Blog de Hildy
Los puntitos negros de “El tercer hombre”
Si una película está asociada a Viena, esa película es El tercer hombre . No sólo su trama es apasionante y mágica, de cualidades casi tan hipnóticas
Si una película está asociada a Viena, esa película es El tercer hombre. No sólo su trama es apasionante y mágica, de cualidades casi tan hipnóticas como las de Casablanca, sino que el film es un documento histórico verdaderamente excepcional, pues muestra la ciudad con los destrozos de los bombardeos y dividida por las fuerzas de ocupación al término de la Segunda Guerra Mundial.
Hoy he estado en el Prater, donde se encuentra la gigantesca noria donde Holly Martins queda con su amigo “muerto” Harry Lime. La decepción en el primero es grande, pues se ha enterado de que Harry traficaba con penicilina adulterada, dando muestras de un absoluto desprecio por la vida humana. Y el encuentro no hace más que confirmar la impresión de Martins.
Desde la noria, Harry Lime hablaba de las personas como “puntitos negros” sin importancia, que importa uno más o uno menos, mientras sus bolsillos engordan con miles de dólares. “Nadie piensa en términos de seres humanos”, se justifica Harry, “los estados no lo hacen”.
Qué fácil es pasar de pensar en términos de personas humanas, únicas e irrepetibles, revestidas de incomparable dignidad, a considerar que son puntitos sin importancia, prescindibles, cuando el único criterio de conducta es el propio interés. Esto ocurre con frecuencia si se pierde el sentido de lo trascendente. “Antes creías en Dios”, dice Martins a Lime, a lo que este repone cínico, “Y sigo creyendo en Dios, amigo mío, sigo creyendo en Dios y la misericordia, pero creo que los muertos están mejor que los nuestros”.
Me venía a la cabeza junto a la noria la película Agora, de Alejandro Amenábar, donde el director recurre a planos cenitales en que los seres humanos parecen insectos, una forma de subrayar la insignificancia de su existencia y sus disputas. Es más, en la película hay planos en que la Tierra aparece como un cuerpo celeste, la panorámica desde las alturas de un universo sin Dios, sólo existiría para Hipatia de Alejandría la posibilidad de descubrir la mecánica del movimiento de los planetas, una sabiduría dictada por la sensatez, pero con dificultad de asentarse sobre una base sólida. Estos planos desde las alturas de Ágora me recordaban al plano celestial, la mirada del Padre y su lágrima, en el momento en que muere Jesús en La Pasión de Cristo, y así se lo hice notar a Amenábar en la entrevista que tuve ocasión de hacerle varios meses atrás. Pero aunque Amenábar alabó algunas cualidades del film de Mel Gibson, su rodaje en las lenguas originales de la época, nada me dijo sobre la influencia, en sentido contrario, de este planteamiento cinematográfico.
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