Análisis de guión
28) "Green Book", de Nick Vallelonga, Brian Hayes Currie y Peter Farrelly
Llega a DVD, BD y plataformas digitales "Green Book", ganadora de 3 Oscar en las categorías de mejor película, guión original y actor de reparto, Mahershala Ali. Ocasión inmejorable para analizar en profundidad el libreto que ha sido premiado por los miembros de la Academia.
Escrita por Nick Vallelonga, Brian Hayes Currie y Peter Farrelly, y dirigida por este último, Green Book fue la gran triunfadora de los Oscar de 2019, con 3 estatuillas, incluida la más importante, la de mejor película. Además, fue distinguida también con el Oscar al mejor guión original. Está basada en hechos reales, ocurridos en 1962, y el primero de los guionistas es hijo del protagonista. Toma su título del libro de viajes editado por esas fechas, que señalaba los lugares donde se permitía alojarse a los negros en el Sur profundo de los Estados Unidos, en años en que la discriminación y los prejuicios raciales estaban a la orden del día.
Pero lo que se nos cuenta no es sólo un viaje físico. Se trata, sobre todo, de un viaje emocional, que responde al esquema del viaje del héroe –en este caso los héroes, que son dos–, que abandona la tranquilidad del hogar exponiéndose a riesgos varios, físicos, pero sobre todo interiores, la visión que tienen del mundo y las cosas cambiará. No radicalmente, pero sí de un modo significativo, que hará que sus vidas, una vez completado el regreso a Ítaca, sean mejores, más plenas. Valorarán más lo que ya tenían, serán más conscientes de sus puntos flacos, y habrán ganado en una percepción existencial más completa de lo que debe ser la vida lograda a la que aspiran. Las situaciones dramáticas conviven con un punto humorístico que las suaviza y las hace más llevaderas, de algún modo se recuerda que no deberíamos convertir todo en tragedia, que a todo se le puede encontrar un punto divertido para seguir adelante.
El relato arranca con una descripción de época y personajes muy completa, en que todos los detalles cuentan. Todo empieza en uno de los locales de moda, el neoyorquino Copacabana, donde Tony ejerce de “arreglaproblemas”. Con escenas breves, muy bien escritas, enseguida conocemos a Tony Vallelonga y sus circunstacias. A quien tiene ganas de bronca, le trata sin contemplaciones, no rehuye una pelea para dejarle en su sitio. Un sombrero “perdido” de un gángster cliente del club, puede ser una buena ocasión de ganarse unos dólares. Estamos en tiempos de recesión, y el cierre temporal del Copa, deja a Tony sin empleo al menos durante unos meses. Y él, hombre cabal, nunca aceptará actividades ilegales, que podrían estar a su alcance con facilidad.
Cambio de tercio, le vemos en su hogar. Él es italoamericano, vive en el Bronx, con su esposa Dolores y sus dos hijos. Aunque le rodean también abuelos, hermanos, primos... Es un ambiente bullicioso, donde ya apreciamos su proverbial labia. También somos testigos de sus prejuicios raciales, que son los de la época, por dos operarios negros que han estado arreglando un electrodoméstico: Dolores les ha ofrecido agua, y él acaba depositando los vasos en la basura. Descubierto el caso por ella, con una mezcla de reproche y comprensión, ay, este marido, los recupera con mentalidad práctica y sentido común. Es evidente que su familia es la razón de su vida para Tony, y por ellos hará lo que sea, hasta comerse 26 perritos calientes, uno detrás de otro, para ganar una apuesta.
Finalmente, Don acaba llamando a su casa a Tony, y pide hablar con Dolores, lo que proporciona un rasgo significativo del carácter del músico, su sensibilidad, el deseo de que la esposa esté de acuerdo en no tener cerca a Tony durante ese tiempo prolongado. Ella da su conformidad, y todo está lista para la partida.
La película cuenta con un segundo y largo acto que arranca con el inicio del viaje, y se prolonga hasta la llegada a Birmingham, donde está programado el último concierto antes del regreso a casa por Navidad. La escena que antecede a la subida de los cuatro viajeros a los dos coches –en uno viajen Oleg y George, en el otro Don conducido por Tony–, nos muestra a los responsables de la discográfica entregando a Tony el Libro Verde con los alojamientos donde podrá recalar Don, y que sigue apuntalando la idea de que el viaje no va a estar exento de dificultades por los prejuicios raciales. De hecho la idea es presentar un descenso progresivo hasta los lugares donde las vejaciones y humillaciones son más pronunciadas. Si en el primer destino, Pittsburgh, el hotel donde duermen es razonable, y el piano Steinway estipulado por contrato les aguarda en el escenario, en las siguientes escalas se sucederán los obstáculos. Puede que el piano preparado sea una cochambre, que a Don no se le permita usar el aseo para blancos aunque él sea el artista de una gala, o que se le vede el acceso a un restaurante.
Del mismo modo, ahora toca ir salpicando el relato de situaciones que sirvan para el conocimiento entre empleado y patrón, en que se da una inversión de lo que serían los roles tradicionales, más si se supone que imperan los prejuicios por el color de la piel. Pues Doc es que el manda, y Tony el que obedece. Aunque por supuesto, la relación es peculiar, porque la poderosa personalidad de Tony está en movimiento todo el tiempo, aunque siempre siguiendo las reglas del juego de quién manda y quién obedece. De ahí los momentos de confusión, en que el observador ignorante cree que Tony es el que manda, como la escena, ya bastante avanzada la película, en que los dos entran en una sastrería para encargar un nuevo traje para Doc, y el dueño a principio es muy agradable cuando cree que es Tony el cliente, mientras que pone todas las dificultades del mundo cuando descubre que es Doc el que quiere probarse unos de los trajes. También es muy significativa la escena en que el coche sufre una avería en medio del campo, y Tony se arremanga para hacer la reparación. Los trabajadores negros de una plantación cercana se quedan literalmente petrificados viendo al blanco trabajar y a su jefe negro mirar, es una situación a lo que no están precisamente acostumbrados.
Aprender a conocerse
El viaje supone que Tony y Don comparten muchas horas juntos, en lo que va a ser una experiencia enriquecedora para ambos, pese a las reticencias con que uno y otro emprenden la aventura. Tony no para de hablar todo el tiempo, es más, alardea de su labia, y de que le apoden “cuentista” por la facilidad con que arrima siempre el ascua a su sardina en las conversaciones con los demás. Don querría un viaje tranquilo, con momentos de silencio, bien arropado con su mantita, pero el otro no va a parar de hablar. Y aunque maneja de maravilla el volante, no deja de alarmarle por la frecuencia con que se gira hacia atrás para mantener la conversación.
La obligada convivencia supone que ambos hombres se van a conocer bien. Tony es como un hombre de cristal, no tiene nada que ocultar, se da a conocer tal y como es. Esto no significa que sea indiscreto, pero si le preguntan, dice lo que hay, como ocurre en el encuentro, en una de las escalas, con unos conocidos gangsteriles de Nueva York, que le ofrecen trabajo. La conversación se desarrolla en italiano y Tony cree que Doc no les entiende cuando quedan verse en el vestíbulo del hotel más tarde; oído todo Doc, previendo una catástrofe, hasta se aviene a pedirle perdón por algunas dificultades en el camino de las que tiene la culpa, pero el otro, reconociendo lo hablado, le tranquiliza, él es un hombre de palabra, se avendrá a lo acordado, sólo iba a encontrarse con esos hombres para explicárselo tomando una copa.
Acercamiento
Tony tiene claro que, como italoamericano, también pertenece a un grupo étnico fácilmente estereotipable, los suyos serían otro tipo de “negros”, a los que les gusta la pasta, la pizza y el aceite, y también constituyen un grupo que es considerado aparte. La diferencia es que es un tipo sin complejos, no convierte eso en un drama, lo sobrelleva viviendo al día y ocupándose de los suyos. Disfruta de lo que tiene a su alcance, como la maravillosa oportunidad de degustar el auténtico Kentucky Fried Chicken en su lugar de origen, una escena perfecta para plasmar el acercamiento entre los dos protagonistas, cuando Tony logra que el otro supere sus melindres de tomar los muslos grasientos con los manos, e incluso de arrojar el hueso por la ventanilla; al principio lo rechaza porque lo asocia al cliché de que a los negros les tiene que gustar necesariamente el pollo frito; pero finalmente acaba disfrutando del placer de esa comida sencilla.
También la música ayuda al mutuo entendimiento. Ya hemos hablado de la música popular que escuchan en la radio, y que Tony disfruta, pero que Don desconocía. Pero luego está el primer momento en que el italoamericano ve a su patrón al piano, algo que le pilla completamente desprevenido, reconocerá con sencillez en sus cartas que es verdaderamente genial, y sabrá apreciar ese otro tipo de música, y buscar que los pianos Steinway estén siempre disponibles en los sitios donde debe actuar. Lo que sirve también para el último concierto fuera de programa en Birmingham, donde aunque el público es popular, y las condiciones no óptimas, descubre que esos espectadores también son capaces de conectar con lo que toca, aunque hubiera un vaso de whisky sobre el instrumento, una señal para él sintomática de lugar que no es adecuado para desplegar su genio.
El guión juega en muchos momentos el juego de las paradojas: un negro que quiere ser aceptado entre los blancos, y no es comprendido ni por estos ni por los suyos, un blanco que entra en los estereotipos de los negros, unos blancos que mantienen sus prejuicios pero que acogen a un artista negro a modo de espectáculo de feria, aunque sea con ropaje cultural. En lo relativo a la inversión de roles, se produce uno en torno a la capacidad de meterse en líos de Doc y la capacidad de solucionarlos de Tony. Ocurre una noche en que viajan perdidos bajo la lluvia, y les detiene un coche de la policía. Un policía impertinente se lleva un guantazo de Tony, y éste y Doc terminan entre rejas, el segundo sin ningún motivo. Sin embargo, la llamada telefónica a la que tiene derecho les sacará de apuros, porque Doc llama nada menos que al fiscal general, Bob Kennedy, que logrará por intermediación del gobernador su inmediata puesta en libertad.
El punto de inflexión que nos conduce al tercer acto y al desenlace lo constituye el último concierto, navideño, que debe tener lugar en un local exclusivo de Birmingham. Los prejuicios y paradojas en esa ciudad de Alabama son más que notables. Porque le ofrecen aparcamiento principal, pero le ofrecen un camerino cochambroso. Pero lo peor de todo es que no le permiten compartir restaurante con los otros dos del trío, y con Tony, exactamente en el mismo lugar donde va a tocar dos horas después. La señal de que los dos ya tienen mucho en común es su disposición a ceder en lo que, al inicio del viaje, habría sido impensable: Don se niega a tocar si no le dejan cenar ahí, pero transigirá si así lo desea Tony, para llegar a casa a tiempo; y Tony, tras haber tratado de arreglar las cosas con los anfitriones con su proverbial labia, entenderá que esa nueva humillación no es de recibo, y que tiene todo el sentido suspender la función, aunque llevo conlleve la renuncia a la mitad de su sueldo. En efecto, dejarán plantados a los organizadores del concierto, y se van a cenar a un restaurante popular, donde tendrá lugar un improvisado y exitoso concierto para los lugareños negros, con el que Doc disfruta enormemente.
A la salida del local Tony ahuyentará a unos potenciales ladrones con su supuesta arma de fuego que resulta ser real, no le ha pasado inadvertido que unos tipos de ese garito habían fijado su atención en el fajo de billetes que blandía Doc. Entonces emprenden el regreso a casa, intentarán llegar para la cena de Navidad, lo que se antoja una empresa casi imposible, son muchos kilómetros, y hace mal tiempo, incluso les sorprende una nevada, y Tony está muy cansado. Entonces Don intercambiará el puesto con él y se pondrá al volante mientras el otro duerme en el asiento trasero, hasta dejarle en la puerta de casa.
El clímax acontece en casa de Tony, donde ya están celebrando la Nochebuena con una estupenda cena. Nadie menciona a Tony, y quizá todos excepto tal vez Dolores, dan por hecho que no llegará a tiempo. Pero sorpresa, se presenta en medio de la alegría del clan familiar. Doc se ha ido a su casa, a su particular torre de marfil, todo parece indicar que va a volver a estar donde solía, o sea, solo. Pero en último término vencerá sus reticencias y acabará asomándose en casa de los Vallelonga con una botella de champán, y tras el estupor inicial, acaba acogiéndole como a uno más, entre risas y abrazos, y el agradecimiento de Dolores, que sabe bien, intuición femenina, que Doc echó una mano a su marido a la hora de redactar sus cartas.
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