Blog de Hildy
La tentación de ver “La última tentación de Cristo” de Martin Scorsese
Voy a hacer una confesión que quizá sorprenda a alguno de mis lectores, siendo como soy un veterano escritor de cine. Hasta hace unos
Voy a hacer una confesión que quizá sorprenda a alguno de mis lectores, siendo como soy un veterano escritor de cine. Hasta hace unos días no había visto La última tentación de Cristo de Martin Scorsese. La película se estrenó en 1988, hace pues ahora la friolera de 25 años, y en aquella época no me dedicaba profesionalmente a criticar películas. Y aunque amante entonces también del cine, no sentí la necesidad de ver un film polémico, que al decir de comentaristas de mi confianza, no estaba muy logrado en sus aspectos estéticos, por no hablar de la imagen que daba de Jesús, que poco tenía que ver con aquel en quien los cristianos ponemos nuestra fe.
Así las cosas, el tiempo pasó, y nunca tuve la sensación de tener una laguna enorme que llenar en mi “background” cinematográfico. Hasta que el otro día llegó a mis manos la edición que acaba de editar en Blu-ray de la película el estudio que la produjo, Universal. Desde luego imagen y sonido prometían ser de la máxima calidad –y en efecto, lo eran–, y además el disco contenía una entrevista de la época con Martin Scorsese, explicándose. La tentación de ver La última tentación de Cristo resultó demasiado fuerte, o dicho de otra manera, me pareció que ya no tenía muchas excusas para dejar de verla y hacerme una idea de la misma, y sí cierta obligación profesional. Así que aquí estoy escribiendo, metido en un “jardín” en el que espero no perderme...
El director tiene la honradez –quizá impelida por las circunstancias polémicas que rodearon al estreno– de señalar antes de principiar el film, que se trata de un trabajo de ficción no basado en los evangelios. En mi modesta opinión éste es el principal problema: hacer una película sobre Cristo sin seguir las principales fuentes que tenemos del personaje es lo mismo que construir una casa sin cimientos. Scorsese, primero con su guionista Paul Schrader, y más tarde, aunque no figure en los créditos, con Jay Cocks, se basa en la polémica novela de Nikos Kazantzakis, aunque él mismo reconoce que se aleja de él para dar su visión, donde opta por dar prevalencia a la humanidad de Jesús sobre su divinidad, aunque él, católico y ex seminarista, confiesa creer en ambas.
Podría pensarse que fijarse en la humanidad de Cristo es un gran hallazgo –otros filmes presentan a Jesús de modo algo hierático, demasiado solemne, como si fuera de otro planeta–, pero creo que Scorsese confunde humanizar con pintar a alguien mediocre, débil, sin capacidad de atraer, en el que no se nota un amor incondicional por todos los que le rodean. El Jesús de Scorsese y Willem Dafoe, de haber existido, no habría vendido una escoba, si se me permite la expresión. El director se defiende diciendo que hay gente que no le gustará el film por no ser literal en lo relativo al Evangelio, pero el problema no estriba en la no-literalidad, sino en la traición al personaje. Ése no es Jesús, aunque se llame Jesús. Quizá esto sería más aceptable si se llamara “La última tentación de Brian”, pues al menos Monty Python en su parodia de los tiempos de Cristo en La vida de Brian no pretendían que su protagonista fuera Jesús, sino que le confundían con él. Scorsese va en serio, y por eso fracasa.
Demasiados momentos del film no funcionan. Arrancar con Jesús fabricando cruces para las ejecuciones de los romanos es una cínica ocurrencia. Mostrarle junto a los “clientes” de la Magdalena, echando alguna ojeadilla a sus “faenas”, no es algo propio de alguien excepcional y deslumbrante. Redimir a Judas, que entregando a Jesús no habría hecho otra cosa que seguir sus instrucciones, es otro curioso dislate.
No me gusta nada la iconografía de la crucifixión, el Señor retorcido en el madero de una forma muy extraña. No me convence improvisando parábolas, o en plan mitinero en el templo. Los milagros desconciertan, porque nadie diría que pueda tener poder para hacerlos. La siniestra broma de que asesinen a Lázaro al minuto uno de que Jesús le haya resucitado parece algo retorcida. La Virgen, Magdalena, Pablo, Judas, Marta y María, Juan Bautista, todos tienen un punto desagradable, ninguno cautiva.
Queda la tentación. La última. El diablo tentó a Jesús en el desierto, y dice el Evangelio que tras hacerlo se retiró hasta el momento oportuno. Para encontrar muestras de la humanidad de Cristo basta leer allí su agonía en el huerto de los olivos. Pero Scorsese-Kazantzakis manejan una idea más o menos original, la de que en la cruz el demonio le habría propuesto llevar una vida de hombre normal, con mujeres e hijos. La forma de escenificar esto tiene un punto de brillantez –evidentemente Scorsese es un gran director–, pero al mismo tiempo es ambiguo y confuso. ¿Ha caído o no en la tentación? No vemos lucha ninguna, más bien parece haber aceptado la propuesta, hasta que... ¡Judas! acude al rescate. De modo que al final todo es un juego que quizá el incrédulo encuentre ingenioso, pero que al creyente sólo puede parecer propio de quien no ha entendido nada.
No me extraña que un espectador creyente se sienta incómodo viendo este film, o simplemente oyendo hablar de él. Scorsese dice en su entrevista que no cree que nadie que tenga fe la pierda viendo su trabajo, y estoy de acuerdo, a no ser que ésa fuera de alguien pusilánime. Pero a diferencia de él, no creo que nadie se acerque a Cristo conmovido por La última tentación. Aunque quién sabe, los caminos del Señor son inescrutables, que diría algún predicador, y en los lugares más insospechados pueden crecer inesperadamente árboles frondosos.
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