SIN ESPECIFICAR
San Sebastián 2011: día 23
Y al tercer día llegó la tercera y última ración de cine triple a concurso, se acabaron las películas a competición. Mañana ofreceré el obligado pronóstico, pero de momento aquí van los últimos comentarios a dos interesantes películas en las que no tenía mucha fe, la griega y la segunda francesa, más el retorno siempre plomizo del mexicano Ripstein.
Mi gran tragicomedia griega. Confieso que no esperaba mucho de Mundo injusto, el cine heleno no me ha deparado grandes alegrías en los últimos tiempos, aún me entran sarpullidos cuando pienso en Canino, que ignoro porque despierta tanta admiración en parte de la crítica, y el horroroso biopic El Greco. Encima leo en algún sitio que el film dirigido por Filippos Tsitos es Aki Kaurismäki a la griega, y la verdad, me echo a temblar. Contra pronóstico, asisto a la proyección de una buena película, donde ciertamente se nota la influencia del cineasta finés.
Sotiris es un funcionario de la policía que tramita las denuncias de delitos comunes, donde con frecuencia le toca tratar con pobres diablos, en muchos casos atrapados por las circunstancias en situaciones de dudosa legalidad. Pero él asegura que le basta mirar al presunto culpable para saber si debe continuar las diligencias, o distraer el correspondiente expediente para facilitar la libertad del denunciado. En uno de los casos en que cree firmemente en la inocencia de un acusado, se asocia con un compañero a punto de jubilarse para lograr pruebas que le exculpen. Con la desgracia de que mata a un confidente y pierden el dinero, aportado por el socio, con el que debían pagar las deseadas pruebas. Testigo de que Sotiris estaba en lugar de los hechos es una empleada de la limpieza, pero el policía confía en que la mujer aplique su sentido de la justicia como él aplica el suyo, cuando se explique ante ella.
Ritmo tranquilo, personajes lacónicos, nada de aspavientos, y aire de fábula moral. Tonos pastel verdes y marrones, una iluminación muy característica. Los ingredientes del cine de Kaurismäki están allí, bien utilizados, para componer un personaje, el de Sotiris, cuyas ideas acerca del bien y del mal sufren una dura prueba cuando toca que otros apliquen su esquema moral, y él beneficiarse del mismo. Su evolución, sus dudas están bien construidas; también nos creemos a la mujer de la limpieza, cuyo pragmatismo, producto del desencanto, toma direcciones inesperadas. Tsitos sabe además concluir su película, algo nada fácil.
Con Americano yo tenía malas vibraciones. Mal pensado que es uno (a veces), la presencia del actor Mathieu Demy a concurso -un novato en las lides de dirección de largos-, teniendo su padre Jacques Demy una retrospectiva de su obra completa en el festival, la consideraba yo posible parte de un pacto entre la organización y la familia Demy. Sea como fuere, lo cierto es que se trata de una película bien llevada, que no desmerece nada de la sección competitiva, bien podría este film francés hacerse acreedor de algún premio.
Martin se entera de que su madre, afincada en Estados Unidos desde hace años, y con la que no mantenía contacto, ha muerto. Sólo vivió con ella dos años siendo un niño, y los recuerdos de esa etapa los tiene muy desdibujados. El caso es que debe viajar a California para repatriar el cadáver y vender su apartamento, pero el regreso allí enciende el deseo de saber más, quiere salir de dudas acerca de hasta dónde llegaba el amor de su madre por él, y cuáles fueron los motivos que propiciaron su separación definitiva. Es el comienzo de un periplo que le llevará hasta Tijuana, México, donde se trasladó Lola, una buena amiga de su madre.
Demy, también guionista y protagonista de la cinta, entrega un drama con formato de thriller, y acomete con acierto la tarea no sencilla de que compartamos con el protagonista su viaje, sobre todo emocional, de descubrimientos y autodescubrimiento. Combina bien el cineasta la narración principal con breves flash-backs de la niñez, como si fueran retazos de películas familiares. Afrontar honradamente esta etapa inesperada de su vida, aunque toque beberse las lágrimas, podría ayudar a Martin a encauzar un futuro que hasta entonces se prometía errático. Aunque no falta el sexo gratuito -la escena de arranque, y el striptease de puticlub-, hay sentido fílmico en el relato, incluido el del apartado musical, tal vez en Mathieu Demy quepa decir aquello de que de tal palo, tal astilla. El reparto está bien, empezando por el propio Demy.
Hace once años Arturo Ripstein ganó la Concha de Oro y otros premios en San Sebastián gracias a La perdición de los hombres. Admito que aquello me dejó estupefacto, se trataba como en el caso de Las razones del corazón de una película cansina en blanco y negro, a la que costaba mucho entrar, si es que se lograba. En el film que nos ocupa también tenemos una trama densa y lánguida, decididamente plomiza. Todo gira alrededor de Emilia -una nueva Emma Bovary, la heroína de Gustave Flaubert, en palabras del director mexicano-, un ama de casa que descuida a su marido y a su hijita, y también las tareas del hogar. Sólo tiene corazón y alma para Nicolás, su amante cubano, un saxofonista que nunca la ha amado y así se lo ha confesado siempre. Lo que no le ha impedido aceptar los costosos regalos de ella a golpe de tarjeta de crédito, y la amenaza de embargo por impago cuelga cual espada de Damocles sobre Emilia, que lo intentará todo para conseguir el dinero debido.
En efecto, la historia que cuenta Ripstein con su habitual guionista Paz Alicia Garciadiego es Flaubert puro. Lo que no acaba de entenderse es la cita pascaliana de que “el corazón tiene sus razones que la razón no entiende”, pienso que Pascal no dejó escrito eso para aludir a y explicar acciones y actitudes puramente egoístas, ni tampoco para dar carta de naturaleza a algunas reacciones poco lógicas. Pero bueno, ahí queda.
Es posible que el ritmo habitual de Ripstein, con largos planos secuencia, en un escenario casi único, el apartamento de 80 metros cuadrados de Emilia, más el rellano de la escalera, la terraza, y otros pisos del inmueble, ayuden a acentuar el aburrimiento y la rutina que intenta romper ella con su aventura amorosa, y que eso sea bueno para lo que se pretende en la película. Todo es deprimente, y a Arcelia Ramírez, como la cansada ama de casa protagonista, le toca estar presente en casi todos los planos. Los hombres de su vida -el marido, el amante, un vecino...- se convierten en comparsas no complacientes en la obra fatal de la que es protagonista, y donde su destino está marcado; hay también mujeres, más bien hostiles a Emilia, la excepción es una vecina a la que se supone tan harta de todo como ella. Sensación amarga y de que no están todos los cabos bien atados deja la cinta del mexicano, que sigue sin embargo demostrando buen pulso, aunque es “su” pulso, al que es difícil que se adapte el espectador corriente.
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