Zona friki
Sobre la retirada de Michael Haneke: ¿tragedia o alivio?
Michael Haneke se retira del cine, a sus 85 años. Tras doce películas de cine. Extraordinarias.
No és si es una put*** o no. Steven Spielberg se retira y piensas: “Qué pena, se acaba una época”. Michael Haneke se retira y dices:
"¿Entonces podemos volver a dormir tranquilos?".
Porque durante años Michael Haneke ha tenido una misión: demostrar que ir al cine puede ser una experiencia peor que ir al dentista.
Tú comprabas una entrada.
Él te quitaba la infancia.
¿Os acordáis de Funny Games? Empieza como una película de terror y termina convirtiéndose en una especie de terapia de pareja entre tú y tus peores impulsos.
Uno entra pensando: “Bueno, vamos a ver una de suspense”.
Error.
Haneke no quiere darte suspense.
Haneke quiere castigarte por querer suspense.
La película empieza con una familia que se va de vacaciones. Casa preciosa, lago, barquito, coche, césped perfectamente cortado... Y tú piensas: “Qué tranquilidad”.
Haneke piensa: “Sí. Vamos a estropearla”. Aparecen dos jóvenes muy educados. Y eso es lo primero que da miedo. Porque en el cine, cuando alguien aparece diciendo “Buenos días, ¿me podría prestar unos huevos?”, sabes que en breve habrá un cadáver. Si además lleva guantes blancos y sonríe demasiado, ya puedes ir despidiéndote de la casa.
Los dos tipos son educadísimos.
“¿Nos presta unos huevos?”
“Claro”.
Y tú desde el sofá:
“¡NO LE PRESTES LOS HUEVOS, POR DIOS!”
Pero la familia se los presta. Porque en las películas de terror nadie ha visto nunca una película de terror. Es una norma internacional.
Lo terrible es que los dos agresores no parecen monstruos. No tienen máscaras. No tienen cuchillos gigantes. No tienen cara de villano. Son dos chavales normales. Y eso es mucho peor. Porque Haneke te está diciendo: el mal no siempre llega con una banda sonora de órgano y una capa negra. A veces llega con un polo blanco y educación exquisita.
Y lo peor es que los personajes hablan contigo. La película rompe la cuarta pared.
Uno de ellos mira directamente a cámara. Y ahí dices:
“Ah, vale. Además de secuestrar a la familia, este señor quiere hablar conmigo”.
Es como si el asesino del edificio de enfrente llamara a tu timbre y te dijera:
“¿Qué te está pareciendo la película?”
Otra de sus películas me dejó peor cuerpo todavía. Enfrentarte a Amor, de Michael Haneke, no es ver una película. Es aceptar voluntariamente una experiencia traumática de dos horas y pico y, al salir del cine, preguntarte por qué nadie te ha dado un folleto con instrucciones para volver a ser una persona normal.
Porque uno entra pensando: “Bueno, una historia de amor en la vejez. Qué bonito”. Y Haneke te mira desde detrás de la cámara y responde: “¿Ah, sí? ¿Quieres amor? Pues toma amor. Pero del que duele”. La película empieza con una pareja de ancianos, Georges y Anne. Dos personas cultas, educadas, que han compartido toda una vida. Y entonces ocurre lo inevitable: Anne enferma.
Y ahí empieza la película. Bueno, no. Ahí empieza tu deterioro psicológico como espectador. Porque Haneke no te pone una musiquita triste. No aparece una violinista en una esquina. No llega Richard Gere con una manta. No. Haneke coloca la cámara y te dice: “Mira”.
Y tú miras.
Anne pierde capacidades. Georges intenta cuidarla. Y cada pequeño gesto cotidiano se convierte en una escena de terror. Una cucharada de comida. Un vaso de agua. Una visita. Una conversación.
Lo que en otra película sería una escena conmovedora, en Haneke parece una prueba del Tribunal de La Haya. Y a los veinte minutos ya estás: “¿Dónde está la salida de emergencia?”.
Lo peor es que Haneke no manipula tus emociones. No te dice cuándo llorar. No pone música para avisarte de que ahora toca sufrir. No. Te deja solo ante la enfermedad, la vejez y la dignidad.
Como hubieras comprado palomitas se te atragantan.
De La pianista no pienso ni escribir nada. Prefiero no recordarla.
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