Zona friki
“The Newsroom”: qué asco le tengo al maldito Aaron Sorkin
El que más o el que menos habrá visto alguna vez un telediario de nuestras cadenas privadas (las institucionales siguen cada vez
El que más o el que menos habrá visto alguna vez un telediario de nuestras cadenas privadas (las institucionales siguen cada vez más el mismo camino). Abren con un macabro asesinato, lo más sangriento posible, que ocupa la mayor parte del tiempo en antena (ya se encargará después otro programa de la casa de darle un pastón al descuartizador de turno o a sus familiares para que den más detalles). A continuación el gobierno argumenta que sus medidas son mano de santo para la crisis mientras que la oposición las califica como disparate, cuando ellos mismos han hecho o harán lo mismo si llegan al poder. Siempre promocionan el supuesto estreno cinematográfico del año, casi siempre producido por la misma cadena. Luego ponen siempre una noticia picantona, con algún toque erótico, para elevar la audiencia. Y después los deportes se reducen a lo que dice el entrenador del Real Madrid y el del Barça, y como mucho, añaden a Rafa Nadal o a Fernando Alonso si han ganado algo. Y eso es to, to, to, todo amigos. Lástima que terminó el festival de hoy.
Por eso he llorado de alegría esta semana en el sofá de mi casa. Quizás esto sólo lo entiendan los otros locos que hayan estudiado periodismo, y en bastante medida los que hayan seguido los medios de comunicación desde hace años. Pero el condenado comienzo de The Newsroom, lo nuevo del desgraciado de Aaron Sorkin (qué envidia das, bastardo), es el maldito mejor arranque de una serie de la historia.
Supongo que la mayoría lo habréis visto, pero me apetece contarlo y rememorarlo. Total, si Paul Auster tiene el morro de contarnos una peli que conocemos por cada nuevo libro, yo no voy a ser menos. El protagonista, Will (Jeff Daniels), presentador de un importante informativo de una gran cadena, acude a un acto en la universidad, moderado por un profesor, al que también asisten dos comentaristas políticos de tendencias políticas enfrentadas.
Una jovencísima estudiante pregunta a los ponentes:
—¿Pueden decirme por qué América es el mejor país del mundo?
Uno de los cronistas contesta que “diversidad y oportunidad”, y el otro que “libertad y libertad”. O sea, lo que cabe esperar. Por su parte, Will, sarcástico, quemado y de carácter difícil, contesta “los New York Jets”.
Pero el organizador del encuentro insiste, intrigado porque a lo largo de su carrera el veterano de la información no ha declarado jamás sus inclinaciones políticas, no quiere dejarle ir sin que se moje un poco. “Bien”, explica Will. “Lewis y Sharon lo han dicho, diversidad y oportunidad y libertad y libertad”.
—No voy a dejar que vuelva al aeropuerto sin responder la pregunta.
—Bueno, nuestra Constitución es una obra maestra. James Madison era un genio. La Declaración de Independencia es, para mí, la mejor muestra de literatura americana.
Pero el moderador le mira con cara de decepción.
—No parece satisfecho.
—Una es un conjunto de leyes y la otra una declaración de guerra. Quiero un momento humano de usted. ¿Qué hay de la gente? ¿Por qué América es...?
Entonces es cuando Will estalla. Ya no puede más. “No es el mejor país del mundo, profesor. Ésa es mi respuesta”. La cara de indignación del periodista es todo un poema. Si quieren escuchar la verdad, se van a enterar.
—Sharon, ¿sabes por qué a la gente no le gustan los liberales? Porque pierden. Si los liberales son tan xxxente listos, ¿por qué pierden siempre? ¿Y tú, en serio le vas a decir a los estudiantes que América es tan asombrosa con sus barras y estrellas que somos los únicos del mundo que tenemos libertad? Canadá tiene libertad. Japón tiene libertad. El Reino Unido, Francia, Italia, Alemania, España, Australia. ¡Bélgica tiene libertad! De 207 estados soberanos en el mundo, unos 180 tienen libertad.
No obstante, Will no ha acabado todavía. También tiene unas palabras para la universitaria.
—Tú, por si acaso un día accidentalmente te pasas por una cabina de votación, hay algunas cosas que deberías saber, y una de ellas es que no hay ninguna prueba que apoye la afirmación de que somos el mejor país del mundo. Somos los séptimos en alfabetización, vigesimoséptimos en matemáticas, vigesimosegundos en ciencia, el 49 en esperanza de vida, el 178 en mortalidad infantil, terceros en ingresos familiares medios, cuartos en mano de obra, y cuartos en exportaciones.
Sólo lideramos el mundo en cosas como gastos en defensa, donde gastamos más que los siguientes 26 países juntos, 25 de los cuales son aliados. Ahora, nada de esto es culpa de una estudiante universitaria de 20 años, pero tú sin embargo eres sin ninguna duda un miembro de la peor generación de la historia. Por eso cuando preguntas qué nos hace el mejor país del mundo, no sé de qué rayos estás hablando. ¿De Yosemite?
Entonces es cuando Will deja entrever al hombre que sin duda fue una vez, idealista y comprometido. “Claro que solíamos serlo. Defendíamos lo que estaba bien. Luchábamos por razones éticas. Aprobamos y derogamos leyes por razones éticas. Hicimos la guerra contra la pobreza, no contra gente pobre”. Sigue una enumeración de logros, “exploramos el universo”, “teníamos los mejores artistas del mundo”, “la mejor economía del mundo”, bla, bla, bla. “Cultivamos la inteligencia, no la menospreciábamos”, etc., etc.
Pero lo más interesante es el remate final:
—Fuimos capaces de ser todas esas cosas y hacer todas esas cosas porque estábamos informados. Por grandes hombres, hombres que eran reverenciados. El primer paso para arreglar cualquier problema es reconocer que hay un problema. América ya no es el mejor país del mundo.
Caray, vaya declaración de principios. Mis felicitaciones, señor Sorkin. Para ser el séptimo país del mundo en alfabetización no se os da del todo mal escribir series. Y sí, tenéis mucha más libertad que muchos otros países para poder decir verdades como puños en televisión. El resto de episodios no son tan brillantes como el primero, pero mantienen buen nivel y si la cosa sigue, tiene muchas posibilidades...
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