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San Sebastián 2010, día 22: la mezquita, el parto y el fin de la infancia

José María Aresté 22 Septiembre 2010

Hay películas que no te alegran el día, y la perturbadora mirada de Pan negro a la condición humana en la Cataluña de después de la guerra civil es una de ellas. Así que es obligado pensar con más optimismo en la vida y la muerte, intención del film japonés a competición Genpin.

Agustí Villaronga es un gran creador de atmósferas, y vuelve a demostrarlo en Pan negro. La trama de su película, que maneja un buen plantel de actores, se sitúa en la Cataluña posterior a la guerra civil, en un pueblo de montaña, y adopta el punto de vista de un niño, Andreu, cuyo padre Farriol, de modesta condición, está mal visto por las fuerzas vivas, por haberse significado en el pasado como hombre de izquierdas, o sea, del bando de los perdedores. Un día el chaval descubre en el bosque los cadáveres de un hombre y su hijo, amigo suyo. No está claro que haya sido un accidente, y podría ser la excusa perfecta para colgar el muerto al padre de Andreu.

Pan negro es la tercera película de la sección oficial rodada en catalán, bien podría ser esta lengua la más representada en el certamen. El director adapta una desesperanzada novela de Emili Teixidor y entrega imágenes brutalmente poderosas, de modo especial en el arranque. Hay que reconocer cierta originalidad en la trama, donde se da una vuelta al habitual victimismo de las películas sobre la contienda fraticida, siempre empeñadas en “ganar la guerra” al menos en el cine. Los grandes ideales pueden que no lo sean tanto, y las miserias humanas vienen a ser las de siempre, no hay nada nuevo bajo el sol en los secretos de la España profunda, o la Cataluña profunda si se prefiere.

La mirada del director es oscura, muy oscura, no hay espacio para la luz. Ya lo dice el título, con la metáfora del pan negro. La película sigue el esquema habitual de las narraciones sobre la pérdida de la inocencia en la infancia, eso sí, sin resquicio para la esperanza, no hay nadie capaz de iluminar la pantalla. La única salida es el pragmatismo cínico, adaptarse a las circunstancias como un camaleón, tragar lo que haya que tragar, tratando de seguir siendo uno mismo. Porque en el fondo el desenlace no muestra más que a un personaje que va a seguir los pasos de sus padres –que dentro de su supuesto idealismo han tenido que optar por la supervivencia– o de su prima Núria, una niña que no duda en acostarse con su maestro si eso le reporta alguna ventaja, aunque en el fondo ansía escapar.

Aceptado su amargo pesimismo, puede decirse que Villaronga no logra el deseable equilibrio en su película. En cierto momento las cosas se le van de las manos, pierde las riendas en los contradictorios laberintos de los distintos personajes, su tupida red de mentiras y excusas, que se acumula caóticamente; no casa bien esta parte dramática con la atmósfera algo terrorífica de algunos pasajes, ni tampoco es acertado el modo de desvelar cierta acción brutal que descalifica a sus protagonistas y conduce al final del film. Hay una denuncia de la mentira, pero en realidad nadie parece interesado en la verdad, falta el necesario referente ético.

Una película embarazosa

Curioso el documental nipón de la directora Naomi Kawase. Genpin sigue los pasos de un ginecólogo, el doctor Tadashi Yoshimura, firme partidario de los alumbramientos naturales. Su postura es que domina en la profesión médica una visión algo alarmista de los partos, sus colegas muchas veces angustian de modo irresponsable a sus pacientes al advertirles de embarazos complicados, con los consejos de adelantar el nacimiento, provocándolo incluso con cesárea. Él tranquiliza a las madres gestantes, casi siempre les asegura que todo va a ir bien, y las invita a llevar una vida lo más normal posible; sorprende en tal sentido ver a una mujer embarazada, en plena forma, cortando troncos. La mirada del film es la de Yoshimura, e invita a confiar en la providencia, a ver el futuro parto no como una experiencia aterradora, sino al revés, como parte integrante del gozo de la maternidad.

La película tiene un ritmo “sosegado”, por decirlo suavemente, su visionado requiere armarse de buenas dosis de paciencia, y le falta en tal sentido un poco de la vida por la que apuesta claramente. Tiene interés la invitación a pensar que la muerte forma parte de la vida, por lo que la pérdida del bebé o de la madre deberían ser posibilidades contempladas con serenidad, aunque produzcan dolor, y no tener la pretensión del absoluto control, la naturaleza tiene sus caminos, vienen a decir Yoshimura y Kawase. Se aportan los testimonios de muchas mujeres atendidas por el doctor, incluida una que pierde a su bebé, presenciamos algunos partos más o menos tranquilos, y por supuesto contamos con la voz de Yoshimura.

Coda marroquí

Se acumulan de tal modo las películas de la sección oficial, que a punto estuve de perder un minimalista y sobrio título marroquí, La mezquita. Cuenta las tribulaciones de Moha, un tipo que ha participado en el rodaje de muchas películas. Precisamente Moha alquiló su terreno para la construcción de unos decorados de un film, y ahora han tirado todo abajo excepto lo que representaba una mezquita, que se ha convertido inesperadamente en un lugar de oración. Moha necesita recuperar sus tierras, pero se encuentra atrapado en una maraña burocrática y de apelaciones vagas sobre lo orgulloso que debería estar de lo ocurrido, que su propiedad sirva para rezar, lo que desde luego no arregla su problema.

Daoud Aoulad-Syad entrega una película amable, pero que no es gran cosa. Invita a reflexionar la idea de que una falsa mezquita es tomada por algunos como lugar sagrado intocable, sin duda que se ha producido en los últimos años un fenómeno por el que hay que tener cuidado con cualquier cosa que pueda molestar a los musulmanes; el respeto es muy necesario, pero a veces se llega a extremos inauditos nada deseables.

José María Aresté
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