Blog de Hildy
Impresiones sobre la 32 edición de los Premios Goya, la de los abanicos rojos
Las entregas de premios me resultan cada vez más anodinas. Creo que este año hubo un concurso para hacerse con su organización. Visto lo visto, la iniciativa no ha servido de mucho, pero en fin, es lo que hay.
En mi opinión, ninguna de las películas que competía anoche por los Goya puede catalogarse de obra maestra sin paliativos. Pienso, eso sí, que había muchos títulos dignos, que merecen la pena ser vistos, y que el reparto de premios fue razonable.
La librería es el film que merecía ganar, aunque me apena que sus actores principales, por eso de que no son españoles, cuentan con menos posibilidades de ganar, pienso que consciente o inconscientemente, el dato pesa en los académicoas a la hora de votar. Handia tiene su mérito, pero diez premios parecen excesivos, aunque sean en su gran mayoría en apartados técnicos; la historia del gigante de Altzo da menos de lo que promete. Y Verano 1993 se quedó con menos reconocimientos de los esperados, aunque creo que los Goyas a la dirección e interpretación femenina revelación, más el actor de reparto, le hacen justicia.
En ese obtener algún premio, El autor al menos vio cómo Javier Gutiérrez y Adelfa Calvo veían galardonadas sus interpretaciones. Tampoco se fue de vacío Verónica, película de miedo hecha con talento. Mientras que el premio al mejor documental fue a quien se esperaba, es decir, a Muchos hijos, un mono y un castillo, fresco acercamiento de su director Gustavo Salmerón a una historia familiar donde tiene protagonismo especial su inefable madre. No sé decir adiós logró el reconocimiento esperado para Nathalie Poza, que al principio tuvo dificultades para sostener simultáneamente su Goya y su abanico rojo.
La gala de los Goya fue como suele ser, es decir, soporífera. Sus presentadores, Ernesto Sevilla y Joaquín Reyes, no tuvieron demasiada gracia, y a sus intervenciones les faltó el ritmo vertiginoso que exige una entrega de premios, para no aburrir. La idea de acumular monólogos, o la puesta en escena impostada de la reivindicación feminista con abanicos rojos, no ayudó. Cuando se quiere usar una gala a favor de una causa, sin la necesaria espontaneidad, falta la frescura, y aquello se convierte en una sucesión de personas, que se ven obligadas a decir algo a favor de la mujer, más puestos de trabajo, más mujeres distribuidoras, etc, etc, con un esfuerzo muy forzado por mostrar un ingenio que no logra salir de la lámpara, atascada por el polvo de lo anodino y el lugar común.
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