Reportajes
Cannes 2013, día 16: visiones sombrías de la adolescencia, de Escalante, Ozon y Coppola
Hasta ahora el único verdadero acontecimiento del Festival es la lluvia torrencial que cae sobre Cannes, y que obligaba anoche a la famosa “montée des marches” a transformarse en un ballet de paraguas para proteger a las actrices, sumariamente vestidas, a enfrentarse con el viento y el agua. El número de curiosos ha disminuido y los “festivaliers” tienen tendencia a refugiarse en el Palacio de los Festivales, al que las ya numerosas cristaleras han quitado el desgraciado apelativo de “bunker. Quiza es esta nota negativa que trae siempre la lluvia en Cannes la que hace que las películas se pongan a tono con el tiempo, algunos dirán con la época, para darnos algunas visiones desagradables y dramáticas de la adolescencia. En la sección a concurso, Amat Escalante nos conduce con “Heli” a México, y François Ozon con “Jeune et jolie” a Francia. Mientras que Sofía Coppola nos lleva con “The Bling Ring” en la sección “Un certain Regard” a la fascinación mediática de Los Ángeles.
Amat Escalante, ya conocido por sus películas Sangre y Los bastardos, habla del joven Heli (Armando Espitia) que da el título a su película, pero sobre todo de su hermana, una niña de doce años, Estela (Andrea Vergara), que mantiene un idilio improbable con un aprendiz de policía de 17 años. Éste esconderá dos paquetes de cocaína caídos en manos de una policía corrompida. Tal hecho traerá sobre la familia de Estela todo género de desgracias, cuando los policías se dan cuenta de lo sucedido y de que Heli ha destruido la droga.
La representación de la violencia extrema en la pantalla
Escalante y su guionista Gabriel Reyes han imaginado una historia con retazos reales, pero cuyo centro dramático son las sesiones de muerte por tortura, organizadas por los agentes corruptos, y que tuvieron el efecto de que bastantes espectadores abandonaran la sala, pues marcan un nuevo límite en la presentación de la violencia en las pantallas.
Lo peor es que tales escenas de violencia extrema, adolecen de arritmia dramática, el relato resulta confuso, frío y sin nervio, a pesar de las provocadoras imágenes. Todo el mundo se preguntaba al final qué había querido pretendido Escalante: sorprender, escandalizar, o simplemente denunciar la corrupción de la policía. Este último parece tema ya gastado, pero sobre todo destaca la paradoja de la película, su falta de ritmo narrativo en una trama donde varias veces da la impresión de que va a llegar la palabra “fin”, que se hace esperar.
Ha sido en el capítulo de sucesos de la actualidad donde Sofia Coppola –que inauguraba la sección “Un certain Regard”–, ha ido a buscar el tema de su nueva película, quizá la más ligera de su filmografía, tanto por su tema como por su tratamiento, estamos lejos del misterio de Las vírgenes suicidas o de la reflexión de Somewhere, y también del gran fresco histórico de María Antonieta.
En The Bling Ring aborda la peripecia de un curioso gang de jovencitos adolescentes, adeptos de internet y admiradores de los grandes del cine o de la canción, que perpetraron robos en las mansiones de sus ídolos de Los Ángeles, de objetos valorados en tres millones de dólares. El motivo de sus acciones no era económico, sino el de encontrarse dentro de los muros de las casas de sus intérpretes favoritos para poder apropiarse de algunas de sus posesiones. El gang, una vez conocidas sus andanzas, fue bautizado por la prensa como “The Bling Ring”, y este apelativo ha sido adoptado para dar título a la película.
Los chicos son son Nicki (Emma Watson), Chloe (Claire Julien), Marc (Israel Broussard), Rebbeca (Katie Chang), Emily (Georgia Rock), Laurie (Leslie Mann) y Sam (Taissa Farmiga), que cayeron fácilmente en manos de la policía, que encontró enseguida buena parte del botín en las casas de los detenidos.
Una gran parte de la película esta rodada en un estilo documental que sigue los diversos episodios de la vida del grupo, así como sus espectaculares detenciones. Queda naturalmente la explicación de su comportamiento, apenas esbozada en la película, que se pretende una advertencia más que una condena, sobre las derivas de cierta juventud, presentada como carente de valores morales, sustituidos por ambiciones mediáticas, logradas y amplificadas en internet a través de las redes sociales. En este sentido la película de Coppola es interesante por mostrar la situación de una adolescencia prisionera de los valores efímeros que propone el lujo material de los grandes mitos del espectáculo.
De Jeune et jolie, la nueva película de François Ozon, sólo se nos había proporcionado una escueta sinopsis, sabíamos que se trataba de la historia de una joven adolescente de 17 años, a lo largo de cuatro estaciones y acompañada de cuatro canciones. Como siempre, Ozon se muestra en perfecta posesión de la cámara para seguir su relato. Es innegable una cierta perfección formal de lo que ha querido contar, queda por saber el contenido de lo que cuenta, aquí sumamente escabroso, tras su gran éxito con En la casa, que abandonaba uno de los temas dominantes de su cine, la homosexualidad. Aquí se trata de hablar de la adolescencia, y parece que Ozon quiere darnos su visión, considerada, quizá con razón, como la época de la revelación de la sexualidad. Su mirada no es rosa, y manifiesta ya un elemento discutible: reducir esta edad de la vida al tema puramente sexual, sin considerar otros parámetros importantes de esta edad de paso de la existencia, de ingreso a la vida adulta.
Pertrechado con estas ideas que Ozon comienza a contarnos, en una playa del Sur de Francia, la historia de Isabelle (Marina Wach). Una primera experiencia con un joven de su edad podría considerarse como normal, en los ambientes en los que la historia se desarrolla. Lo que ya no es admisible, cuando del verano se pasa al otoño, es descubrir que Isabelle se prostituye regularmente con contactos obtenidos en internet, y que esta prestaciones remuneradas, de todo tipo de “servicios,” terminarán bruscamente con el paro cardíaco de un cliente.
Ozon afirma haberse documentado sobre el tema de la prostitución de menores a través de internet. No pongo en duda que tales casos existen, lo que no puede aceptarse es que la conducta de Isabelle sea presentada como un símbolo de la adolescencia, sobre todo cuando Jeune et jolie consiste una sucesión de escenas escabrosas presentadas con complacencia evidente. Quizá la explicación de esta película pueda encontrarse en el hecho de que Ozon, tras abordar la homosexualidad, haya querido ocuparse de la heterosexualidad en términos igualmente negativos.
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