciando de su esposa. Esta vez se quedó casi fuera de la película el personaje de Sean Penn (el actor encarnaba a Jack de adulto y se enfadó mucho al ver el montaje final de la cinta), porque había rodado muchas secuencias narrativas, lo que al parecer entorpecía el paso a las partes poéticas centradas en Jessica Chastain (la madre), Brad Pitt (el padre) y los niños.

Tan sugestiva que las interpretaciones pueden ser variopintas, está claro que trata temas tan trascendentales como el sentido del dolor (los protagonistas conversan directamente con Dios sobre la tragedia que ha sacudido a la familia), la fugacidad de la vida (todo tiene un final y hasta los dinosaurios, que aparecen en la cinta se extinguieron) y sobre todo la relación del personaje central con su padre, un hombre bondadoso que puede ser rudo y terrible en ocasiones con la finalidad de que su vástago se haga más fuerte, en claro paralelismo con Dios, que si hace sufrir al hombre tiene que ser con un objetivo, por su propio bien. Iba a concursar en Cannes en 2010, pero Malick seguía dando vueltas al montaje y prefirió esperar a entrar en la siguiente edición donde obtuvo la Palma de Oro, el máximo galardón.

Uno de los factores que más han alimentado la leyenda de Malick es su obsesión por no dejarse ver. Parece vivir enclaustrado, no sale en los making of de sus películas, pide por contrato no salir en fotos ni vídeos y se niega a participar en la promoción de sus películas. Ni siquiera recoge sus premios en los festivales (la Palma de Oro en Cannes de El árbol de la vida, posiblemente el premio más prestigioso del Séptimo Arte en todo el mundo, la recogió en su nombre Bill Pohlad, productor de la cinta).

Terrence Malick es tan hermético que los cinéfilos conocen su efigie casi únicamente porque interpreta un breve papel en su primer largometraje, donde es el tipo del sombrero que llama a la puerta de la lujosa casa que han ocupado los protagonistas (Martin Sheen y Sissy Spacek).

Consciente de su avanzada edad, Malick parece haber acelerado el ritmo de su trabajo en los últimos tiempos. Ha rodado un film, aún sin título en el momento de escribir este texto, con Rachel Weisz, Rachel McAdams, de nuevo Jessica Chastain y el español Javier Bardem, aunque se desconoce casi todo, salvo que es una historia de amor. Y ha iniciado la preproducción de Voyage of Time, 'exploración del nacimiento y la muerte del universo', con Brad Pitt y Emma Thompson como narradores.

Ganador de 1 premio

Ganador de 1 premio

Ganador de 1 premio

Filmografía
Vida oculta

2019 | A Hidden Life / Radegund

Una película sorprendente. Basada en hechos reales, pero nada convencional. Edificante, sin ser cargante. Bellísima, sin apabullar. Para paladares exigentes, habrá quien no pueda con ella. Terrence Malick, director y guionista, se acerca mucho a ofrecer la mirada amorosa de Dios a la hora de describir el singular destino de Franz Jägerstätter, campesino austriaco católico en Los Alpes, casado con Fani, con quien tiene tres niñas. Tras la anexión de su país por Alemania y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, su conciencia le impide prestar el juramento de lealtad a Adolf Hitler que viene aparejado con su servicio en el ejército. Su actitud no es comprendida por sus vecinos, muchos de los cuales se encuentran en primera línea de combate. Y se produce una reacción hostil. Incluso a los seres queridos les cuesta aceptar su modo de proceder. En otras manos, Vida oculta podía ser una película interesante, porque el personaje que se retrata lo es, pero poco más. Aquí se eleva a alturas insospechadas por la sensibilidad artística de Malick, que cuenta la historia de un modo inefable. De algún modo, mantiene una cierta distancia, el espectador puede tener la sensación de contemplarlo todo desde una nube, sin verse sacudido por la crispación o las emociones más primarias. Se nos invita con esta perspectiva a ver a Franz como un hombre sencillo, muy enamorado de su mujer, Fani –un sentimiento mutuo–, padre amantísimo de sus niñas, buen trabajador, alegre y cordial con sus amigos. Que tal vez tuviera una juventud azarosa, pero que ya ha sentado la cabeza, también por sus sólidas creencias religiosas. Y que se mantiene fiel a los dictados de su conciencia, le importa hacer lo correcto, el juicio de Dios, aunque los que le presionan insistan en que el suyo es un gesto inútil, del que nadie se va a enterar, y que debería pensar en lo inmediato y acuciante, el riesgo de dejar viuda y huérfanas, si las autoridades dictaminaran su ejecución. Incluso, en la versión original, tiene su sentido distinguir el inglés en que está rodado casi todo el film, con voz en off de Franz y Fani que deviene en plegaria y manifestación de la vida interior de cada uno, del alemán que asoma de vez en cuando, y que ayuda a ofrecer como distintos planos de intimidad y conversación pausada en confidencia, junto a otros más elementales en que se espetan insultos o voces despreciativas. Resulta llamativa la condición sinfónica del conjunto, servido con la fotografía poderosa de Jörg Widmer. El inteligente uso de algunas imágenes documentales de las multitudes idólatras del Führer. El contraste con otras idílicas de los Alpes, la verde hierba, la presencia de la niebla. El encanto del duro trabajo en el campo, arando la tierra, plantando, recogiendo, con las pausas para rezar tal vez el ángelus. El recurso a los objetivos cortos que amplían la mirada del espectador. Y el dibujo de la vida hogareña, cómo la felicidad la componen cosas muy sencillas, somos los hombre los que nos complicamos ambicionando no se sabe qué. Todo casa y se hila armónicamente, también con la fantástica partitura musical de James Newton Howard. Cuando surge el dilema moral de Franz, también se pinta su categoría moral con pulso firme, se entiende esa cita de la Escritura, que hace suya, “es mejor padecer la injusticia que cometerla”. Y resulta natural su petición de consejo, su posición no es la soberbia de quien se encastilla en su punto de vista. Y tiene muchos matices la descripción de cómo reaccionan unos y otros, desde el alcalde de Radegund, a la madre de Franz, la hermana de Fani, el sacerdote local, los vecinos... El secreto radica, ya lo he dicho, en la mirada, una mirada en la que nunca hay odio, sino más bien compasión, misericordia, lástima. De modo que cuando en quien mostraba una actitud mezquina, asoma un gesto de bondad, aquello llega muy hondo. La película está llena de matices, y no resulta posible aquí agotarlos todos. Pero resulta preciosa, y es obligado mencionarla, la descripción del tierno y completo amor de Franz y Fani, que no impide a esta reconocer “yo le amo, pero Él [Dios] le ama más”. Es una relación real, que podemos tocar, y en la que hay verdaderamente dolor y gloria. Ninguno de los cónyuges, maravillosamente interpretados por August Diehl y Valerie Pachner, es impasible o actúa como si el sacrificio que les toca vivir no les rompiera el corazón. Tienen fuerza también todos los pasajes en prisión, en que la violencia de los malos tratos es tratada con inteligencia, elípticamente con el recurso al fuera de campo. Y el proceso a que es sometido Franz tiene un claro paralelismo con el de Jesús antes de ser crucificado, incluso el oficial alemán de Bruno Ganz tiene algo de Poncio Pilato en el reconocimiento de una verdad que no sabe manejar envuelto en el cinismo de esa guerra injusta.

10/10
Song to Song

2017 | Song to Song

Voyage of Time: Life's Journey

2016 | Voyage of Time: Life's Journey

Knight of Cups

2015 | Knight of Cups

To the Wonder

2012 | To the Wonder

Neil y Marina. Él americano, ella francesa, madre de una niña. Se quieren, se aman, conviven en un goce extático en Francia que parece no tener fin. Ella querría casarse -aunque un matrimonio previo le impide hacerlo por la Iglesia-, él no desea atarse mediante un compromiso. Los tres se mudan a Oklahoma, Estados Unidos, donde Neil trabaja en cuestiones medioambientales. Marina sigue tan enamorada como siempre, pero aspira a más, intuye al amor que ama, y acude a rezar a una iglesia católica, donde el padre Quintana se esfuerza en remover los corazones de sus feligreses y prestarles mil servicios de caridad, aunque su propio corazón se encuentre a veces gélido como el hielo. La incapacidad de Neil para tomar decisiones podría propiciar la separación de Marina, y el reencuentro con Jane, un antiguo amor. Terrence Malick, un cineasta siempre enigmático, a modo de J.D. Salinger peliculero que acometía sus filmes muy de vez en cuando -veinte años transcurrieron entre Días del cielo y La delgada línea roja- se diría de pronto acometido por un sentido de urgencia que le está llevando a encadenar trabajos que abordan los temas clave del ser humano, la sed de amor, felicidad y trascendencia. Ocurrió con El árbol de la vida, y pasa con To the Wonder, una obra claramente en la misma dirección. Sorprende la habilidad del director para ofrecer con enorme sensibilidad y, milagro, lejos de toda cursilería, el vértigo del “eros”, el amor de un hombre y una mujer que lleva a desear estar todo el tiempo con la amada, con el amado. Esos ratos compartidos, de contraste entre el “baile” sin fin de la luminosa Olga Kurylenko, y la alegría más contenida pero innegable del retraído Ben Affleck, tienen un curioso sencillo de autenticidad, se palpa el lirismo de un poeta de la imagen y el sonido. La línea entre lo que entrega un spot de perfume videoclipero es delgadísima -¿diremos 'roja'?- y Malick se las arregla para no traspasarla, de modo que bien podemos decir que 'No hay Malick malo', ni siquiera en este caso, donde los prolongados trazos impresiones del disfrute amoroso pueden llegar a ser reiterativos, y por tanto, cansar. La narración de To the Wonder, servida con elaborado montaje, viene acompañada de la certera voz en off de los personajes en distintos idiomas, subrayando la universalidad de lo propuesto, reflexiones interiores en el caso de Neil y Marina, oración angustiosa ante el silencio de Dios en el caso del padre Quintana, un acertado Javier Bardem, que evita cualquier exageración en el personaje. De modo que resulta atinada y sugerente la idea de que tras la fuerte atracción y el eros, se hace necesario la reflexión, la orientación de los otros, el respaldo de la fe y los sacramentos y la apertura a la trascendencia, la toma de decisiones y el compromiso y la caridad para con los otros. Malick ofrece cine espiritual y muy humano, y quizá la película más religiosa de su filmografía; y como es habitual en su obra, exige al espectador una actitud activa, no es el suyo decididamente simple cine 'de palomitas'.

7/10
El árbol de la vida

2011 | The Tree of Life

La historia de Jack O’Brien, el mayor de tres hermanos, que vive con sus padres. Pero enmarcada audazmente en el cosmos bajo la mirada divina, de modo que se convierte en sinfonía de belleza extraordinaria. Su existencia discurre en el seno materno, en su infancia a las puertas de la adolescencia en el Texas de los años 50, y en la actualidad. La existencia cotidiana, con muchos momentos felices por crecer en plena naturaleza, jugando con sus hermanos y amigos, y abrazado por el cariño materno, se ensombrece en parte por ese sufrimiento que forma parte de la vida, y al que no es ajeno un padre severo de modos autoritarios, al que no puede evitar juzgar y condenar. Resulta difícil expresar con palabras lo que significa este poema visual y sonoro que funciona a modo de plegaria, se trata de una auténtica profesión de fe, algo nada corriente en los tiempos que corren. La película se inicia con una cita bíblica del libro de Job, que alude a cómo Dios concede y quita los bienes providencialmente, en muchas ocasiones sin que el hombre pueda entender por qué ocurre así. Y realmente el grandísimo y esquivo cineasta Terrence Malick (Malas tierras, Días del cielo, La delgada línea roja, El nuevo mundo) no hace otra cosa que seguir a los miembros de una familia católica –sobre todo a los padres y al hijo mayor–, que siempre se han apoyado en Dios, pero cuya fe se ve puesta a prueba –como la cualquier otro hijo de vecino– por los acontecimientos de la vida diaria. Y lo hace centrado el tiro en momentos ordinarios, agradables y desagradables, y manejando con voz en off los conceptos básicos que ayudan a configurar una vida lograda, donde son básicos el amor y el perdón. No faltan los momentos de duda, la prueba del sufrimiento, la rebelión contra Dios, la tentación del pragmatismo, la constación de que, citando a san Pablo, uno hace lo que no quiere. Ésta es verdaderamente una obra en la que no debe haber un verso suelto, todas las piezas son importantes. Los actores adultos –Brad Pitt, Jessica Chastain, Sean Penn– y los niños –Hunter McCraken sobre todo, pero también Laramie Eppler– están estupendos, aun siendo conscientes todos de que ninguno puede autodenominarse protagonista principal. Ellos están al servicio de una trama que les sobrepasa, y que pretende hablar nada más –ni nada menos– que del sentido de la existencia, de dónde venimos y adónde vamos. Por eso no es caprichoso, para nada –aunque sí valiente– que Malick nos entregue imágenes de gran belleza –compuestas por magos de los efectos visuales como Douglas Trumbell y Dan Glass, con el director de fotografía Emmanuel Lubezki– para mostrarnos un mundo primigenio en el que nada –y cuando decimos nada, queremos decir nada– ocurre por casualidad. O la estudiada banda sonora de la película, donde aparte de la música original de Alexander Desplat hay una selección exquisita de temas maravillosos de Mahler, Berlioz, Brahms, Schumann, Bach, Mozart, Jovanovic, Preisner... El film ganó la Palma de Oro en Cannes con todo merecimiento.

9/10
El nuevo mundo

2005 | The New World

Aproximación nada tópica a la exploración del nuevo mundo por los ingleses. El film arranca en 1607, cuando tres barcos avistan tierra tras una larga navegación atlántica. Les empuja el deseo de prosperar, la promesa que nadie garantiza de que se harán ricos en los lugares recién descubiertos. Pero la creación del asentamiento costero de Jamestown se hace penosa, y hay miedo de tratar con los nativos. Así que encomiendan la tarea al capitán John Smith, como mejor alternativa a la de su muerte en la horca por insubordinación. Cuando se adentra en el interior con sus hombres, son atacados y sólo él sobrevive. Contra pronóstico es aceptado en un poblado, donde aprende a apreciar las costumbres indias, al tiempo que surge el amor por la joven hija del jefe powhatan, la hermosa e inteligente Pocahontas. La promesa incumplida del regreso de la expedición a Inglaterra, y la ayuda prestada a Smith por Pocahontas, traerán consecuencias imprevisibles. Me atrevería a decir que este film tiene en su contra esa cursilada animada de la Disney titulada Pocahontas, el triste precedente de Colin Farrell en una película histórica (!), la olvidable Alejandro Magno, y lo que con mirada superficial –e injusta– podría describirse como un aire a El lago azul. Por favor, prejuicios fuera. Terrence Malick saca a pasear su alma de poeta, y recrea la historia de modo pausado, con extraordinaria delicadeza, y sin caer en extremismos no deseables. Ya sólo la belleza del plano en que los indios admiran las naves recién llegadas, que tendrá su correspondencia ulterior en Inglaterra, cuando Pocahontas descubre una catedral, hablan de que la hermosura de las tierras vírgenes tiene su contrapunto en los logros de la civilización. Ciertamente, la vida de los indios tiene algo de edénico, como de tranquila vida lograda, pero quizá su modo de desenvolverse no sea muy distinto al de los habitantes de la campiña inglesa. En cuanto al contraste de nativos y exploradores, son lógicas las diferencias entre quien buscaba algo mejor y encuentra mil y una penalidades, y quien se conforma con lo que tiene. Eso sí, la crueldad en la batalla es equiparable. Acierta Malick al trenzar la historia de amor y la transición gradual de Pocahontas a los modos occidentales. Un Farrell contenido, una sorprendente y bella Q'Orianka Kilcher que tenía quince años cuando hizo el film, y un reposado Christian Bale, constituyen los tres lados de un triángulo atípico, donde se entienden bien el entusiasmo adolescente transformado por el sufrimiento en amor por esposo e hijo, el abandono por satisfacer los anhelos exploratorios, o el amor redescubierto del bondadoso viudo.

8/10
La delgada línea roja

1998 | The Thin Red Line

Segunda Guerra Mundial. Invasión de Guadalcanal por tropas estadounidenses. El soldado Witt (Jim Caviezel), que se había refugiado en una isla paradisíaca, es obligado a reincorporarse a filas. Allí, en medio del horror de la batalla, convive con compañeros muy dispares: el escéptico sargento Welsh (Sean Penn); el dubitativo capitán Staros (Elias Koteas); el enamorado soldado Bell (Ben Chaplin); el belicoso y resuelto teniente coronel Tall (Nick Nolte); y otros muchos. Todos quedan marcados por la experiencia bélica. Sus pensamientos persisten a lo largo de las casi 3 horas de metraje, con sus distintas voz en off. El film, Oso de Oro en Berlín y candidato a 7 Oscar, muestra el dolor y las terribles heridas propias del combate… Pero va más allá. En un escenario de gran belleza, se asiste al miedo y a cómo se mina la moral de los combatientes. Conviven escenas de cuerpos mutilados con estampas bellísimas de la naturaleza. La misma lucha cobra cierto atractivo estético. El misterioso cineasta Terrence Malick (autor dos filmes visualmente subyugantes, Malas tierras y Días del cielo) vuelve de un retiro de casi 20 años con una arriesgada meditación sobre la guerra. Su adaptación de la novela de James Jones es profundamente personal y reflexiva, pausada; se aleja de la versión que en 1964 hiciera Andrew Marton, o de De aquí a la eternidad (1953) de Fred Zinnemann, basada en una novela de Jones. El director apuesta por el lirismo y el pensamiento sobre la condición humana, aunque hace convivir esa opción con abundantes escenas de acción bélica. Los personajes tienen hondura, vida interior… Sobre el telón de fondo de un profundo pesimismo sobre la condición humana, cuelgan diversas situaciones individuales que al final parecen casi coincidentes, en el sentido de que no hay asideros donde uno pueda agarrarse: ya sean Dios, la mujer amada o el teórico paraíso de los indígenas, al final resultan falibles. El espectador acaba preguntándose con Sean Penn dónde está “la chispa” capaz de dar un poco de luz a tanta oscuridad. Entre las muchas secuencias impactantes que incluye la película, destaca la de la difícil toma de una colina, narrada con auténtico rigor militar. Los distintos comportamientos (pánico, horror, heroísmo, aunque no se le llame con ese nombre...) resultan muy reveladores de la condición humana y resultan creíbles. A destacar la fotografía de John Toll y la música de Hans Zimmer. 

7/10
Días del cielo

1978 | Days of Heaven

Se trata de una película sutil y muy bien ambientada, sobre un tormentoso triángulo amoroso con el trasfondo de la cosecha de cereales en el medio Oeste, en torno al año 1900. Richard Gere interpreta a un atractivo fugitivo que proviene de los bajos fondos de Chicago, y debe enfrentarse con un tímido pero poderoso tejano, interpretado por Sam Shepard. La belleza visual de esta película es digna de mención. No en vano, Néstor Almendros logró un Oscar por la fotografía. Malick es un director controvertido, que pasó casi 20 años sin rodar una nueva película, hasta La delgada línea roja, en 1998. Realizó un brillante debut en 1973 con Malas tierras, protagonizada por Martin Sheen y Sissy Spacek, una película que está considerada uno de los mejores ejemplos del género "road movie". Días del cielo debe mucho a su antecesora, porque narra una historia muy similar, pero con una perspectiva muy peculiar.

8/10
The Gravy Train

1974 | The Gravy Train

Los hermanos Dion roban un furgón blindado y se convierten en forajidos fuera de la ley. Lo más curioso del film, es descubrir a Terrence Malick como coguionista con seudónimo, David Whiney, tras haber dirigido Malas tierras. Al parecer, también estuvo a punto de rodar la película, muy desconocida, y que como mínimo es una buena serie B, con buenos trabajos de los "hermanos" Stacy Keach y Frederic Forrest.

6/10
Malas tierras

1973 | Badlands

Una joven pareja, Kit y Holly, realiza una serie de atroces asesinatos por el sur de Dakota y Montana. En la que fuera su primera película, Malick envuelve en tono profundamente poético un duro relato, basado en hechos reales acontecidos en 1958. El film cuenta con una brillantísima realización y muy buenas actuaciones de Martin Sheen y Sissy Spacek, cuyos personajes rezuman autenticidad, pese a que los caracteres son muy excéntricos y amorales, como si matar para ellos fuera sólo un juego infantil. Hay planos de una belleza sobrecogedora, que invitan a una contemplación serena (tan del gusto del director), como los que recogen las llamas en el incendio de la casa de Holly, el coche surcando las tierras yermas, los amaneceres, el baile nocturno... Con todo merecimiento, Malas tierras es considerado ya un clásico del cine.

8/10
Los indeseables

1972 | Pocket Money

Jim es contratado por un empresario para transportar un cargamento de caballos hasta el condado de Chihuahua. Cuando cruza la frontera de México es detenido, lo que perjudica a su negocio porque Jim cobra por entrega. Por el camino, le acompaña su amigo Leonard. Atípico western con Paul Newman y Lee Marvin (Doce del patíbulo) de protagonistas. La sola presencia de ambos actores ya consigue el entretenimiento en este film dirigido por Stuart Rosenberg (La leyenda del indomable).

5/10
Vida oculta

2019 | A Hidden Life / Radegund

Una película sorprendente. Basada en hechos reales, pero nada convencional. Edificante, sin ser cargante. Bellísima, sin apabullar. Para paladares exigentes, habrá quien no pueda con ella. Terrence Malick, director y guionista, se acerca mucho a ofrecer la mirada amorosa de Dios a la hora de describir el singular destino de Franz Jägerstätter, campesino austriaco católico en Los Alpes, casado con Fani, con quien tiene tres niñas. Tras la anexión de su país por Alemania y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, su conciencia le impide prestar el juramento de lealtad a Adolf Hitler que viene aparejado con su servicio en el ejército. Su actitud no es comprendida por sus vecinos, muchos de los cuales se encuentran en primera línea de combate. Y se produce una reacción hostil. Incluso a los seres queridos les cuesta aceptar su modo de proceder. En otras manos, Vida oculta podía ser una película interesante, porque el personaje que se retrata lo es, pero poco más. Aquí se eleva a alturas insospechadas por la sensibilidad artística de Malick, que cuenta la historia de un modo inefable. De algún modo, mantiene una cierta distancia, el espectador puede tener la sensación de contemplarlo todo desde una nube, sin verse sacudido por la crispación o las emociones más primarias. Se nos invita con esta perspectiva a ver a Franz como un hombre sencillo, muy enamorado de su mujer, Fani –un sentimiento mutuo–, padre amantísimo de sus niñas, buen trabajador, alegre y cordial con sus amigos. Que tal vez tuviera una juventud azarosa, pero que ya ha sentado la cabeza, también por sus sólidas creencias religiosas. Y que se mantiene fiel a los dictados de su conciencia, le importa hacer lo correcto, el juicio de Dios, aunque los que le presionan insistan en que el suyo es un gesto inútil, del que nadie se va a enterar, y que debería pensar en lo inmediato y acuciante, el riesgo de dejar viuda y huérfanas, si las autoridades dictaminaran su ejecución. Incluso, en la versión original, tiene su sentido distinguir el inglés en que está rodado casi todo el film, con voz en off de Franz y Fani que deviene en plegaria y manifestación de la vida interior de cada uno, del alemán que asoma de vez en cuando, y que ayuda a ofrecer como distintos planos de intimidad y conversación pausada en confidencia, junto a otros más elementales en que se espetan insultos o voces despreciativas. Resulta llamativa la condición sinfónica del conjunto, servido con la fotografía poderosa de Jörg Widmer. El inteligente uso de algunas imágenes documentales de las multitudes idólatras del Führer. El contraste con otras idílicas de los Alpes, la verde hierba, la presencia de la niebla. El encanto del duro trabajo en el campo, arando la tierra, plantando, recogiendo, con las pausas para rezar tal vez el ángelus. El recurso a los objetivos cortos que amplían la mirada del espectador. Y el dibujo de la vida hogareña, cómo la felicidad la componen cosas muy sencillas, somos los hombre los que nos complicamos ambicionando no se sabe qué. Todo casa y se hila armónicamente, también con la fantástica partitura musical de James Newton Howard. Cuando surge el dilema moral de Franz, también se pinta su categoría moral con pulso firme, se entiende esa cita de la Escritura, que hace suya, “es mejor padecer la injusticia que cometerla”. Y resulta natural su petición de consejo, su posición no es la soberbia de quien se encastilla en su punto de vista. Y tiene muchos matices la descripción de cómo reaccionan unos y otros, desde el alcalde de Radegund, a la madre de Franz, la hermana de Fani, el sacerdote local, los vecinos... El secreto radica, ya lo he dicho, en la mirada, una mirada en la que nunca hay odio, sino más bien compasión, misericordia, lástima. De modo que cuando en quien mostraba una actitud mezquina, asoma un gesto de bondad, aquello llega muy hondo. La película está llena de matices, y no resulta posible aquí agotarlos todos. Pero resulta preciosa, y es obligado mencionarla, la descripción del tierno y completo amor de Franz y Fani, que no impide a esta reconocer “yo le amo, pero Él [Dios] le ama más”. Es una relación real, que podemos tocar, y en la que hay verdaderamente dolor y gloria. Ninguno de los cónyuges, maravillosamente interpretados por August Diehl y Valerie Pachner, es impasible o actúa como si el sacrificio que les toca vivir no les rompiera el corazón. Tienen fuerza también todos los pasajes en prisión, en que la violencia de los malos tratos es tratada con inteligencia, elípticamente con el recurso al fuera de campo. Y el proceso a que es sometido Franz tiene un claro paralelismo con el de Jesús antes de ser crucificado, incluso el oficial alemán de Bruno Ganz tiene algo de Poncio Pilato en el reconocimiento de una verdad que no sabe manejar envuelto en el cinismo de esa guerra injusta.

10/10
Song to Song

2017 | Song to Song

Voyage of Time: Life's Journey

2016 | Voyage of Time: Life's Journey

Knight of Cups

2015 | Knight of Cups

To the Wonder

2012 | To the Wonder

Neil y Marina. Él americano, ella francesa, madre de una niña. Se quieren, se aman, conviven en un goce extático en Francia que parece no tener fin. Ella querría casarse -aunque un matrimonio previo le impide hacerlo por la Iglesia-, él no desea atarse mediante un compromiso. Los tres se mudan a Oklahoma, Estados Unidos, donde Neil trabaja en cuestiones medioambientales. Marina sigue tan enamorada como siempre, pero aspira a más, intuye al amor que ama, y acude a rezar a una iglesia católica, donde el padre Quintana se esfuerza en remover los corazones de sus feligreses y prestarles mil servicios de caridad, aunque su propio corazón se encuentre a veces gélido como el hielo. La incapacidad de Neil para tomar decisiones podría propiciar la separación de Marina, y el reencuentro con Jane, un antiguo amor. Terrence Malick, un cineasta siempre enigmático, a modo de J.D. Salinger peliculero que acometía sus filmes muy de vez en cuando -veinte años transcurrieron entre Días del cielo y La delgada línea roja- se diría de pronto acometido por un sentido de urgencia que le está llevando a encadenar trabajos que abordan los temas clave del ser humano, la sed de amor, felicidad y trascendencia. Ocurrió con El árbol de la vida, y pasa con To the Wonder, una obra claramente en la misma dirección. Sorprende la habilidad del director para ofrecer con enorme sensibilidad y, milagro, lejos de toda cursilería, el vértigo del “eros”, el amor de un hombre y una mujer que lleva a desear estar todo el tiempo con la amada, con el amado. Esos ratos compartidos, de contraste entre el “baile” sin fin de la luminosa Olga Kurylenko, y la alegría más contenida pero innegable del retraído Ben Affleck, tienen un curioso sencillo de autenticidad, se palpa el lirismo de un poeta de la imagen y el sonido. La línea entre lo que entrega un spot de perfume videoclipero es delgadísima -¿diremos 'roja'?- y Malick se las arregla para no traspasarla, de modo que bien podemos decir que 'No hay Malick malo', ni siquiera en este caso, donde los prolongados trazos impresiones del disfrute amoroso pueden llegar a ser reiterativos, y por tanto, cansar. La narración de To the Wonder, servida con elaborado montaje, viene acompañada de la certera voz en off de los personajes en distintos idiomas, subrayando la universalidad de lo propuesto, reflexiones interiores en el caso de Neil y Marina, oración angustiosa ante el silencio de Dios en el caso del padre Quintana, un acertado Javier Bardem, que evita cualquier exageración en el personaje. De modo que resulta atinada y sugerente la idea de que tras la fuerte atracción y el eros, se hace necesario la reflexión, la orientación de los otros, el respaldo de la fe y los sacramentos y la apertura a la trascendencia, la toma de decisiones y el compromiso y la caridad para con los otros. Malick ofrece cine espiritual y muy humano, y quizá la película más religiosa de su filmografía; y como es habitual en su obra, exige al espectador una actitud activa, no es el suyo decididamente simple cine 'de palomitas'.

7/10
El árbol de la vida

2011 | The Tree of Life

La historia de Jack O’Brien, el mayor de tres hermanos, que vive con sus padres. Pero enmarcada audazmente en el cosmos bajo la mirada divina, de modo que se convierte en sinfonía de belleza extraordinaria. Su existencia discurre en el seno materno, en su infancia a las puertas de la adolescencia en el Texas de los años 50, y en la actualidad. La existencia cotidiana, con muchos momentos felices por crecer en plena naturaleza, jugando con sus hermanos y amigos, y abrazado por el cariño materno, se ensombrece en parte por ese sufrimiento que forma parte de la vida, y al que no es ajeno un padre severo de modos autoritarios, al que no puede evitar juzgar y condenar. Resulta difícil expresar con palabras lo que significa este poema visual y sonoro que funciona a modo de plegaria, se trata de una auténtica profesión de fe, algo nada corriente en los tiempos que corren. La película se inicia con una cita bíblica del libro de Job, que alude a cómo Dios concede y quita los bienes providencialmente, en muchas ocasiones sin que el hombre pueda entender por qué ocurre así. Y realmente el grandísimo y esquivo cineasta Terrence Malick (Malas tierras, Días del cielo, La delgada línea roja, El nuevo mundo) no hace otra cosa que seguir a los miembros de una familia católica –sobre todo a los padres y al hijo mayor–, que siempre se han apoyado en Dios, pero cuya fe se ve puesta a prueba –como la cualquier otro hijo de vecino– por los acontecimientos de la vida diaria. Y lo hace centrado el tiro en momentos ordinarios, agradables y desagradables, y manejando con voz en off los conceptos básicos que ayudan a configurar una vida lograda, donde son básicos el amor y el perdón. No faltan los momentos de duda, la prueba del sufrimiento, la rebelión contra Dios, la tentación del pragmatismo, la constación de que, citando a san Pablo, uno hace lo que no quiere. Ésta es verdaderamente una obra en la que no debe haber un verso suelto, todas las piezas son importantes. Los actores adultos –Brad Pitt, Jessica Chastain, Sean Penn– y los niños –Hunter McCraken sobre todo, pero también Laramie Eppler– están estupendos, aun siendo conscientes todos de que ninguno puede autodenominarse protagonista principal. Ellos están al servicio de una trama que les sobrepasa, y que pretende hablar nada más –ni nada menos– que del sentido de la existencia, de dónde venimos y adónde vamos. Por eso no es caprichoso, para nada –aunque sí valiente– que Malick nos entregue imágenes de gran belleza –compuestas por magos de los efectos visuales como Douglas Trumbell y Dan Glass, con el director de fotografía Emmanuel Lubezki– para mostrarnos un mundo primigenio en el que nada –y cuando decimos nada, queremos decir nada– ocurre por casualidad. O la estudiada banda sonora de la película, donde aparte de la música original de Alexander Desplat hay una selección exquisita de temas maravillosos de Mahler, Berlioz, Brahms, Schumann, Bach, Mozart, Jovanovic, Preisner... El film ganó la Palma de Oro en Cannes con todo merecimiento.

9/10
El nuevo mundo

2005 | The New World

Aproximación nada tópica a la exploración del nuevo mundo por los ingleses. El film arranca en 1607, cuando tres barcos avistan tierra tras una larga navegación atlántica. Les empuja el deseo de prosperar, la promesa que nadie garantiza de que se harán ricos en los lugares recién descubiertos. Pero la creación del asentamiento costero de Jamestown se hace penosa, y hay miedo de tratar con los nativos. Así que encomiendan la tarea al capitán John Smith, como mejor alternativa a la de su muerte en la horca por insubordinación. Cuando se adentra en el interior con sus hombres, son atacados y sólo él sobrevive. Contra pronóstico es aceptado en un poblado, donde aprende a apreciar las costumbres indias, al tiempo que surge el amor por la joven hija del jefe powhatan, la hermosa e inteligente Pocahontas. La promesa incumplida del regreso de la expedición a Inglaterra, y la ayuda prestada a Smith por Pocahontas, traerán consecuencias imprevisibles. Me atrevería a decir que este film tiene en su contra esa cursilada animada de la Disney titulada Pocahontas, el triste precedente de Colin Farrell en una película histórica (!), la olvidable Alejandro Magno, y lo que con mirada superficial –e injusta– podría describirse como un aire a El lago azul. Por favor, prejuicios fuera. Terrence Malick saca a pasear su alma de poeta, y recrea la historia de modo pausado, con extraordinaria delicadeza, y sin caer en extremismos no deseables. Ya sólo la belleza del plano en que los indios admiran las naves recién llegadas, que tendrá su correspondencia ulterior en Inglaterra, cuando Pocahontas descubre una catedral, hablan de que la hermosura de las tierras vírgenes tiene su contrapunto en los logros de la civilización. Ciertamente, la vida de los indios tiene algo de edénico, como de tranquila vida lograda, pero quizá su modo de desenvolverse no sea muy distinto al de los habitantes de la campiña inglesa. En cuanto al contraste de nativos y exploradores, son lógicas las diferencias entre quien buscaba algo mejor y encuentra mil y una penalidades, y quien se conforma con lo que tiene. Eso sí, la crueldad en la batalla es equiparable. Acierta Malick al trenzar la historia de amor y la transición gradual de Pocahontas a los modos occidentales. Un Farrell contenido, una sorprendente y bella Q'Orianka Kilcher que tenía quince años cuando hizo el film, y un reposado Christian Bale, constituyen los tres lados de un triángulo atípico, donde se entienden bien el entusiasmo adolescente transformado por el sufrimiento en amor por esposo e hijo, el abandono por satisfacer los anhelos exploratorios, o el amor redescubierto del bondadoso viudo.

8/10
La delgada línea roja

1998 | The Thin Red Line

Segunda Guerra Mundial. Invasión de Guadalcanal por tropas estadounidenses. El soldado Witt (Jim Caviezel), que se había refugiado en una isla paradisíaca, es obligado a reincorporarse a filas. Allí, en medio del horror de la batalla, convive con compañeros muy dispares: el escéptico sargento Welsh (Sean Penn); el dubitativo capitán Staros (Elias Koteas); el enamorado soldado Bell (Ben Chaplin); el belicoso y resuelto teniente coronel Tall (Nick Nolte); y otros muchos. Todos quedan marcados por la experiencia bélica. Sus pensamientos persisten a lo largo de las casi 3 horas de metraje, con sus distintas voz en off. El film, Oso de Oro en Berlín y candidato a 7 Oscar, muestra el dolor y las terribles heridas propias del combate… Pero va más allá. En un escenario de gran belleza, se asiste al miedo y a cómo se mina la moral de los combatientes. Conviven escenas de cuerpos mutilados con estampas bellísimas de la naturaleza. La misma lucha cobra cierto atractivo estético. El misterioso cineasta Terrence Malick (autor dos filmes visualmente subyugantes, Malas tierras y Días del cielo) vuelve de un retiro de casi 20 años con una arriesgada meditación sobre la guerra. Su adaptación de la novela de James Jones es profundamente personal y reflexiva, pausada; se aleja de la versión que en 1964 hiciera Andrew Marton, o de De aquí a la eternidad (1953) de Fred Zinnemann, basada en una novela de Jones. El director apuesta por el lirismo y el pensamiento sobre la condición humana, aunque hace convivir esa opción con abundantes escenas de acción bélica. Los personajes tienen hondura, vida interior… Sobre el telón de fondo de un profundo pesimismo sobre la condición humana, cuelgan diversas situaciones individuales que al final parecen casi coincidentes, en el sentido de que no hay asideros donde uno pueda agarrarse: ya sean Dios, la mujer amada o el teórico paraíso de los indígenas, al final resultan falibles. El espectador acaba preguntándose con Sean Penn dónde está “la chispa” capaz de dar un poco de luz a tanta oscuridad. Entre las muchas secuencias impactantes que incluye la película, destaca la de la difícil toma de una colina, narrada con auténtico rigor militar. Los distintos comportamientos (pánico, horror, heroísmo, aunque no se le llame con ese nombre...) resultan muy reveladores de la condición humana y resultan creíbles. A destacar la fotografía de John Toll y la música de Hans Zimmer. 

7/10
Días del cielo

1978 | Days of Heaven

Se trata de una película sutil y muy bien ambientada, sobre un tormentoso triángulo amoroso con el trasfondo de la cosecha de cereales en el medio Oeste, en torno al año 1900. Richard Gere interpreta a un atractivo fugitivo que proviene de los bajos fondos de Chicago, y debe enfrentarse con un tímido pero poderoso tejano, interpretado por Sam Shepard. La belleza visual de esta película es digna de mención. No en vano, Néstor Almendros logró un Oscar por la fotografía. Malick es un director controvertido, que pasó casi 20 años sin rodar una nueva película, hasta La delgada línea roja, en 1998. Realizó un brillante debut en 1973 con Malas tierras, protagonizada por Martin Sheen y Sissy Spacek, una película que está considerada uno de los mejores ejemplos del género "road movie". Días del cielo debe mucho a su antecesora, porque narra una historia muy similar, pero con una perspectiva muy peculiar.

8/10
Malas tierras

1973 | Badlands

Una joven pareja, Kit y Holly, realiza una serie de atroces asesinatos por el sur de Dakota y Montana. En la que fuera su primera película, Malick envuelve en tono profundamente poético un duro relato, basado en hechos reales acontecidos en 1958. El film cuenta con una brillantísima realización y muy buenas actuaciones de Martin Sheen y Sissy Spacek, cuyos personajes rezuman autenticidad, pese a que los caracteres son muy excéntricos y amorales, como si matar para ellos fuera sólo un juego infantil. Hay planos de una belleza sobrecogedora, que invitan a una contemplación serena (tan del gusto del director), como los que recogen las llamas en el incendio de la casa de Holly, el coche surcando las tierras yermas, los amaneceres, el baile nocturno... Con todo merecimiento, Malas tierras es considerado ya un clásico del cine.

8/10

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