Entrevistas
“Pocos espectadores quieren pagar por ver un film sobre un tema duro”
Kaouther Ben Hania, directora y guionista de “El hombre que vendió su piel”
Cuando uno acude al consulado francés de Madrid para entrevistarse con una realizadora tunecina, que ha rodado el film nominado al Oscar sobre arte contemporáneo “El hombre que vendió su piel”, con Monica Bellucci, se tiende a pensar en un encuentro con alguien muy diferente, quizás altiva, con la que resulte complejo comunicarse. Pero en persona, la cineasta Kaouther Ben Hania sorprende por su amplia sonrisa, que hace sentirse muy a gusto a su interlocutor.
Enseguida queda claro que se trata de una mujer culta, llena de energía, con muchas ideas, que vende muy bien su trabajo, pero muy cercana. En El hombre que vendió su piel, un sirio sin recursos se presta a que un excéntrico artista le tatúe una obra de arte en la espalda y le exponga en un museo.
Ha escogido un tema que por desgracia siempre está de actualidad, pues después de rodar el film se ha desatado la crisis de refugiados de la guerra de Ucrania, por ejemplo. Pero, ¿tenía miedo de que el público no quisiera ver en cine un film que muestra esta realidad?
Efectivamente, pocos espectadores quieren pagar por una película sobre un asunto tan duro. Se impone no sólo encontrar una historia atractiva, sino también tejer secuencias originales, que llamen la atención.
Es una forma de conseguir que el espectador no se vaya de la historia, o sea que no se ponga a pensar en qué va a cenar y se desentienda de lo que le estamos contando. Como realizadora, me siento igual que Sherezade en “Las mil y una noches”, que si no contaba una buena historia, era ejecutada al día siguiente. Para una directora de cine la muerte es que el espectador se vaya del cine o cambie de canal. Que no quiera seguir escuchando mi relato.
Por eso intento abordar cada secuencia como algo que tiene que interesar e implicar a los espectadores. Mi esperanza es que se identifiquen con el protagonista y entiendan sus sentimientos y cuando terminen la película tengan otra visión y otra comprensión de la vida. Esto es lo que espero.
¿Está contenta con la respuesta del público pese a que El hombre que vendió su piel se ha estrenado por desgracia en todo el mundo durante la pandemia del Covid-19?
La película no se ha estrenado en las mejores condiciones porque se anuló el Festival de Cannes por culpa del coronavirus, y se proyectó en el Festival de Venecia, en el peor momento. Después se estrenó cuando las salas de cine se habían cerrado, así que fue espantoso. Tenía miedo de defraudar a los inversores que habían puesto dinero en mi proyecto. Por suerte, conseguí una candidatura al Oscar a la mejor película Internacional, lo que aumentó el interés por mi trabajo.
En cualquier caso, no he encontrado la cantidad de público que esperaba. Por suerte, el film ha encontrado una nueva vida posterior al coronavirus. La prueba es que ahora se estrena en España. Pienso que eso demuestra que la película interesa.
¿Conocía el mundillo del arte contemporáneo que critica en el film?
No desde el interior. Sólo como espectadora que acude a las galerías y sigue un poco las noticias de actualidad. Todas las artes están conectadas al cine, por lo que me interesan, sobre todo el arte contemporáneo.
Cuando empecé a trabajar en el film, investigué mucho para entenderlo de manera profunda. Además de ir a galerías de arte y exposiciones, también estuve en subastas, leí libros, y me entrevisté con entendidos. Es lo que más me gusta de mi trabajo, explorar el mundillo en el que se supone que transcurre la acción.
Se inspiró en la historia real del artista Wim Delboye, que convirtió realmente a un ser humano en obra de arte mediante un tatuaje. ¿Qué hay de real en El hombre que vendió su piel?
La noticia me impactó, así que fui al Louvre a ver la instalación de Delboye. Había puesto en el museo a un hombre sentado, que tenía un tatuaje en la espalda. Lo que vi me inspiró a la hora de rodar el film. Pero el guión sólo se parece a la historia real en que un artista decide tatuar a un hombre, y que le exhibe en un museo. Poco más. Delboye es distinto de mi artista y el hombre tatuado no se parece en nada a mi personaje.
Pensé que tendría que crear una historia alrededor de este hombre, no la historia real, porque quería darle algo personal. Algo sobre mi preocupación del momento y lo que estaba pensando. Así me vino a la mente la idea de hablar sobre un refugiado y contar las razones que le llevan a prestarse para un trato propio de Fausto. Su piel se convierte en un lienzo para el trabajo de un artista. Entonces, en cierto modo, ha vendido literalmente su piel. Pero también la ha vendido de una forma más alegórica o simbólica, ya que vender tu piel significa “comercializar tus creencias internas”.
Me interesaban mucho los entresijos del mundo del arte. Es muy elitista. Lo siguen unos pocos privilegiados, que invierten su dinero en este mundillo. Por el contrario, me interesaban también el destino de los refugiados que llegan a Europa sin nada. Son dos mundos completamente opuestos. Me interesaba rodar un film en que chocaran.
¿Cómo escogió a Yahya Mahayni, que da vida al protagonista de El hombre que vendió su piel? ¿Cómo fue el trabajo con él?
No le conocía de nada. Hice un casting, en el que buscaba a un actor de Siria. Me hablaron de una escuela de teatro en ese país de la que han salido intérpretes que son grandes estrellas allí, y en todos los países árabes. Fui allí, pero no encontraba a la persona indicada.
Hice una prueba, a la que se presentó Yahya Mahayni, que me llamó la atención, pese a que no tenía experiencia como actor. Trabajaba como abogado y había rodado un corto. De hecho, vi enseguida que era un actor nato y que tenía un gran potencial. Cuando se fue del casting, el productor me dijo que si le contrataba se iba a llevar el premio al mejor actor en el primer festival al que fuéramos. Y efectivamente, fuimos a Venecia, y allí premiaron su interpretación.
Siempre había pensado en Monica Bellucci para este papel. Tenía una idea determinada en la cabeza. Estaba pensando en este personaje, Soraya, dueña de una galería de arte, y me dije que debía ser una mujer hermosa y glamourosa. Y cuando me vino a la cabeza la palabra ‘glamourosa’, inmediatamente visualicé a Monica Bellucci. Lógicamente, no tenía ningún contacto con ella, pero me animé a mandar el guión a su agente, un poco como quien envía un mensaje en una botella al océano. Pues bien, resultó que ella había visto mi película anterior, La bella y los perros, así que se leyó el guión, y enseguida me contestó afirmativamente. Contacté con ella para conocernos en persona, y me encantó. Es sensible y muy cálida, todo lo contrario que su personaje en el film.
Después de reclutar a Monica Bellucci, me llamó un día para decirme que tenía muchas ideas para su personaje. Yo estaba asustada, porque temía que lo que fuera a decirme contradijera las ideas que yo tenía. Insistió tanto que le dije que iba a quedar con ella para hablar del tema. Cogí una foto suya que se correspondía a la imagen que me había creado de su personaje, en la que aparecía teñida de rubio.
Cuando quedamos, ella me dijo que había pensado que el personaje tenía que ser una rubia falsa. ¡Justo como aparecía teñida en la instantánea que le iba a enseñar! Me di cuenta de que estábamos conectadas. Es como si el personaje quisiera aparecer como una persona fría y recta, cuando en realidad no es así. Es una persona falsa. Eso se ve en su relación con el protagonista, por ejemplo. El pelo teñido, con algunas raíces, refleja su forma de ser.
¿Ha sentido que tenía dificultades a la hora de dirigir por ser mujer o ya se han superado todos los problemas del pasado?
Por norma general no percibo ningún problema. Pero sí con esta película, porque necesitaba un presupuesto mayor. Mientras me mantenía en el terreno del cine barato, no pasaba nada. Me he dado cuenta de que yo era un riesgo, por ser mujer de Túnez. Me discutían si conocía algo de arte contemporáneo para hablar de ese tema en el cine. Desataba prejuicios por mi procedencia, pues nací en Siria. Pero al final he conseguido rodar la película. Todo bien. Es una coproducción de muchos países, porque cada productora me ofrecía una cantidad pequeña. Nadie quiso arriesgarse financiando una parte importante del film.
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¿Cómo fue la experiencia de los Oscar?
Tenía miedo de que no se nos invitara a la ceremonia por el coronavirus. Al final sí que fuimos. Quedé impresionada por el sistema americano, pues allí tienen otra manera de entender el oficio. Me encontré con mucha gente conocida, y muchas personas se interesaron por mí, al ser una nominada. Es una etiqueta que te permite reunirte con mucha gente. Me han propuesto muchos proyectos, aunque muchos de ellos no tienen que ver conmigo. Es un lugar donde prima el marketing y la apariencia. Pero fue una experiencia increíble y extraordinaria.
Hay algo cruel en los Oscar y en los premios en general. Sobre todo que se gastan mucho dinero en las campañas para lograr esos trofeos. Con ese dinero yo podría hacer dos o tres documentales. Por suerte, por la pandemia nos ahorramos el dinero de la promoción.
Pensé en rodar una sátira sobre el mundo de los Oscar. Aunque los propios americanos son muy buenos en la autocrítica y se lo dejo para ellos.
¿Qué rodará ahora tras El hombre que vendió su piel?
He decidido mantenerme en los documentales de bajo presupuesto. Preparo uno titulado La hija de Olaf, pero prefiero no adelantar nada.
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