Se cumple hoy el centenario de Shohei Imamura, uno de los grandes del cine de Japón. Imagino que la habréis visto pero os recomiendo mi peli favorita de las suyas, “La balada de Narayama”.
Parte de una tradición poco recomendable para animar una excursión familiar: cuando los ancianos llegan a los setenta años, deben subir al monte Narayama y esperar allí la muerte. Nada de residencia de mayores, crucero del Imserso ni llamada de los hijos el domingo. Orin, una mujer de 69 años, sabe que le queda poco tiempo, así que se prepara para cumplir el ritual con una serenidad increíble. Pero el realizador no convierte La balada de Narayama en un solemne drama sobre la vejez: la llena de hambre, peleas, animales, excrementos, adulterios y comportamientos humanos que hacen pensar que quizá el verdadero milagro no sea llegar a los 70, sino llegar a los siete sin que alguien te haya arrojado al pozo. El pueblo funciona como un pequeño ecosistema donde todo se reduce a sobrevivir: comer, reproducirse, trabajar y eliminar a quien ya no puede contribuir. La naturaleza no es un decorado bonito, sino una gigantesca gestoría de la supervivencia que cobra sus facturas sin sentimentalismo.
Y ahí está el fondo demoledor de la película: Shohei Imamura no pretende decir simplemente que aquella tradición es cruel, sino preguntarse qué queda de nuestra moral cuando la necesidad aprieta. Los habitantes del pueblo pueden ser egoístas, obscenos o directamente miserables, pero también están sometidos a unas condiciones de vida en las que una boca más puede significar que otra persona pase hambre. Orin, en cambio, representa una aceptación casi heroica de las reglas de su comunidad: no quiere que su hijo tenga que elegir entre querer a su madre y alimentar a sus hijos. Por eso su viaje al Narayama es al mismo tiempo una tragedia y un acto de amor. Shohei Imamura contrapone continuamente al ser humano con los animales, y la comparación resulta incómoda porque los animales no parecen mucho más nobles que nosotros: comen cuando pueden, copulan cuando pueden y matan cuando toca. La diferencia es que nosotros hemos inventado discursos filosóficos para explicar por qué hacemos exactamente lo mismo.
La película, por tanto, habla de la vejez y de la muerte, pero sobre todo de la supervivencia, el instinto y la frontera entre civilización y barbarie. Y lo hace con una mezcla insólita de poesía, brutalidad y humor negro.
