Entrevistas
"Volver a los orígenes no es un fracaso ni una regresión, sino una oportunidad de reconciliación"
Entrevista con Amélie Bonnin, directora y guionista de “Elegir mi vida
Me encuentro con ella en la amplia biblioteca del Instituto Francés de Madrid, un lugar donde el silencio es tan espeso que casi se puede cortar con un marcapáginas. Todo invita a la conversación pausada… o a dormirse entre Balzac y la sección de filosofía.
Entre estanterías repletas de volúmenes y ese aire ligeramente solemne de los lugares donde habita la cultura, sorprende su juventud: cuesta conciliarla con la madurez y la seguridad que desprende su película. Amélie Bonnin habla con serenidad, sin afectación, como si todavía le sorprendiera —aunque no lo diga— la velocidad a la que le ha cambiado la vida. Con su primer largometraje, Elegir mi vida, ha conseguido algo al alcance de muy pocos debutantes: inaugurar el Festival de Cannes y, además, conquistar al público en salas. Sigue los pasos de Cécile, chef de éxito que, tras ganar un concurso televisivo, se ve obligada a regresar al pequeño pueblo donde nació cuando su padre sufre un infarto. Ese retorno a los orígenes, cargado de cuentas pendientes y afectos soterrados, vertebra una película que combina ambición narrativa y una mirada íntima, casi delicada, sobre la identidad y la memoria.
El largometraje amplía su corto homónimo, una fórmula que rara vez funciona. ¿Era consciente de que sólo en contadas excepciones, como Whiplash, han logrado hacerlo con éxito?
Desconocía que tenía tantas posibilidades de fracasar. En cualquier caso, sentía que repetir el corto en formato largo habría sido una especie de trampa, tanto creativa como emocional. Me interesaba mucho más la idea de reinterpretar ese material, de desplazarlo, de mirarlo desde otro lugar. Cambiar el género del personaje principal, alterar la estructura narrativa, incluso jugar con el orden de las canciones… todo eso me permitió sentir que estaba creando algo nuevo, no simplemente ampliando algo ya existente. Era como tomar una melodía conocida y escribir otra canción distinta a partir de ella. Esa libertad fue esencial para no sentir que estaba persiguiendo algo imposible de reproducir.
En el corto el protagonista era un hombre y aquí es una mujer. ¿Qué le llevó a ese cambio?
Durante una entrevista sobre el corto, alguien me preguntó por qué había elegido un protagonista masculino. Me quedé en blanco: ¡nunca me lo había planteado! Y sin embargo quería hablar de temas como el embarazo que pedían claramente una protagonista femenina. Desde ese momento fue evidente que el personaje central del largo sería una mujer. Además, así podía ofrecerle a Juliette Armanet un papel importante.
¿Por qué eligió precisamente a Juliette Armanet, una cantante popular en Francia, pero no actriz, para el papel principal?
Hay algo muy instintivo en esa elección. Yo vengo del dibujo, y a veces siento una especie de impulso casi físico hacia ciertos rostros, ciertas presencias. Con Juliette me ocurrió eso: tenía ganas de filmarla, de capturar su energía. Es alguien con un magnetismo muy particular, muy inmediato. No es sólo su talento, sino la forma en que ocupa el espacio, la manera en que transmite emociones sin esfuerzo aparente. Es una presencia que la cámara recoge con mucha generosidad.
La música es el corazón del film. ¿Cómo integra en la trama canciones tan conocidas sin que la transición resulte artificial o impostada?
Desde el principio, las canciones formaron parte del proceso de escritura, no fueron un añadido posterior. Aparecían casi de manera orgánica, como si surgieran directamente de las emociones de los personajes. Para mí, funcionan como una extensión de su pensamiento interior, como aquello que no logran decir con palabras. Por eso era importante no desnaturalizarlas demasiado: mantener sus melodías reconocibles, su esencia. Quería que el espectador pudiera identificarlas al instante, que sintiera una familiaridad inmediata. Eso permite que la emoción llegue más rápido, sin necesidad de explicaciones.
¿Por qué apostar por temas tan populares en Francia, en lugar de composiciones originales?
Precisamente por esa memoria compartida que contienen. Son canciones que ya viven en nosotros, que están asociadas a momentos muy concretos de nuestras vidas. Me interesaba trabajar con ese imaginario colectivo, con esa especie de archivo emocional común. Cuando suenan, no sólo cuentan algo del personaje, también activan recuerdos personales en quien mira la película. Eso crea una conexión muy poderosa, casi íntima, entre la pantalla y el espectador. Es un lenguaje emocional que no necesita traducción.
Las canciones están interpretadas en directo. ¿Por qué tomar ese riesgo?
Porque buscaba una forma de verdad que no se puede conseguir de otra manera. El directo implica aceptar la imperfección, pero también permite capturar algo único, irrepetible. Hay una fragilidad en ese momento que me parece muy valiosa: la respiración, los pequeños desajustes, la emoción que aparece sin filtro. Todo eso contribuye a que la escena sea más viva, más auténtica. No me interesaba la perfección técnica, sino la emoción inmediata, la sensación de que algo está ocurriendo aquí y ahora.
En la película también hay una presencia fuerte de la comida. ¿Qué relación ve entre la comida y la música?
Para mí, la música y la comida funcionan de una manera muy similar. Ambas tienen la capacidad de transportarnos de inmediato a otro momento, a otra versión de nosotros mismos. Un sabor o una canción pueden hacer reaparecer un recuerdo con una precisión increíble, casi física. Además, ambas implican transmisión: cocinar para alguien o compartir una canción son gestos profundamente afectivos. En la película, estos elementos sirven para conectar a los personajes con su pasado, pero también para tender puentes entre ellos y el público.
La película habla también de reinventarse a cierta edad, especialmente en el caso de las mujeres. ¿Por qué le interesaba esa etapa?
Me parece una etapa profundamente interesante, incluso contradictoria. Por un lado, hay una mayor seguridad, una relación más libre con una misma. Pero al mismo tiempo, existen presiones sociales muy fuertes, especialmente hacia las mujeres, que sugieren que ciertas oportunidades se están cerrando. Esa tensión me interesa mucho. La película intenta abordarla con ligereza, sin dramatismo excesivo, pero cuestionando esas ideas. Me gusta pensar que es un momento de apertura, no de cierre.
¿Diría que ese tema conecta con su propia experiencia personal?
Sí, aunque no fue algo que abordara de forma consciente durante la escritura. Es más bien una convicción profunda que se filtra en lo que hago. Creo sinceramente que no estamos nunca completamente definidos, que siempre estamos en proceso. Podemos cambiar, evolucionar, replantearnos nuestras decisiones. Esa idea me parece muy hermosa, aunque también implique incertidumbre. Es lo que hace que la vida siga siendo dinámica, que no se convierta en algo fijo.
¿Quería defender un origen a los entornos rurales y a una vida más sencilla cuando la gente suele concentrarse en las grandes ciudades?
El regreso al pueblo o a los orígenes rurales no es sólo un pretexto narrativo; es una forma de confrontarse con lo que hemos cambiado y lo que, en el fondo, permanece intacto dentro de uno. En el cortometraje y luego en el largo, partimos de esa idea simple pero potente: cuando vuelves al lugar donde creciste, todo te remueve. Las canciones que escuchabas de adolescente resurgen de golpe, los olores del restaurante de tus padres, las voces de la gente… Es como si el tiempo se comprimiera. El personaje de Cécile cree haber 'partido un día sin retorno', haber construido una vida exitosa en París, pero el infarto del padre la obliga a volver y, de repente, se da cuenta de que nunca se fue del todo. Esos orígenes rurales —las grandes mesas ruidosas, la vida sencilla— son las raíces que la sostienen, aunque ella las haya idealizado o rechazado en su momento.
Lo que me interesaba era mostrar que este regreso no es un fracaso ni una regresión, sino una oportunidad de reconciliación. Con el pasado, con los padres, con el amor de juventud, pero sobre todo consigo misma. En la campiña, lejos del ruido de la capital, los recuerdos y las emociones afloran de manera más cruda, y las canciones populares se convierten en el lenguaje perfecto para expresar lo que las palabras solas no alcanzan. Es un puente entre lo que fuimos y lo que somos ahora, y creo que muchos espectadores se reconocen en esa sensación: uno puede haber 'partido' geográfica y socialmente, pero las raíces rurales, con su calidez popular y su autenticidad, siguen llamando a todo el mundo.
La película mezcla comedia y drama. ¿Cómo encontró ese equilibrio?
No fue una cuestión de cálculo, sino algo bastante natural. Es, en realidad, la forma en que percibo el mundo. La vida está llena de contrastes: momentos muy intensos conviven con situaciones absurdas o incluso cómicas. Me interesa ese vaivén, esa coexistencia de emociones. Además, el proceso de hacer una película es largo, y resulta difícil sostener un tono único durante tanto tiempo. Necesitábamos esa mezcla para que el relato respirara.
Su película inauguró el Festival de Cannes. ¿Cómo recibió usted la noticia?
Fue un momento bastante surrealista, casi cómico si lo pienso ahora. Era la noche antes, muy tarde. De repente, recibo una llamada conjunta de los productores a una hora completamente inusual. Mi primera reacción fue pensar que se trataba de un error o incluso de una broma, porque la idea de abrir Cannes con una primera película me parecía desproporcionada, casi irreal. Cuando comprendí que era cierto, me invadió una mezcla muy intensa de alegría, incredulidad y una especie de vértigo. Es una noticia que no se asimila de inmediato, necesita tiempo para volverse real. Pocas directoras habían inaugurado el festival, pero tengo el honor de ser la primera persona que consigue esta hazaña con su ópera prima.
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