In memoriam
"El chico más bello del mundo"
Adiós a Björn Andrésen, Tadzio en "Muerte en Venecia"
Los amantes del cine lo recuerdan como Tadzio, el ángel rubio que encarnó la belleza imposible en "Muerte en Venecia". Björn Andrésen, actor y músico sueco, ha muerto el 25 de octubre a los 70 años. La noticia fue comunicada por su hija, que no ofreció detalles sobre las circunstancias. Poco después, Kristian Petri, codirector del documental "El chico más bello del mundo" (2021), confirmó su fallecimiento al diario sueco Dagens Nyheter. Así se apaga la vida de aquel joven que, sin buscarlo, quedó para siempre atrapado en la eternidad de una mirada.
Nacido en Estocolmo el 26 de enero de 1955, Björn Andrésen tuvo una infancia marcada por la tragedia. Su padre nunca fue identificado y su madre, Barbro Elisabeth Andrésen, se quitó la vida cuando él tenía solo diez años. Criado por sus abuelos maternos, estudió música en la prestigiosa Adolf Fredrik’s Music School, donde desarrolló su oído y su gusto por el piano. Pero su abuela, empeñada en verlo triunfar, lo empujó hacia el cine. Su debut llegó con Una historia de amor (1970), de Roy Andersson, una tierna y melancólica película que llamó la atención de Luchino Visconti. El maestro italiano buscaba un adolescente de belleza angelical para interpretar a Tadzio, el joven que obsesiona al maduro Gustav von Aschenbach en Muerte en Venecia, adaptación de la novela de Thomas Mann.
Cuando Björn Andrésen apareció en las pruebas de cámara, Luchino Visconti supo que lo había encontrado. El estreno del film en 1971 fue un acontecimiento internacional. La cámara de Visconti convertía el rostro de Björn Andrésen en una pintura viva, en un ícono de la perfección inalcanzable. En el Festival de Cannes, la prensa lo proclamó “el muchacho más hermoso del mundo”. Tenía apenas dieciséis años. Esa etiqueta —halagadora y cruel— marcaría el resto de su vida. Björn Andrésen confesó años después que la experiencia del rodaje y de la promoción lo dejó profundamente incómodo. Visconti lo había introducido en un mundo de miradas adultas, insinuaciones y presiones. “Cuando veo la película ahora —diría décadas más tarde—, entiendo cómo ese bastardo me sexualizó".
Tras Muerte en Venecia, el joven sueco se convirtió en un fenómeno cultural, especialmente en Japón, donde su rostro aparecía en revistas, anuncios de chocolate y portadas de discos. Grabó algunas canciones pop y fue recibido como una estrella adolescente, en medio de una histeria colectiva comparable a la de The Beatles. Su imagen ayudó a popularizar el ideal estético del bishōnen, el “joven hermoso” de la cultura japonesa. Pero Björn Andrésen no soportaba el personaje que el mundo le imponía. Evitó papeles que reforzaran su fama de “ángel andrógino” y trató de reconstruirse lejos del cine. Durante los años ochenta trabajó como músico profesional y formó parte del grupo de baile Sven Erics, con el que giró por Suecia. Volvió al cine de forma esporádica, en títulos como Smugglarkungen (1985), Kojan (1992) o Pelicanman (2004), y en un papel menor en Midsommar (2019), de Ari Aster.
En 1983 se casó con la poeta Susanna Roman, con quien tuvo dos hijos: Robine y Elvin. Este último murió de muerte súbita del lactante a los nueve meses, una tragedia que sumió a Andrésen en una depresión prolongada. “Espero volver a verlo en el más allá”, dijo en una entrevista. Con los años, el actor se refugió en la música, en su familia y en una vida discreta en Estocolmo, lejos del mito que nunca dejó de acompañarlo. En 2021 volvió a ocupar titulares gracias al documental El chico más bello del mundo, dirigido por Kristina Lindström y Kristian Petri. La película, presentada en Sundance, exploraba con delicadeza la herida que la fama había dejado en él: la pérdida de la inocencia, el peso de la mirada ajena, el esfuerzo de reconciliarse con su pasado. Quienes lo conocieron destacan su ironía suave, su timidez y su lucidez. Había sobrevivido a la belleza que lo convirtió en prisionero y a la industria que lo usó como fetiche. Su historia —mezcla de cuento de hadas y tragedia— queda como una advertencia sobre el precio de la perfección. Visconti lo soñó como una figura inmortal. Lo fue, pero no como el director imaginó: no como un símbolo del deseo, sino como un hombre que logró, finalmente, hacerse dueño de su propio rostro.
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