Zona friki
"Her", de Spike Jonze, una historia de ciencia ficción (¿o no?)
¿Alguien ha encendido su ordenador y éste le ha tirado los tejos? No estaría mal, ¿no? A nadie le amarga un dulce.
Desde que he tenido ocasión de ver Her, donde un tipo se enamora de su sistema operativo, le soy infiel, al menos en mis pensamientos al MacOs X, que sí, parece el colmo de la sofisticación, pero no tiene la voz atractiva y sensual de Scarlett Johansson.
Esta semana tuve ocasión de acudir a un encuentro con el iconoclasta creador de la película, Spike Jonze, pero caminé hacia el céntrico hotel donde se hospedaba temiendo lo peor. No le van las citas con periodistas, y se sabe que no acepta preguntas sobre sus años locos de skater aficionado a la marihuana, no se puede mencionar nada de Jackass –su gamberra creación–, si alguien cita a los Oscar gruñe, y sobre todo, si en algún momento surgen las palabras Sofia o Coppola, se acaba repentinamente la entrevista.
Me lo encuentro despeinado, y vestido de cualquier manera, con un cuchillo en la mano que evidencia que ha estado comiendo –creo que he contado alguna vez que siempre nos dan las entrevistas de prensa a la hora de zampar–.
"La tecnología no es la causa de la soledad, ni tampoco el remedio, como creen algunos. En realidad, sólo es la forma más actual de evitar la intimidad y el contacto humanos, una especie de excusa que utilizan los que tienen miedo a los demás. Desde el principio de los tiempos, ha habido personas que han evitado hablar con sus semejantes".
"Her", un film surrealista alejado de la realidad, ¿o no?
Termina el encuentro. Me voy pensando que por suerte lo que cuenta la película está lejos de ocurrir en la realidad. Aún no existen sistemas operativos con los que mantener profundas conversaciones en las que descubras que tenéis mucho en común. Acelero, pues tengo una cita con una amiga, que se quejaba de que hace mucho que no me ve.
Pues bien, ahí estoy, todo para ella. Nos sentamos en la mesa de un restaurante que tiene buena pinta y en cuanto me va a decir algo, suena una especie de silbido. Por lo visto, alguien le ha mandado un mensajito vía whatsApp.
Mientras espero a que responda, me da tiempo a pedirle al camarero la comida. Cuando me sirven el primer plato, ella sigue tecleando. Pregunto si va todo bien, pero ni siquiera me responde.
Un rato después por fin me mira. Tras hacer una foto del local, que comparte en redes sociales, me dice que resulta complicado verme, que si ando liado últimamente. Yo os aseguro que iba a contestar, pero entonces suenan más silbidos y vuelta a fijar la vista en el móvil. Me descubro hablando sólo de mis problemas mientras ella se muere de risa, no por lo que cuento yo –que no debe haberlo escuchado–, sino porque está completamente absorbida por la pantalla.
Por fin mi acompañante me dice algo. "Es que chateo" –yo sólo lo hago con un chato de vino–. "Qué graciosos son", explica. "Mira lo que me han mandado". Pero pronto se olvida de su ofrecimiento, pues no me enseña nada, sigue a lo suyo. Yo ya me he acabado el postre, así que pido la cuenta al camarero. Explico a la chica que tengo que irme ya, pero no parece escucharme. ¿Qué hago?
Tengo prisa, así que me levanto y la dejo ahí, ensimismada en sus conversaciones virtuales. Total, mientras vuelvo al trabajo andando puedo enviarle unas líneas que expliquen que me he tenido que ir. Igual por escrito y en la distancia consigo algo de atención por su parte.
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