Entrevistas
Jean Becker empezó su carrera como asistente de su padre
Jean Becker empezó su carrera como asistente de su padre, el legendario Jacques Becker, director de París, bajos fondos. Luego colaboró con los mejores cineastas franceses, muchos amigos de su padre, como Julien Duvivier o Henri Verneuil. Debutó como director en 1961, con Un tal La Rocca, protagonizada por Jean-Paul Belmondo, drama que adaptaba una novela de José Giovanni, autor también de La evasión, que dio lugar a uno de los mejores trabajos de su padre. Con el paso del tiempo, el cine de Jean se parece menos a lo que rodaba su progenitor y se ha hecho más personal, derivando en comedias dramáticas sobre la vida sencilla, como La fortuna de vivir.
¿Qué le atrajo de esta novela para llevarla al cine?
Cuando leí la novela me sorprendió la forma de hablar y de expresarse del jardinero. Es un detalle que pasará desapercibido para los hispanohablantes que desconozcan el francés. El jardinero es un hombre singular, excepcional, que tiene una visión de la vida espontánea e ingenua, pero al mismo tiempo bastante profunda. Es un personaje real, que probablemente dejó mucha huella en el autor, Henri Cueco, y eso le impulsó a escribir un libro, y a mí a hacer esta película.
¿Quizás era una buena ocasión de realizar una película sobre la amistad, uno de sus temas preferidos?
Se tienen pocos amigos de verdad. Éstos se pueden contar con los dedos de una mano. Creo que los amigos que más perduran a lo largo del tiempo son normalmente los que surgen durante la infancia. Me apetecía rodar una película sobre esto. Una buena amistad es aquella que enriquece a ambos amigos por igual. En esta película, se ve que el pintor cambia radicalmente por su relación con el jardinero, mientras que éste gana por primera vez un verdadero amigo. Ambos crecen.
Es una relación complementaria. Yo los veo como dos payasos. El jardinero es el payaso colorista, el que le saca punta a todo y hace reír. El pintor sería el payaso blanco y serio, que sirve como contrapunto: sin él no habría risas.
En el film acusa a los artistas de vivir sin observar la realidad. ¿Cree que los artistas miran poco a su alrededor?
Como director, siempre he tomado como referencia a mi padre, y creo que su gran secreto es que observaba mucho a su alrededor. Por eso, sus personajes parecen sacados de la vida real. Mi padre y otros directores como Jean Renoir crearon lo que se llama realismo poético, que básicamente consiste en crear poesía a partir de situaciones reconocibles por el espectador. Uno de los grandes defectos de la mayor parte del cine actual es que los directores no observan, y por eso sus personajes no resultan creíbles. A veces, se comportan como “marcianos”.
Al parecer, ha comentado que empezó a escribir la película para que la protagonizara Jacques Villeret (La fortuna de vivir), pero le sobrevino la muerte. ¿Habría sido distinta la película con él?
Empecé a preparar el guión pensando en él. Casi había terminado la primera versión cuando falleció. Estuve a punto de dejarlo, pero el personaje me fascinaba tanto, que decidí seguir adelante. Empecé a buscar un actor que comunicara la bondad como Jacques. Ya había pensado en Darroussin, porque me recordaba un poco a Jacques, cuando vi una película suya, Como en las mejores familias, y me sorprendió su forma de mirar a los demás, con mucha bondad. Le llevé el guión y le dije que lo había escrito para Jacques. Aceptó enseguida.
¿Es usted tan optimista como sus películas?
Confieso que, como cualquier otra persona, tengo miedo a la muerte. Sé que me llegará, como a todos. Pero prefiero usar el humor para defenderme de ese miedo. La burla es el último recurso ante la desgracia. Cuando consigues reírte de tus temores más profundos, éstos desaparecen.
¿Cómo dirige sus películas?
Creo sinceramente que la parte difícil es la escritura del texto. Estuve mucho tiempo preparando el guión con Jean Cosmos y Jacques Monnet, y después de que lo terminamos, puedo decir que gran parte del trabajo estaba hecho, porque los actores son muy listos. Si los actores a los que les mandas el guión aceptan, es porque han visto elementos interesantes en el texto. Ellos mismos son capaces de sacar matices que a mí ni se me habían ocurrido. Más que dirigir, me gusta pensar que dejo suelta la brida del caballo sobre su cuello. Sólo vuelvo a mi papel como director cuando se debe solucionar algún pequeño problema, normalmente de carácter técnico.
¿De dónde viene esa pasión por el campo que se repite como tema de algunas de sus últimas películas?
Mi padre rodaba películas en París, y yo me crié en París. Pero durante la II Guerra Mundial mi padre fue hecho prisionero. Mi madre nos mandó a mis hermanos y a mí a vivir al campo, con unos amigos que nos acogieron. Éstos nos trataron como si fuésemos hijos suyos y fueron unos días muy agradables. Cuando mi padre regresó, volvimos con él y yo dejé de pensar en mi experiencia rural durante muchos años. Pero ahora, me vienen continuamente a la cabeza esos recuerdos, y no puedo dejar de hablar de ello en el cine.
¿Prefiere el campo a la ciudad?
Sin embargo, debo vivir en la ciudad, por circunstancias profesionales. Tengo una casa de campo a la que acudo cuando tengo unos días libres. También me gusta rodar historias que transcurran en el campo, porque así me llevo al equipo técnico y artístico lejos de su casa, y pasan mucho tiempo todos juntos. Al final, se complementan bastante bien, como las compañías teatrales que se van de gira. Creo que al final hay buen ambiente de rodaje y que eso se refleja en esta película.
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