Blog de Hildy
Amor, Haneke y Europa: los EFA, premios sintomáticos de un continente en crisis
Ayer se entregaron en La Valeta, Malta, los European Film Awards, premios del cine europeo, conocidos como los EFA. El modo en que discurrió
Ayer se entregaron en La Valeta, Malta, los European Film Awards, premios del cine europeo, conocidos como los EFA. El modo en que discurrió todo me parece la metáfora perfecta de la vieja y cansada Europa, que no acaba de encontrarse a gusto en la famosa Unión donde acaban primando los intereses particulares de las naciones, especialmente los de Alemania, y cuya aguda crisis va más allá de los problemas del euro y la crisis financiera, aunque nos cueste reconocerlo, sus causas últimas son nítidamente morales, puede verlo cualquiera que tenga ojos en la cara.
De entrada no deja de llamarme la atención que algunos de los premiados no acudieran recoger su galardón, al menos los casos del español Alberto Iglesias, de quien se reconoció su banda sonora para El topo, y de los protagonistas de Amor, Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva. Sus razones tendrían, en el caso de los dos últimos quizá la edad, pero eso de “no puedo”, “estoy muy ocupado”, “tengo que probar un par de yuntas de bueyes”, no deja de ser un poquillo triste, desluce la cosa. Y pienso que en los tiempos que corren Europa necesita lucir, cobrar algo de alegría, porque los ánimos no están como para tirar cohetes.
Y en éstas se premia como mejor película europea Amor, de Michael Haneke. También fue recompensada en el apartado de la mejor dirección, además de los premios de interpretación ya mencionados. Galardonada antes en Cannes con la Palma de Oro, me parece una formidable cinta de indudable fuerza, muy bien conducida y con enjundia, no caben grandes objeciones a su triunfo final.
Sin embargo, me parece que merece la pena recordar la trama de Amor. Nos habla de un matrimonio de ancianos, cultos, ambos antiguos profesionales en la enseñanza musical, que viven una apacible vida de jubilados. Se aman, están muy a gusto juntos. Su hija, casada, vive en otra ciudad, y les quiere, aunque tiene su vida. Un día surge lo inesperado e incontrolable, el deterioro físico, que empieza con un lapsus mental de ella, y acaba en parálisis, dura situación de dependencia. Él se prodiga en cuidados, pero ella no soporta la situación, desea la muerte.
No estoy de acuerdo con los que piensan que Amor es una película pro eutanasia. Más bien pinta Haneke con precisión de entomólogo el modo en que afrontan dos personas que se aman profundamente una situación dura, cuando no tienen referentes morales claros y está ausente el sentido trascendente de la vida y el dolor. Se sufre, mucho, y aquello no es digerido, asumido, resulta completamente irracional, fuera de toda lógica. El amado lo pasa fatal, y no hay esperanza alguna de que eso sirva para algo.
En el fondo Haneke particulariza en el caso de Georges y Anne, que así se llaman los ancianos de Amor, lo que tenemos en esta Europa nuestra enferma, al menos en muchas capas sociales, y en particular en las intelectuales: un continente desnortado, hastiado, que no sabe adónde agarrarse para justificar lo que hace o deja de hacer, que opta por relegar sus raíces judeocristianas al baúl de los recuerdos -el famoso debate de aludir o no a estos orígenes en el preámbulo de la fallida constitución europea-, a pesar de que sus ideales más nobles, libertad, igualdad y fraternidad, derechos humanos y compañía, sean deudores de ellas. Si tras esta vida no hay nada, apaga y vámonos, por amor, ésa es la triste idea de Haneke, muy bien simbolizada con la paloma atrapada en la habitación y Trintignant tratando de llevarla hasta una esquina para solventar (!?) el problema.
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