Blog de Hildy
Locura y cordura de Don Draper y compañía en “Mad Men”
Seguramente Mad Men es la serie aún inconclusa más inteligente que puede verse hoy en televisión. La semana pasada
Seguramente Mad Men es la serie aún inconclusa más inteligente que puede verse hoy en televisión. La semana pasada concluyó la sexta temporada, que aunque no alcanza el altísimo nivel de la redonda quinta temporada, resulta más que apreciable. El capítulo con que se remata, dirigido por el propio creador de Mad Men, Matthew Weiner, es realmente brillante y modélico por el modo en que se atan algunos cabos y se dejan otros listos para nuevas andanzas de los trabajadores de la agencia publicitaria Sterling Cooper y asociados. Y me encantan las citas cinéfilas, Don Draper llevando a su hijo a ver El planeta de los simios (1968), algo en lo que le imita Roger Sterling provocando pesadillas a su nieto; o la idea poco realista de usar la exitosa La semilla del diablo en una campaña publicitaria, ocurrencia que sólo convence a un par de “tortolitos” cegados por un enamoramiento que les impide ver más allá de la pasión.
Uno de los logros de Weiner es presentar personajes cargados de humanidad, que anhelan encontrar la felicidad sin saber cómo ni dónde, que se comportan a veces de modo deleznable, y a los que a pesar de los pesares, no podemos dejar de apreciar y desearles lo mejor.
Imagino que en lo que sigue pueden aparecer algunos “spoilers”, pero resulta obligado si queremos ahondar en la madurez de una serie que no pretende justificar lo injustificable, pero que sí desea en cambio tratar de comprender por qué gente como Don Draper -formidable Jon Hamm, ya tan identificado con su personaje como el malogrado James Gandolfini lo estaba con Tony Soprano- no dejan de darse cabezazos contra la pared.
Verdaderamente lo de Don desorientado es de traca, pues casado con su antigua secretaria y ahora actriz, Megan, es capaz de engañarla con Sylvia, la mujer de su amigo y vecino, un prestigioso cirujano, e incluso con su esposa original, Betty, tal es su naufragio existencial, donde acaba siendo pillado por su propia hija adolescente, situación bochornosa e imposible de explicar. Su oscuro pasado le pesa como una losa -creció en un burdel-, e incluso acaba en un calabozo por propinar un puñetazo a un pastor que en el bar buscaba ayudar a “la oveja descarriada”, los recuerdos le han hecho perder los papeles. Eso sí, su gesto generoso de renunciar a partir a Los Ángeles -para abrir sucursal de la agencia, “robando” el puesto a quien se lo había pedido-, cediéndolo a Ted Chaough -cuyo “affaire” con Peggy Olson podría arruinar su vida familiar-, más la escena final con sus hijos, llevándoles al barrio marginal donde se crió, hablan de la añoranza del hogar, de un deseo impreciso de recomponer los trozos de su familia rota, mientras contribuye a que otra no se eche a perder. Aunque siempre quede la duda de si su retorcida mente esconde algo más, tal vez sin saberlo, como le reprocha la muy enfadada Peggy por su decisión de permanecer en Nueva York, apartando así a Ted de ella, o la completamente decepcionada Megan.
Me deja Weiner con la curiosidad de hacia dónde va Bob Benson, “mistery man”, siempre obsequioso, todo sonrisas, que parece tirar los tejos como hombre de familia a Joan Harris, mientras rompe completamente el saque a Pete Campbell, consiguiendo un cuidador para su madre con demencia senil, y con avances sexualmente dudosos.
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