Reportajes
Cannes 2009: Películas “de festival”
El Festival ha perdido su euforia del primer día. Rápidamente hemos vuelto a lo que se suele llamar “películas de festival”, o sea, obras conectadas con la realidad social o política de ciertos países.
Este es el caso de la cineasta británica Andrea Arnold, caso único en la historia del cine, pues su primera película, Red Road, recibió en 2006 el Premio del Jurado, y hoy vuelve con su segunda película a la competición de Cannes. Entretanto su cortometraje Wasp había recibido un Oscar y dado la vuelta al mundo.
Ahora, con Fist Tank, Andrea Arnold entronca con la vena del cine social británico. Su protagonista Mia (Katie Davis) tiene 15 años y ha acumulado en su vida todos los fracasos que se puedan imaginar. Sus amigas la han rechazado, pero sobre todo es su ambiente familiar el que la deprime, en perpetuo conflicto con una madre joven, que no duda en decirle que estuvo a punto de abortarla. Es esta madre la que introduce en su casa un nuevo joven amante, Connor (Michael Fassbender), que atrae la atención de la muchacha hasta que lo inevitable se produce. Pero el hombre comprende su error y rápidamente abandona el domicilio familiar. Mia, que quizá ha soñado con el amor perfecto, deberá pronto sufrir una última desilusión, Connor es un hombre casado. La cámara de Andrea Arnold, que ha rodado en una modesta ciudad provincial, se concentra sobre el personaje de Mia, que sigue a lo largo de toda la película. El trabajo de los actores es excelente, y el relato introduce al menos al final una nota de esperanza.
Resistencia musical irani
El Festival hace en cierto modo la resistencia al gobierno de Irán con, película que servido de inauguración a la sección paralela “Un certain regard”. Su director Bahman Ghobadi nos dice que está seguro de que no será nunca presentada en su país. Sin embargo la película ha sido rodada en Teherán, naturalmente sin autorización, y montada y sonorizada al extranjero. La historia es casi un simple pretexto. A la salida de la cárcel, Negar y Askhan, dos jóvenes músicos iraníes, deciden montar un grupo “underground”. Irritados de constatar que no pueden expresarse libremente, optan por partir a Londres, pero obtener los pasaportes para abandonar el país es una misión casi imposible, incluso recurriendo a las astucias de la corrupción de los funcionarios. La acción dramática de la película seguirá el itinerario de los jóvenes en su esfuerzo para completar el grupo y también para obtener los pasaportes. Pero lo más importante en la película no es esta carrera de obstáculos, sino las canciones que recorren la película. Los gatos persas se transforma así en una película musical, que es ilustrada, como en un “clip”, por imágenes rodadas clandestinamente en las calles de Teherán. Esta obra ofrece así una visión interesante sobre la situación actual de este país, donde la juventud se encuentra en un estado de rebelión abierta, contra un régimen que impone principios cada vez mas discutidos por los jóvenes. Hay que añadir que los actores son verdaderos músicos que interpretan sus papeles, y que la música y las canciones son de una calidad excepcional. Recordemos, en fin, que Bahman Ghobadi ha sido dos veces Gran Premio del Festival de San Sebastian (2004 y 2006) y que en el año 2000 recibió la Cámara de Oro por Un temps pour l’ivresse des cheveaux. Aunque estas películas son de un estilo muy diferente de la película que nos ocupa.
Un drama chino sobre la homosexualidad.
Tampoco Spring Fever, de Lou Ye, que ya en otras ocasiones ha tenido problemas con la censura china, será vista en su país. En 2006 fue presentada en Cannes Una juventud china, pero la película, que abordaba indirectamente los acontecimientos de Tienanmen de 1989, no había obtenido la aprobación de las autoridades y en consecuencia a Lou Ye se le había prohibido rodar durante cinco años. Hoy, habiendo encontrado productores fuera de China, puede permitirse el lujo de rodar una película, con el carácter de película china, pero destinada a una explotación en el extranjero. Ya en Una juventud china, Lou Ye mostraba su fuerte inclinación por el erotismo. Esta tendencia se acentúa ahora al tratar la homosexualidad en escenas que seguramente chocaran con la censura en muchos países, en primer lugar en los Estados Unidos. Estamos en presencia del triángulo clásico –marido, mujer y amante–, pero en este caso el amante del marido es un hombre. Las cosas se complican con la intervención de un detective, que vigila al marido y que termina entrando en el círculo erótico. La homosexualidad, crudamente mostrada, conduce aquí al suicidio de uno de los personajes.
La claridad, para un espectador occidental, no es el fuerte de Lou Ye. Después de la proyección de prensa los pareceres no eran concordantes sobre la identidad del suicidado, lo que naturalmente no es un tanto a favor de la puesta en escena. La factura cinematográfica de la película es correcta y los actores de calidad. Pero a fin de cuentas la película no escapa a la sospecha de que se trata, y no es la primera vez, de una obra destinada a una explotación internacional limitada de un cine militante.
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