Zona friki
El día en que intenté darle una lección de cine a mi madre, pero ella me la dio a mí
Fue un domingo de lluvia de esos que parecen guionizados por un director melancólico. Mi madre, que siempre decía que las películas de ahora “tienen demasiados cables y poca alma”, se sentó a mi lado con dos tazas de café y esa mirada de sospecha que pone cuando le propongo ver algo que no sea un concurso de cocina.
Decidí arriesgarme y puse Cinema Paradiso.
A mitad de la película, yo estaba en mi salsa de cinéfilo pedante. Intenté explicarle el fuera de campo, el uso de la luz de Blasco Giurato, la importancia de la música de Ennio Morricone, y cómo el montaje de la escena final es el mayor acto de amor de la historia del cine.
Ella me miró, dejó la taza en la mesa y soltó una de sus verdades universales:
— Hijo, hablas de la película como si fuera un examen de ingeniería. Deja de analizar el encuadre y fíjate en la cara del niño. Esa cara de asombro es la misma que ponías tú cuando te llevé a ver La Cenicienta y me preguntaste si la princesa sabía que los estábamos mirando".
Cuando llegamos a la famosa escena de los besos censurados, ésa que hace llorar hasta a las estatuas, se hizo un silencio absoluto. De pronto, sentí que me apretaba la mano.
— ¿Sabes? —susurró sin apartar la vista de la pantalla—. Tu abuelo trabajaba en un cine de pueblo, como proyeccionista. A veces me dejaba entrar a escondidas cuando terminaba el pase para que yo buscara entre el suelo por si a alguien se le había caído alguna moneda. Yo nunca encontraba dinero, pero una vez encontré un trozo de celuloide quemado que alguien había tirado. Lo guardé en una caja de cerillas años, convencida de que si lo miraba con suficiente fuerza, la película volvería a cobrar vida en mi mano.
Esa tarde comprendí que yo podré saber mucho de directores, de planos secuencia y de festivales en Cannes, pero ella entendía lo más importante: que el cine no ocurre en la pantalla, sino en el espacio que queda entre la luz del proyector y los ojos que la miran.
Nos quedamos en silencio mientras pasaban los créditos. No hubo análisis técnico, ni crítica en Filmaffinity. Sólo dos personas compartiendo un trozo de celuloide invisible en un sofá de skay.
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