Blog de Hildy
De Filadelfia a San Francisco
Han pasado quince años desde que se estrenó Philadelphia , película de Jonathan Demme , producida por un gran estudio, Columbia, sobre un homosexual
Han pasado quince años desde que se estrenó Philadelphia, película de Jonathan Demme, producida por un gran estudio, Columbia, sobre un homosexual infectado por el sida, que es despedido del trabajo por este motivo. El film fue importante para la causa gay, pues con evidente didactismo mostraba, no sólo la injusticia cometida con el personaje de Tom Hanks, sino que se procuraba subrayar que los homosexuales eran personas normales, a las que se podía dar la mano sin problemas, frente a la prevención que mostraba el heterosexual personaje de Denzel Washington. Para subrayar esa condición de normalidad apenas se detenía la narración en la relación del protagonista con su novio, Antonio Banderas, y en cambio había bastante espacio para mostrarle arropado por su numerosa familia, padres y hermanos felizmente casados y con hijos, que formaban una envidiable “piña”. La idea era sugerir que esa relación homosexual se integraba perfectamente en la unidad familiar.
Ha llovido mucho desde entonces, pero continúan llegando películas con doctrina gay, distribuidas por grandes compañías -en este caso, Universal-, para que la aceptación de la homosexualidad siga calando en la sociedad. Mi nombre es Harvey Milk de Gus Van Sant sigue a un activista de los derechos de los homosexuales, que llegó a ser concejal de San Francisco, y que fue asesinado al igual que el alcalde de esa ciudad. En 2008, las cosas son diferentes. Se habla más abiertamente de los gays y su actividad sexual, aunque hay que hacerlo con pies de plomo si cuestionas algún supuesto derecho, so pena de ser acusado de homófobo y caer en el más absoluto ostracismo. La película es directa al tratar la atracción entre hombres y sus relaciones amorosas. Las imágenes evitadas antaño, porque tal vez ahuyentarían al espectador, ahora caben, aunque hasta cierto límite, eso sí, requieren “tratamiento artístico sutil”, no es lo mismo que si mostraran a un hombre y a una mujer; curiosamente, el homosexual Van Sant ha sido más explícito con este tema en el pasado en títulos como Mi Idaho privado, pero precisamente se trataba de películas minoritarias, incapaces de llegar al “mainstream”, al público general. Como en Philadelphia, se combate lo que muchos -incluido quien suscribe- verían como injusticia, en este caso la exclusión laboral por la orientación sexual. El nervio de la película está en la lucha contra tal injusticia. Eso sí, hoy como ayer, se corre el riesgo de confundir la velocidad con el tocino, mezclar reivindicaciones de muy distinto corte y situadas en planos diversos. Se podría hablar mucho, y no es éste el espacio para ello, sobre la moralidad y tolerancia en lo referente a las relaciones homosexuales, lo que es y no es matrimonio, la paz social, etcétera. Lo que está claro es que el lobby gay ha crecido en influencia social y presencia, y buena prueba de ello es esta película.
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