Análisis de guión
41) "Carros de fuego", de Colin Welland
El guión de “Carros de fuego” de Colin Welland, ganador del Oscar, es modélico como drama deportivo inspirador basado en hechos reales. Por supuesto su plasmación en imágenes y su música lo han convertido en imperecedero, pero merece la pena revisar las costuras de un libreto sólido, sencillo y eficaz, olímpico, vaya.
Vale la pena destacar que el guión de Carros de fuego fue un encargo que el productor David Puttnam, el mismo de La misión, hizo a Colin Welland, que deseaba una trama inspiradora y con valores, donde jugaba un papel crucial la conciencia, en la línea del clásico Un hombre para la eternidad. Y le pidió que investigara a fondo la trayectoria de dos atletas británicos, el judío Harold Abraham y el escocés Eric Liddell, ambos medallistas en atletismo en los Juegos Olímpicos de París de 1924.
En efecto, puede salir un buen guión, y aun un guión excelente, de una idea de un productor, de modo que el autor en modo alguno es el responsable original y promotor. También ilustra cómo el esfuerzo de un escritor para saberlo todo sobre las circunstancias que rodearon algo sobre lo que desea elaborar un guión, puede llevarle a encontrar el esqueleto perfecto, añadiendo muchos detalles que dan verosimilitud, pero a la vez prescindiendo de lo innecesario para quedarse con lo esencial, y tomándose las razonables licencias creativas. También es interesante saber que un tercer personaje, también medallista, Douglas Lowe, no quiso aparecer en el film, de modo que tuvo que ser reinventado por Welland y nombrado como el ficticio Andrew Lindsay. Basarse en la realidad puede dar pie, sí, a algunos inconvenientes. Y a decisiones de síntesis, como convertir a Aubrey Montague en estudiante en Cambridge, en vez de Oxford, para que sea un compañero más y amigo de Abraham en el college.
Estableciendo los límites con el entrenador Sam Mussabini
Enmarcando la historia
La trama está enmarcada en un funeral que se celebra en 1978 con motivo del fallecimiento de Harold Abraham, encargado por su amigo ya anciano Andrew Lindsay, antiguo compañero de college en Cambridge y en sus esfuerzos atléticos. Lo que da pie a un largo flash-back, que da pie a un segundo “anillo” enmarcador, la imagen simbólica de la carrera en la playa de los jóvenes atletas pletóricos de energía, con alas en los pies, salpicando el agua y levantando un barrillo que mancha su antes inmaculada y blanca vestimenta deportiva, con las figuras de lo que parecen un padre y un niño contemplando su entrenamiento, toda una imagen del esfuerzo deportivo y de su capacidad inspiradora para los espectadores, pequeños y grandes. Otro recurso que asoma a lo largo del film es la voz en off del atleta Aubrey Montague, con consideraciones de las cartas que enviaba a su madre a casa sobre la vida en el college y el entrenamiento para la olimpiada. O el recuerdo de frases y situaciones pasadas que no dejan de golpear el alma.
Una pregunta que atraviesa toda la narración, vertebrándola, y que no dejan de hacerse los dos protagonistas, es, simplemente, “¿por qué corro?”. Por supuesto las respuestas pueden ser múltiples y no necesariamente excluyentes, pero tanto sacrificio y esfuerzo debería tener una motivación principal ante la cual todas las demás ceden, y aunque no hay respuestas simples, iluminar esta idea hace que la película llegue a ser grande y épica, porque hay una búsqueda, en la victoria y las medallas, de algo más imperecedero y que vale la pena.
Presentaciones
Lo primero es presentar a los dos protagonistas, a los que seguiremos a lo largo de 5 años. Harold Abraham llega a Caius College de Cambridge, y lo hace pisando fuerte al registrarse ante el portero, el primero de la lista por orden alfabético, pero también un símbolo de lo que debe esforzarse siempre. Enseguida se nos aclaran sus raíces judías, que han creado un complejo y un esfuerzo continuo y tenso de autoafirmación, como de demostrar continuamente ante los demás compañeros cristianos y anglosajones de su valía, de que es uno de ellos, un “caballero inglés”, amante de su país, aunque su padre fuera un judío lituano, que ha logrado prosperar con una fábrica. Sí, los orígenes semitas pesan a pesar de que es consciente de que es apuesto, tiene una simpatía natural, y una voz de tenor que le invita a ingresar en el club musical del college de Gilbert y Sullivan; la letra de las canciones dan subtexto a algunas situaciones. Además, sus condiciones atléticas le llevan a postularse para un gran desafío, que nadie a conseguido superar en 700 años: correr todo el perímetro del patio central de Trinity College antes de que dejen de tocar las doce campanadas del reloj que marcan el mediodía, algo a lo que se apunta también Andrew Lindsay, lo que apuntala su camaradería.
La carrera de las doce campanadas en el patio del Trinity College
Por otra parte, se nos presenta a Erid Liddell como hijo de misioneros cristianos de la Iglesia Presbiteriana de Escocia, muy amado en su comunidad, él mismo muy comprometido con la idea de ir a predicar a China con su hermana Jenny. Es joven, entusiasta, piadoso y carismático, que encandila a los chavales, también por su previa carrera de jugador de rugby. Considera que su velocidad en las carreras, tiene un propósito, es un don, con el que puede dar gloria a Dios, su fuerza le viene de dentro, de su vida interior, y sabe que le agrada disfrutando con ese deporte y buscando la excelencia.
Caer para levantarse
Ambos corredores, cada uno por su cuenta, van compitiendo y mejorando.
Un punto de inflexión lo marca la participación de Eric en un evento de atletismo en que compiten Escocia y Francia, y del que es espectador anónimo Harold. En la carrera Eric sufre un empujón de otro corredor que lo derriba al suelo, y con una energía sobrehumana no sólo se levanta para reanudar la marcha, sino que acaba ganando. Harold queda sobrecogido ante ese espíritu poderoso e indomable, que se siente incapaz de emular. Igual que el entrenador Sam Mussabini, a quien Harold pide que sea su preparador, pero el otro le hace ver que es él el que escoge, y lo único que puede arrancarle es la promesa de que seguirá sus progresos, y si considera que es suficientemente bueno, no dejará pasar la oportunidad.
Reconvenciones fraternas, ¿por qué corres, Eric?
Seguimos las trayectorias de ambos hombres, tras el final de la Primera Guerra Mundial en que tantos han entregado su vida en servicio a su país, y donde alcanzar la gloria deportiva en París en 1924 puede ser otra forma de patriotismo. Harold se integra en la vida universitaria, y queda deslumbrado por la soprano Sybil Gordon, cuando la ve actuar sobre el escenario caracterizado como una japonesa en la obra “Mikado”. Y aunque su condición judía le persigue –el plato pedido a ciegas, que resultan ser patas de cerdo, en un restaurante de lujo–, está ganando en seguridad. Además se entrena para correr, y la perspectiva de encumbrarse en el deporte no parece un desatino. Y también va mejorando en las tierras altas de Escocia Eric, corriendo por esas colinas, aunque nunca en domingo, que es el día del Señor, como le recuerda a un chaval para quien él es un ejemplo a seguir. La novia, Sybil, y la hermana, Jennie, muestran sendas preocupaciones por sus seres queridos. Lo de Harold de superar la etiqueta de semita raya lo obsesivo, y Eric sufre reconvenciones fraternas, pues podría estar olvidando una meta superior por un logro deportivo.
Primera y única carrera juntos
Al fin llega, en Londres, una carrera en que compiten juntos Harold Abrahams y Eric Liddell, de ambos se viene hablando mucho y bien. En el vestuario, Liddell se acerca a saludar al otro y desearle lo mejor, lo que no deja de constituir una sorpresa. Ya hemos visto que sus caracteres son muy distintos, de hecho cuando Eric llega a Londres en tren, le han de despertar en su coche cama, donde ha dormido profundamente, como le dice un empleado, “debe tener la conciencia muy tranquila”. Y la reacción ante la victoria del escocés y la derrota del otro es muy diferente. Sybil trata de animarle, pero Harold sólo corre para ganar, y si no puede ganar, no puede correr, a lo que la otra le replica que para poder ganar, debe poder correr. Sí, pugnan los sentimientos, de vergüenza por esa reacción, también porque constata que Eric es “un buen hombre y un buen corredor”, y él también querría ser las dos cosas.
¿Por qué correr? ¿Cómo ganar? Una conversación reveladora
Es entonces el momento en que Mussabini acepta al fin entrenarle, y le hace ver que hay otros terrenos en que puede superar a Liddell; observa que como velocista, él puede superarle en los 100 metros si mejora su técnica en la zancada, y en cambio a otro le ve con más fondo y piensa que su distancia ideal serían los 400 metros. Es un ejemplo de anticipar en la trama lo que ocurrirá luego en París, igual que lo de la divisa de no correr en domingo que señala a un pequeño. Además Mussabini es un personaje muy interesante, por ser medio italiano, medio árabe, por tanto un “outsider” como Abrahams, lo que da más subtexto que refuerza el complejo de marginalidad del corredor.
La mirada de los prejuicios también se fortalece con el encuentro de Harold, alumno del college, con las autoridades académicas, los rectores del Trinity y del Caius, que le reprochan los rumores de que le está preparando un entrenador profesional, lo que sería contrario a la idea de que en la Olimpiada solo corren “amateurs”. Es una muestra de hipocresía e incoherencia, pues así como nadie sacará una carrera universitaria sin hincar los codos, tampoco lo hará con una carrera atlética sin ayuda de alguien con conocimientos para mejorar la preparación físicas y planificar una progresión. Habrá ironía cuando más tarde se produzca la victoria, que es “lo esperado”.
Preparación
Hay que ver a los rivales, conocerles, respirarles, dice Mussabini a Abraham, con diapositivas cuyas imágenes de los corredores se proyectan sobre el cuerpo del atleta. Ahí están los grandes atletas estadounidenses, y sí, Liddell. Toca entrenar, preparar el cuerpo y el alma. Con ayuda externa, o solo, acompañado de Dios, en la pista, o en la arena de la playa, con perros o compañeros motorizados.
Entrenamiento de salto de vallas cuando menos original
Pero en el camino, hay obstáculos. Está esa derrota de Abraham, o postponer la marcha a China, con la desilusión de Jenny, para competir. Llegar tarde a la iglesia, el autógrafo de una chica en la iglesia, ¿no será todo vanidad? Sybil ve obsesionado a Abraham, que se ha distanciado, y se confía a Andrew, que tiene que explicarle las razones de su amigo, la terrible presión. Distinta a la suya, él es un lord, con una posición, que puede permitirse derramar unas gotas de una copa de champán de las muchas sobre las vallas dispuestas en su finca para entrenar esa carrera de obstáculos.
¡Todos a París!
El siguiente punto de inflexión es la marcha a París. Al fin van a arrancar los juegos olímpicos. En la despedida antes de embarcarse, está la inquietud de Sybil, que ha venido a despedirse de Abraham. Y Liddell, se encuentra con una dificultad imprevista, que se suma a la del disgusto de Jennie. Las carreras eliminatorias se celebran en domingo, el día del Señor. Y por motivos de conciencia, no puede correr ese día. Lo tiene claro, y aún más después de las últimas dificultades. Sería perder el rumbo. Toca comunicarlo a lord Birkenhead, el miembro del comité olímpico en contacto directo con los atletas. La contrariedad es grande, aunque es comprensivo y da vueltas a alguna forma de sortear la dificultad, ruega que de momento no comunique a nadie su problema.
Entretanto, toda la parafernalia del desfile inaugural, los himnos, los aplausos, el público encandilado, el juramento olímpico, la bandera ondeando al viento, y la primera carrera con opción para medalla para Andrew, 100 metros valla, que le vale la plata,
El comité olímpico, preocupado por el caso Liddell
Después llega un encuentro de persuasión con otros miembros del comité olímpico, y con el príncipe de Gales, que no son tan amables, creen los más tozudos que los motivos de Eric son arrogancia y no deben prevalecer frente al de “todo por la patria”, en un ínterim de un una recepción. En el fondo, se busca un paralelismo, a modo de eco, con el incómodo encuentro de Abraham con los rectores de Cambridge. La solución aceptable, gracias a Dios, vendrá de Andrew, quien tras ganar una medalla sugiere ceder su puesto a Eric en otra carrera, la de 400 metros. Vencen los motivos correctos para proceder. Aunque la decisión ocupará todas las páginas de los periódicos, motivan un sermón de Eric en el servicio dominical, y por supuesto, emocionarán a Jenny, que incluso viajará a París para ver a su hermano.
Quien no puede ver correr a su pupilo es Mussabini, obligado a permanecer fuera de los focos, debe seguir las carreras de Abraham desde su alojamiento, muy cercano al estadio. Todo el film consiste en entrelazar y contrastar las razones y modos de encarar la vida y más concretamente la competición en las pistas de atletismo. Y así como una vez resuelto el dilema moral del descanso del domingo, Eric puede respirar tranquilo y centrarse en la oportunidad de la carrera de los 400 metros, Abraham, que tiene más oportunidades, es un manojo de nervios, sobre todo cuando ve cómo algunas de sus opciones se van esfumando. El sermón de Eric y sus consideraciones sobre la victoria y la derrota se contrastan con con los atletas esforzándose y mordiendo el polvo. Y el perder va haciendo a Abraham más humilde, cómo se constata en la escena en que el entrenador les está masajeando, y reconoce ante su amigo Montague que frente a sus ínfulas de superioridad, “tú eres mejor persona, ese es tu secreto. Estás satisfecho”. Él nunca está contento, en paz. Incluso llega el momento ante la carrera de 100 metros, que tiene más miedo a ganar que a perder, porque tal vez no sepa ganar. Necesita fe, también en su entrenador, lo que viene simbolizado en la medalla-talismán que le pide que lleve colgada al cuello, y en toda una liturgia que rodea a la carrera, de saludos a la comitiva olímpica, de preparación del suelo, etcétera.
Una victoria que pone a Harold Abraham en modo zombi
Hacia la victoria
Por fin llega la victoria de Abraham, y la sensación de encontrarse en otra dimensión. El delirio del público es absoluto, y llama especialmente la atención los ánimos desde las gradas de Eric, y su celeridad para ser el primero en la pista que le felicita por su triunfo. Mussabini sabrá de su victoria desde su habitación del hotel, al escuchar el himno nacional y ver izarse la bandera británica. Romper su sombrero es un modo gráfico de mostrar que lo han hecho. Aunque luego, su celebración de la victoria, los dos ahogados en alcohol en un bareto, tiene algo de lúgubre. Tanto esfuerzo... Incluso en el regreso, cuando Sybil espera en la estación de tren y es el último en salir, sobre todo prima la idea de haberse quitado una losa de encima, de haber dado el último paso para ser aceptado socialmente.
Eric Liddell, una victoria para la gloria de Dios
Cuando al día siguiente le toca correr a Liddell, Abraham no está en la grada, y sí en cambio Mussabini, toda una diferencia de talante. El escocés, mientras se prepara para correr, desea suerte a sus contrincantes, lo que no deja de sorprenderles. El que ha quedado tocado por su actitud y la coherencia con su fe cristiana es el corredor estadounidense Jackson Scholz, que le entrega una nota con una cita bíblica, su forma de darle los ánimos que cree que se merece. Y corre, con alas en los pies, recordando que Dios le hizo rápido, dándolo todo, hasta la victoria. Los compañeros de Abraham lo celebran con él, también en distintas manifestaciones de delirio colectivo. En cambio el modo de llevar esa medalla tan deseada por parte de Abraham es en un modo casi zombie, como con la pregunta escuchándose al fondo de “¿y ahora qué?”, aunque en la estación de tren de regreso le espera Sybil para contribuir a esa felicidad que en su caso resulta tan elusiva.
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