Reportajes
10 años de la muerte del sirio Moustapha Akkad, director de "Mahoma, el mensajero de Dios", a manos del terrorismo islámico
El fundamentalismo islámico se radicaliza cada vez más, y encima en algunos casos cae en un exhibicionismo grosero de sus matanzas, emulando al cine de Hollywood. El reciente horror de París es la última prueba de ello. Por eso parece adecuado hacer memoria de Moustapha Akkad, un cineasta musulmán que trató de dar a conocer pacíficamente las enseñanzas de Mahoma a través del cine.
9 de noviembre de 2005. Un atentado terrorista suicida con bombas de Al-Qaeda, perpetrado en tres hoteles de Amman, en Jordania, mata a 60 personas y hiere a otras 115. Entre las víctimas del hotel Radisson Sas se encuentran un anciano y su hija, que asistían a la celebración festiva de una boda. Él es Moustapha Akkad, nacido en Aleppo, Siria en 1930, sincero creyente del Islam. Ironías de la vida, había dirigido Mahoma, el mensajero de Dios, con el deseo explícito de dar a conocer las enseñanzas del profeta al mundo entero, con una estrella como Anthony Quinn de protagonista. Hombre delicado, se ciñó a la costumbre de no representar en imágenes a Mahoma, ni siquiera escuchamos en la cinta su voz. A veces la cámara adoptaba su punto de vista mientras conversaba con Hamza, su tío, lo que obligaba al espectador al curioso ejercicio de imaginar cómo discurría el intercambio verbal.
Nada indica que los terroristas de Al-Qaeda dirigidos por Abu Musab al-Zarqawi, buscaran ex profeso la muerte del cineasta, aunque sin duda no la lamentaron en absoluto. En cualquier caso Akkad sabía ya lo que era el fanatismo, pues con ocasión del estreno en Estados Unidos de Mahoma, el mensajero de Dios, afroamericanos del grupo extremista Nación del Islam protagonizaron incidentes en algunos cines donde se proyectaba la cita, que calificaron, para completo estupor de su director y productor, de blasfema.
No deja de ser paradójico que a aquellos a los que no gustaba que Akkad hiciera una película sobre Mahoma, luego filmen, bajo el paraguas del Estado Islámico y al más puro estilo Hollywood, los asesinatos de aquellos a los que tachan de infieles entre otras lindezas. O que planifiquen sus atentados teniendo muy en cuenta la repercusión mediática, como si estuvieran promocionando una película.
Akkad, aunque nació en Siria, era un apasionado del cine, y decidió estudiarlo yendo a la meca del cine. De modo que se formó en California, en UCLA y USC. Sus primeros trabajos audiovisuales los hizo para la televisión, en la NBC. Sólo ha dirigido dos películas, ambas con Quinn de protagonista, y con temas caros a él, donde las escenas del desierto presentan resonancias con el cine de David Lean. Tras el éxito en 1976 de Mahoma, el mensajero de Dios, a pesar de que era una película difícil, narró cinco años después la rebelión de Omar Al-Mokhtar contra los italianos en Libia en El león del desierto. Para la cinta obtuvo financiación del mismísimo Muamar el Gadafi, que veía con buenos ojos el rodaje sobre un héroe nacional de la independencia. En cambio, no llegó a poder materializar su deseo de rodar un film sobre Saladino, el hombre que combatía a los cruzados.
No era fácil para Akkad conciliar sus intereses religiosos y temáticos con el hacer el cine que más le atraía. Curiosamente, él fue el productor de Halloween, el inicio de una exitosa franquicia terrorífica, se convirtió en el padrino fílmico de John Carpenter, que vino hasta él con el guión de las andanzas del asesino traumado de la máscara, que ha resultado ser un angelito comparado con los fanáticos killers que matan blasfemamente en nombre de Dios.
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