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Entrevistas

Arturo Pérez-Reverte no necesita presentación

José María Aresté 01 Febrero 2000

Arturo Pérez-Reverte no necesita presentación. Sus novelas ocupan las estanterías de innumerables lectores, que han disfrutado intensamente con sus historias. Que manos ajenas toquen tu obra puede ser una experiencia difícil para un novelista. Hemos hablado con Arturo para conocer lo dulce y lo amargo de su relación con el cine en estos momentos en los que se presenta La novena puerta, película basada en su libro El Club Dumas.

La película de Polanski desecha la parte de la trama que se refiere al Club Dumas. ¿Lo sentiste?

Por razones de simplicidad del guión para cine, Enrique Urbizu me pidió permiso para aligerar la trama. Y yo le dije que dejara a un lado la parte de Alejandro Dumas, que complicaba la historia: el libro viejo, la parte de los mosqueteros... Y Urbizu lo hizo así. La decisión fue mía, y yo la respeto más que nadie. Es ya la quinta película sobre una de mis novelas, y ya tengo una cierta experiencia de lo que es el cine y las adaptaciones. Sé que es muy difícil lograr una buena adaptación, meter toda una novela en una película. Lo que hace falta es una trama clara, una buena línea argumental. Y todo lo que sea complicar... Yo soy el primero en asumir la economía argumental propia del cine. Una película es una película, y el que quiera una novela... pues que la lea.

¿Has estado muy encima de Enrique Urbizu o Roman Polanski?

Nunca estoy encima. La experiencia me ha demostrado que el escritor debe quedarse fuera. Hay que darles un margen de maniobra. Resulta imposible respetar una novela al cien por cien, ni siquiera al sesenta por cien. Pero Urbizu es muy buen amigo mío y me preguntaba, me planteó algunas dudas... Pero el guión es suyo y yo me limité a echar un vistazo.

En cuanto a Polanski, tuve una relación muy cordial, aunque tampoco íntima. Nos vimos un par de veces, me llamó por teléfono para plantear las dudas que le surgían... Le dije, muy claro: ‘Mira, Roman, es tu película, no mi novela. Mi novela está en las librerías.” Él había leído la novela ya, y le dije: “Lo que tú hagas me parece bien. Si me gusta la película aplaudiré, si no me callaré...” Esa es la historia. Le di libertad.

En tu novela, Lucas Corso muestra su fastidio porque le vengan imágenes de una película al pensar en Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas. ¿No temes que a tus lectores les ocurra lo mismo?

Es un riesgo que existe. Pero tengo claro que se trata de mis novelas. Algún lector puede recordar mis libros con imágenes del cine, pero si las recuerda como en El maestro de esgrima o en buena parte de La novena puerta, me parece bien. Lo malo es cuando se trata de una película infame, como La tabla de Flandes. Yo soy un cinéfilo acusado. En todas mis novelas hay alusiones directas a películas, hay guiños. Pese a la gran influencia del cine yo, como soy un lector muy seguro y veterano, sé que una película complementa una historia, nunca la perturba. No me da miedo. Sé que el lector siempre acabará acudiendo a la novela. Lo que la película hace es abrir una serie de puertas. O bien, gente que nunca ha leído la novela, se anima a hacerlo después de ver la película. Se pierde, evidentemente, en ese intercambio, pero pienso que es más positivo que negativo para la obra literaria si la película tiene un nivel mínimamente digno.

Polanski dice que no cree en el diablo, aunque ya antes había firmado La semilla del diablo. ¿Tú que dices?

He escrito una novela sobre eso, como sabes. El que quiera conocer lo que pienso, que la lea. Mi visión del diablo ni siquiera es la de Polanski. Él pone la suya. Utiliza mi trama para hablar de lo que él cree que es el diablo, de cómo él lo entiende. Mi modo de verlo está en la novela. Igual que te digo que no me meto en la película y la respeto, también, a la hora de definir mi concepción de las cosas, prefiero que se entienda con mi novela. De todas formas, en el libro está bien claro quién es el diablo. Yo veo al diablo menos como enemigo y maldad, según el sentido romántico corriente, y más como lucidez y rebeldía. Ésa es mi visión: el ángel que se rebela para conocer más, para saber más, y que paga un precio por ese conocimiento y lucidez.

Viendo el mal que hay en el mundo, tú que has sido corresponsal de guerra... ¿Ves ahí al diablo?

No, no, son los hombres. El hombre es un hijo de puta por definición. Lo que el hombre toca a menudo lo pudre, lo estropea, lo convierte en malo. El mal está en nosotros. Lo que pasa es que el hombre se busca a veces un diablo para tener una excusa. Igual que se busca a Dios, como consuelo. Pero en realidad el problema está en el hombre.

¿Somos incorregibles?

Por completo. No hay ninguna corrección posible. Hay gente más lúcida que otra, que trata de librar sus batallas personales, pero como colectividad somos incorregibles. Yo no creo en las salvaciones colectivas, creo en las salvaciones individuales.

Aparte del tema diabólico, uno de los temas del film es el amor por los libros. ¿Te sientes retratado en este aspecto?

A Polanski le gustan los libros y ésa es una de las razones por las que le enganchó la historia. El amor al libro está clarísimo. En realidad, el protagonista de la película es el libro, como refugio y como trinchera, como conocimiento y como lucidez.

Lo que menos me gustó de la película fueron los diez minutos finales. Pero fuera de eso me gustó bastante. Creo que está muy bien hecha, excepto en el final, donde discrepo del planteamiento. Hasta la fiesta en el castillo. Luego creo que se lleva la historia por unos derroteros que no son los míos. Pero era la opción de Roman, que él eligió y yo respeto.

Lo que más me gusta de la película, lo que más satisfecho me deja, son los libros. Hay libros por todas partes, y libros buenos de verdad, no de atrezzo. Y luego, Lucas Corso. Creo que Johnny Depp está magnífico. A veces ocurre que uno tiene una novela, y en ella a un personaje, y cuando lo ves en cine te dices: “Ese tipo no es el que yo inventé”. Sin embargo, cuando veía a Depp en la película, me decía: “Este es mi Corso”. La película podrá gustar más o menos, pero está claro que Depp está extraordinario.

¿Cuánto hay de Arturo Pérez Reverte en Corso?

Hay algo. Muchos amigos me dicen que mucho, otros que poco. Está claro que no hay ningún personaje que no tenga algo de uno. Se le da como herencia una visión del mundo, de la vida y de las cosas. Corso es mi personaje favorito de entre los que he escrito. Quizá por su punto de vista, su manera de ver al mundo, su modo de comportarse. Si Corso fuera reportero en vez de cazador de libros, quizá se me pareciera aún más. O quizá lo que he hecho ha sido cambiar un reportero por un cazador de libros. O quizá yo hubiera sido así si hubiera sido cazador de libros. Lo que te puedo decir es que Corso es el personaje más vinculado a mí. Pero no soy yo.

¿Dan los actores el tipo de tus personajes?

Johnny Depp era mi personaje. Igual que a veces la chica, Emmanuelle –y no es que me disguste­– no acaba de ajustarse físicamente al personaje que yo había imaginado, Corso sin embargo es clavado. Lo dice todo el mundo que ha leído la novela. La forma de reírse y de pararse, la ropa que lleva, su cinismo... Todo eso tiene que ver con el personaje.

¿Cuál de las adaptaciones fílmicas de tus novelas prefieres?

La de El maestro de esgrima. Sin que por ello quiera desmerecer de ésta. Hasta ahora se han llevado cinco al cine, y una era mala de verdad. La tabla de Flandes es divertida como peripecia o cómic, pero mi novela no tiene nada que ver con ella. Kathy Beckinsale está muy bien, es lo mejor de la película. Pero el conjunto es infantil, con un argumento que parece para retrasados mentales de Arkansas. El maestro de esgrima es ya un clásico, aunque al principio pasó desapercibida, y nadie le hizo caso. El pobre Pedro Olea hizo una película magnífica y pasaron de él completamente. Y en taquilla no fue bien en España. Sin embargo, con el paso del tiempo, la gente le pone estrellas, y dice qué estupenda era... ¡Ya podían haberlo dicho cuando se estrenó! Creo que es la mejor película de Pedro Olea, y es la adaptación que más satisfecho me ha dejado. Quizá sea también porque fue la primera, no lo sé, pero me parece un clásico, y se la recomiendo a todos tus lectores. No sé si estarás de acuerdo conmigo.

En el momento de su estreno escribí sobre la película, y me pareció muy interesante, y que recuperaba para el cine español las películas de aventuras

Además, es una película dignísima, con un nivel... Un auténtico acierto. Pero este país es como es. No estaba apoyada por ningún grupo, y pasaron de ella completamente. Y ahora todo el mundo, qué buena, muchas estrellas... Eso, cuando salió. Yo ahí , ni cobro ni dejo de cobrar, pero me pareció una pena, cuando salió la película, como trataron a Pedro. Y luego tuvo un Goya al mejor guión adaptado.

¿Hay alguna novela de Pérez Reverte que vaya a conocer una próxima adaptación al cine?

Hay varias cosas. Decir que El capitán Alatriste está en marcha, es algo exagerado. Se está haciendo un guión, muy complicado, para una coproducción internacional, pero eso está todavía muy verde. Luego hay un par de historias que están circulando, de las que no puedo decirte nada todavía. Y una película, que empieza a rodarse dentro de unos días, que se llama Gitano, dirigida por Manuel Palaciós, con Joaquín Cortés como protagonista. Es un thriller policiaco dentro del mundo del flamenco moderno, que ocurre en Granada. Se trata de mi primer guión directo para el cine, aparte de la trama –que no guión– que escribí para Camino de Santiago.

En cine sólo me meto por mis amigos. Me han pedido muchas veces guiones, pero sólo lo hago por ellos. Surgió con un amigo la historia de Gitano. Yo no lo haría por dinero ni por nada. Lo hago por esos amigos, porque me lo paso bien con la gente que quiero. Como experiencia agradable está bien. Si no fuera agradable, no lo haría. Gracias a Dios no necesito hacer películas. No es un mundo que me interese. Lo mío es escribir novelas. Lo que he hecho, ha sido por amigos míos que han comprado los derechos. Incluso en el caso de La tabla de Flandes, fue un amigo que luego revendió los derechos a otro.

José María Aresté
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