Reportajes
San Sebastián 2008: A propósito de ETA
Dos días después del último asesinato de ETA, se presenta a concurso el nuevo film de Jaime Rosales. La fatal coincidencia aumentó aún más la expectación. ¿Cómo habrá abordado el problema del terrorismo el flamante último ganador del Goya a la mejor película?
Cine osado, cine arriesgado, cine experimental. Así eran Las horas del día y La soledad, y así es Tiro en la cabeza; si ya resulta arduo el seguimiento de sus películas para el público normal, acostumbrado a una narrativa más convencional, en este caso existe la dificultad añadida de tratar una verdadera “patata caliente”, como la del terrorismo en España. Rosales describe un hecho auténtico, el del asesinato de dos guardias civiles en las proximidades de Bayona, tras encontrarse fortuitamente con terroristas de ETA en una cafetería de carretera, en épocas de supuestas tregua y negociación. Para ello toma una decisión radical, la de prescindir de cualquier tipo de diálogo, de hecho se escucha con nitidez una sola palabra en toda la película. Confía el director todo su discurso a la objetividad de la cámara, un testigo mudo y omnisciente, el punto de vista divino, si se quiere. Y vemos a un tipo de apariencia corriente en San Sebastián, que sale con una chica, se reúne en la taberna con los amigos, acude a escuchar cedés de música a un establecimiento comercial. Ese tipo corriente y moliente, marcha en un determinado momento a Francia. Se va a producir el trágico encuentro, hay miradas de reojillo, la intuición del reconocimiento, la decisión brutal y despiadada. No hay palabras, viene a decir Rosales, éstas sobran. El cineasta ha querido prescindir de las argumentaciones verbales y los discursos ideológicos, para apuntar simplemente a gente que pretende llevar una vida normal, y al tiempo asesina sin contemplaciones. Esos son los hechos terribles, sutilmente subrayada la salvajada, nada más ser cometida, por un cartel en una fachada de la cafetería, que anuncia Animal & Co.
Dicho lo dicho, las claras intenciones pedagógicas, hay que señalar también que Rosales rueda bien, aunque la suya es una película limitada y con imperfecciones, cosa que él mismo admite, indicando que sus intenciones eran explorar nuevos caminos del lenguaje fílmico, y dar un aldabonazo en la conciencia del espectador. La duda estriba en saber qué espectador va a tener el aguante de ver una película de estas características, árida como pocas, y si hace falta hora y media de metraje para contar lo que cuenta. Es como si, exagerando un poco, para hablar del vacío existencial se entregara una película cuyo entero metraje fuera un plano en negro. Provocador, sí, pero poco más. También surge el interrogante de cómo visionaría una película como ésta quien no supiera a priori de qué va, carente de expectativas; un colega de la prensa extranjera preguntaba si había un fallo de audio, ya que no se oían los diálogos, por algo sería. Es encomiable el deseo del cineasta de aportar su granito de arena cinematográfica para acabar con ETA. Desgraciadamente, y a pesar de cierta insensibilidad de la sociedad, que necesita ser sacudida por atentados para recordar lo execrable que resulta segar vidas humanas por el motivo que sea, la idea sencilla de decir que matar está mal, se mire como se mire, la firmaría con Rosales en primera instancia cualquier politiquillo, para luego jugar a preservar sus, casi siempre pequeñitas, mezquinas metas.
No es habitual tener la oportunidad de echar unas risas con una película de la sección oficial. Casi todos suelen ser sesudos títulos que pretenden sensibilizar sobre no se sabe qué, o dramones que terminan como el rosario de la aurora. Tal vez por eso ha tenido una buena acogida, al menos entre el público, Louise-Michel, una sinsordada llegada de Francia y codirigida por Benoît Delépine y Gustave Kevern, repleta de explosivo humor negro, con la que resulta casi obligatorio reír a mandíbula batiente. Ya el inicio, un crematorio que, el colmo de los colmos, se queda sin fuego en un servicio fúnebre, anticipa el encadenado de gags y chistes en que consiste el film. El hilo conductor lo proporciona Louise, una oronda e inexpresiva mujer, que se queda sin trabajo junto a otras compañeras de una fábrica. Reunidas para crear, tal vez, una empresa juntas, usando el dinero de la indemnización, tienen una idea “mejor”: contratar a un asesino a sueldo, y matar al responsable de su despido. Escogerán para el trabajo a Michel, un supuesto experto que en realidad es incapaz de matar a una mosca.
La peli está bien llevada, pero en unos cuantos tramos se queda sin munición humorística, llegando a cargar el conjunto. Se nota la influencia de Aki Kaurismaki en los directores, pero falta su sutileza. Las pretensiones iconoclastas, de atacar a los malísimos ricos y explotadores del mundo, de crear humor con niñas con cáncer o ancianos decrépitos, o hasta juguetear con el terrorismo del 11-S, funcionan a veces, aunque todo se mueve dentro de un discurso más políticamente correcto de lo que podría creerse a primera vista. La película también juega peligrosamente y con abundante mala leche con la idea de la deconstrucción de los sexos, hombre, mujer, eso son construcciones culturales, ya se sabe, cada uno es lo que elige ser. Para rematar la faena de semejante disparate, este loco planteamiento se pone en boca de un sacerdote, en la última frase de la película.
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