Zona friki
Adiós a Juan Luis Galiardo: un personaje peculiar
Tomaba unas cañas en un céntrico bar con amigotes, junto al Microteatro por Dinero, hace cosa de un año, cuando escuchamos a gran
Tomaba unas cañas en un céntrico bar con amigotes, junto al Microteatro por Dinero, hace cosa de un año, cuando escuchamos a gran volumen la inconfundible y carismática voz de Juan Luis Galiardo. “¡Ay, mísero de mí, ay infelice!”, clamaba. Estaba cerca de nosotros, y vociferaba sobre las penurias de la profesión actoral, que si había rodado con Charlton Heston, al que estuvo a punto de matar según decía, y que si cosechó numerosos aplausos y sin embargo, ahora nadie le llamaba. “Trágica vida”, repetía, rodeado por una congregación entusiasmada y en un tono similar al que hubiera empleado para un monólogo de Shakespeare sobre las tablas. Así era Juan Luis Galiardo, tan teatral fuera de los escenarios como dentro, así que aquella tarde tuvimos función sin necesidad de desembolsar ni un euro.
Confieso a pesar de que en el momento de su deceso todo son parabienes y elogios que cuando yo era muy niño me parecía un actor espantoso, con un aire de galán de pacotilla que echaba de espaldas. Pero después me sorprendió en la serie Turno de oficio, donde se notaba la mano maestra de Antonio Mercero, así que él estaba estupendo, en un papel más creíble y realista, con un punto triste. Desde entonces, se lo empezó a currar, y se convirtió en uno de los rostros de ese cine español que al menos pretendía alcanzar cierta dignidad. Le recuerdo en un impresionante registro como legionario, en Madregilda, aunque la película me pareció poca cosa, no tenía nada que contar que no se supiera ya.
Le llegué a ver por primera vez en persona cuando representaba una obra de cuyo título no quiero acordarme en el teatro. A la salida le rodeaba algún que otro espectador, y él se quejaba de que a pesar de las excelencias del texto y del montaje, no acudía casi nadie. La verdad es que era bastante espantoso todo. Así que volví a casa desanimado porque el único famoso que conocía que compartía mi nombre era una especie de cretino. Posteriormente descubrí a Juan Luis Cebrián y encaminé mis pasos hacia el periodismo.
Después, Galiardo se convirtió en el rostro del cine de José Luis García Sánchez, insigne representante del otro cine que se rueda en España, único país del mundo donde resulta posible rodar toda una trilogía, compuesta por Suspiros de España (y Portugal), Siempre hay un camino a la derecha y Adiós con el corazón, sin ningún éxito de público, ni interés cultural ni calidad ni nada de nada. Se ve que García Sánchez se conoce a la perfección cómo pillar subvenciones. Por la última, tremendamente mala, le dieron a Galiardo el Goya, y recuerdo que subió a la planta donde estábamos los periodistas un tanto desconcertado y receloso. Pero una vez allí, le ofrecimos un cálido aplauso y entonces sonrió:
-Vaya. Os doy las gracias porque parece que al menos no os ha sentado demasiado mal que me llevara yo el premio.
Y entonces me di cuenta de que se le veía muy feliz, más que por el premio porque la gente le felicitaba y parecía entusiasmada de verle. Y entonces creo que le entendí en cierta medida. Era un hombre consciente de sus excesos y parafernalias, pero con todo lo que hacía sólo pretendía algo de reconocimiento. Necesitaba que el público le respaldara. Y lo ha conseguido. España entera le llora tras su fallecimiento, inesperado por la mayoría.
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