Blog de Hildy
Yo confieso y Hitchcock se confiesa... con un jesuita
Alfred Hitchcock se ha puesto de moda. No sólo porque se han editado en excelentes copias en Blu-ray un buen puñado de sus excelentes
Alfred Hitchcock se ha puesto de moda. No sólo porque se han editado en excelentes copias en Blu-ray un buen puñado de sus excelentes películas, sino porque el cine se está ocupando del mago del suspense, en un breve lapso de tiempo han llegado The Girl y Hitchcock, la primera una tv-movie sobre el rodaje de Los pájaros con Toby Jones asumiendo el papel del director, la otra centrándose en la filmación de Psicosis con Anthony Hopkins en el mismo papel. La verdad es que ninguna de las dos ha suscitado grandes entusiasmos, y da la impresión de que en los Oscar tendrá Hitchcock poco que rascar.
Sea como fuere, parece que las dos películas dan una visión no demasiado positiva del orondo director, se incide en manías y obsesiones, en lo que sería algo muy próximo a la crueldad. Por ello me ha interesado mucho el artículo titulado “El final sorpresa de Alfred Hitchcock”, escrito en el Wall Street Journal por el cura jesuita Mark Henninger, que tuvo el privilegio de conocer en persona a tío Alfred, visitarle en su casa, e incluso... ¡celebrar misa!
Cuenta Henninger que llegó a conocer a un octagenario Hitchcock gracias a un sacerdote colega, Tom Sullivan, que iba a confesar al director de Yo confieso y a decir misa en su casa, allá por el año 1980, pocas semanas antes de su muerte. Henninger explica que concelebró con su amigo ante Hitchcock y su esposa Alma Reville, y que le costaba no distraerse viéndose rodeado en el salón por los guiones de sus películas. Hitchcock respondía en latín a las plegarias –hacía tiempo que no frecuentaba la iglesia, y no había llegado a incorporar la introducción de las lenguas vernáculas de cada país con la reforma litúrgica del Vaticano II– y comulgó piadosamente, incluso derramando lágrimas.
Recomiendo encarecidamente la lectura del artículo para los que saben inglés. En cualquier caso subrayaré que me encanta el planteamiento de Henniger, sobre el misterio –suspense, diría yo– que supone la conversión de una persona, a cualquier edad. Evidentemente, cuando la muerte se acerca, las grandes cuestiones –¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?– asoman con inusitada fuerza, pero ello no supone chochear, ni mucho menos, sino simplemente caer en la cuenta, al fin, de que esta vida es un soplo, aunque sean 104 años como en el caso del recién fallecido Oscar Niemeyer.
Cita Henniger a unos de los biógrafos gurús de Hitchock, Donald Spoto, según él, “rechazó las sugerencias de que permitiera que le fuera a ver un sacerdote... que le visitara o celebrara algún tranquilo e informal rito en su casa como consuelo”. Su experiencia desmiente tal afirmación y le permite rematar de modo genial su artículo diciendo: “Que en los días finales del cineasta, él, deliberadamente y con éxito, dejara a los extraños creer precisamente justo lo que contrario de lo que ocurrió es puro Hitchcock”. Sí, un final sorpresa, el mejor final.
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