Análisis de guión
25) "El hombre que pudo reinar", de John Huston y Gladys Hill
Junto a su fiel colaboradora Gladys Hill, uno de los cineastas más reconocidos en el género de aventuras, John Huston, logró una inolvidable adaptación del clásico de Rudyard Kipling.
“El hombre que pudo reinar” es una novela corta de Rudyard Kipling, a la que John Huston y Gladys Hill lograron comunicar especial viveza en su adaptación al cine, que sigue la clásica estructura del viaje del héroe, en este caso antihéroes, que aprenderán una valiosa lección de su peripecia que les hace más sabios, aunque el coste personal va a ser alto, el precio que paga uno de ellos es la propia vida. En su versión, como sugiere la obra original, escrita en primera persona, convierten al propio Kipling en personaje, con el que los protagonistas Daniel Dravot y Peachy Carnehan van a establecer enseguida una relación de complicidad, ya que los tres comparten su pertenencia a una logia masónica.
Comienza la aventura
Más tarde ambos pícaros comparecerán ante Kipling, se encuentran bajo la custodia de las autoridades coloniales por sus dudosas actividades, y quedarán en libertad por su intercesión, y así podrán cumplir con su intención de viajar a las tierras ignotas de Karifistán, más allá de Afganistán, donde podrían ser reyes adquiriendo poder y riquezas. Y se comprometen a hacerlo bajo las condiciones de una peculiar contrata, por las que les están vedados el alcohol y las mujeres. De modo que la narración se vertebra en el viaje, auténtico detonante, de estos dos antihéroes y la lección que van a aprender en el camino.
La experiencia militar de Peachy y Dravot les sirve para formar hombres, y prepararles para el combate con otros pueblos rivales, donde sus rifles hacen estragos ante unos enemigos que sólo disponen de flechas. En esta tarea encuentran la complicidad de Billy Fish, que habla su idioma, y que aunque juegue por así decir en una división inferior, no deja de ser otro pícaro que les toma enseguida la medida.
El comienzo de un reinado
A partir de este momento, Dravot y Peachy se encuentran en una situación privilegiada. Son conducidos a la ciudad de Sikander, y el sumo sacerdote quiere repetir la prueba de la flecha, para certificar la condición inmortal de Dravot, y ello ante la monumental estatua de piedra de Imbra, una deidad local. Cuando le quitan la camisa, queda al descubierto el colgante del reloj con simbología masónica, hecho prodigioso para toda la casta sacerdotal, pues coincide con el símbolo grabado en la piedra de un altar, que los recién llegados no podían conocer.
Casualidad, o conexión masónica que se remontaría a la época de Alejandro Magno, el caso es que no hay ya duda sobre la condición divina de Dravot que será coronado rey. Y tendrá acceso a todo el tesoro real, lleno de objetos preciosos, que la pareja de codiciosos amigos ya piensan en cómo dividir, sin olvidarse de su secuaz Billy Fish, quien también recibirá su parte.
Sin embargo, surgirán los conflictos, no va a ser tan fácil ser ricos y reyes: la gestión del poder y las riquezas que caen en sus manos presenta dificultades. Y es que nuestros “dioses” tienen los pies de barro, se encuentran demasiado pegados al terreno, a satisfacer sus deseos más inmediatos, y además tienen puntos de vista diferentes, aunque no dañarán su amistad. Dravot piensa que Peachy debería tratarle con más respeto y reverencia, pues ante los nativos, él es el rey y dios de Karifistán, lo que el otro acepta, aunque no sin advertir que esa barrera puede distanciarles. Y es que en efecto, Dravot, empieza a sentirse a gusto desempeñando su papel, e impartiendo justicia sabiamente como si se tratara de una suerte de Salomón redivivo. Hasta el punto de que ha pensado en quedarse ahí reinando para siempre, no quiere volver a la civilización cargado de oro y joyas preciosas, que es lo que pretende Peachy.
Un dios demasiado terrenal
Uno de los incentivos para quedarse reinando es la bella Roxanne, nativa cuyo nombre coincide con el de la esposa de Alejandro Magno, lo que no deja de ser considerado también como una señal. Pero en el caso de Dravot pesa sobre todo la atracción, aunque dejarse llevar por ella sea tentar la suerte, pues casarse con Roxanne supondría transgredir los acuerdos de la contrata –ya antes Peachy había superado con éxito una tentación carnal en ese sentido–, y también las creencias locales, pues un dios no puede casarse con una simple mortal, piensa que si lo hace la joven Roxanne caerá fulminada.
De todos modos la inferioridad numérica es evidente, y puede más el puro sentido de la aventura, asumir el final que merecen sus actos, de modo que Billy Fish acomete a un numeroso grupo de modo suicida, la muerte es segura. Y Dravot acepta su destino en el puente colgante, donde comienzan a cortar las lianas, y caerá en las profundidades del abismo.
También la ejecución de Peachy está prevista, pero como sobrevive a lo que debía ser una muerte cierta, los nativos lo consideran una señal del cielo, y le dejan partir con vida. En efecto, de este modo puede volver a la civilización y convertirse en relator de esta prodigiosa aventura en que la ambición tiene un alto coste, como demuestra el objeto que lleva consigo cuidadosamente envuelto en una tela, la cabeza ennegrecida de su amigo, rematada por una corona.
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