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Entrevistas

Kate Hudson se adueña de "La llave del mal"

Jerónimo José Martín 01 Noviembre 2005

Hija de los actores Goldie Hawn y Bill Hudson, e hijastra del también actor Kurt Russell, Kate Hudson lleva la actuación en sus genes. Por eso a nadie le sorprendió que, tras cinco películas menores, ganara con 21 años el Globo de Oro a la mejor actriz y optara al Oscar por su papel en "Casi famosos", de Cameron Crowe. Después se casó con el músico Chris Robinson y ha protagonizado varias películas interesantes: "El Dr. T y las mujeres", "Las cuatro plumas", "Cómo perder a un chico en 10 días"... En enero de 2004 dio a luz a su primer hijo, Ryder Russell Robinson, lo que retrasó casi un año la filmación de "La llave del mal". Sobre esta película hablamos durante su reciente estancia en España.

¿Qué fue lo que más le atrajo del guión de ‘La llave del mal’?

A diferencia de otros muchos thrillers, en los que la propia historia aplasta a los personajes, en La llave del mal son los personajes quienes llevan el peso del relato. Esto refuerza el trabajo de los actores.

¿Le atrajo también cambiar de género, después de tantas comedias?

Claro. Este filme está muy alejado de todo lo que he hecho hasta ahora, e incluso tiene un componente malo y siniestro. No quiero encasillarme y por eso me viene bien hacer todo tipos de géneros. Hacer reír a la gente es magnífico; pero un actor sería injusto consigo mismo si sólo hiciera un tipo de papel y no intentará también la tragedia, el drama, el cine de acción...

¿No le inquietó afrontar los cuidados paliativos?

 No. Además de cuidar a mi abuela en su última etapa, practiqué cuidados paliativos durante unos servicios sociales que realicé desde la high school. Me fascinó ver personas lúcidas, conscientes de que se están muriendo, y hacerlas reír y disfrutar, un día entero o cinco minutos, da igual. No hay nada tan poderoso como una persona al final de su vida, que ha trabajado y ha tenido una vida plena. Todos lo vamos a experimentar. En la recta final de la vida, las personas adquirimos una dignidad especial, que nos obliga a pensar sobre lo que realmente somos.

¿Cómo le sucede a su personaje?

 En efecto. Caroline es una mujer fuerte y curiosa que, conforme avanza la historia, se va sintiendo cada vez más aislada. Es enfermera, y por tanto, está acostumbrada a encontrar una explicación científica de la realidad. Por eso le cuesta tanto replantearse sus creencias ante el conocimiento del hoodoo. Pienso que la verosimilitud de ese conflicto dramático, de ese paso del escepticismo a la duda y al miedo es lo más inquietante de la película.

Pero tiene una lectura equívoca, pues, en cierta manera, cuando comienza a tener fe, comienza su perdición...

Como en cualquier ámbito de la vida... En cierta manera, la película viene a decir que cuando te lanzas a algo con fuerza, cuando das el salto, corres el riesgo de romperte algo. Es lo que pasa, por ejemplo, en el amor, donde también los problemas comienzan cuando empiezas a tener fe en él.

¿Es usted supersticiosa?

Pues sí. De hecho, viajo a todos lados con mis cristales protectores. Pero ser supersticioso es distinto a creer en Dios o en el más allá. Y yo también soy creyente: ahí fuera hay algo o alguien que nos ayuda. Pienso que estamos en la Tierra para vivir una experiencia, para ser conscientes y entender esas cosas importantes. Por tanto, debemos hacernos preguntas y buscar respuestas, o por lo menos algún tipo de entendimiento. Y tener algún tipo de fe, creer en algo.

¿Cómo le influyó el hecho de ser madre justo antes de empezar el rodaje?

Un bebé te hace madurar, te obliga a hacerte más preguntas, a pensar en la vida, en la muerte, en por qué estamos aquí... Y a la vez, te da una energía enorme, que te permite afrontar grandes retos. En mi caso, sentí cómo si fuera una nueva etapa de mi carrera. Empezaba de nuevo, mucho más enfocada, sin miedo y dispuesta a todo. Tus hijos te piden que estés presente, y quizá esa sensación es una buena herramienta de trabajo.

¿Qué tal llevó tantas escenas físicas y sin dobles?

Creo que el coordinador de especialistas se sorprendió al ver que era capaz de coordinarme bastante bien... (risas) En la película rompo ventanas, trepo a sitios, me arrastro por el barro bajo la lluvia... Un día me miré las rodillas y las tenía amoratadas, como cuando jugaba al fútbol de pequeña. Otro día estuve empapada durante quince horas. Y me encantó. No hay nada como volver a casa después de un largo día de trabajo, con las heridas de guerra... Ha sido un rodaje muy divertido.

Por cierto, que en la escena de la huida en canoa por los pantanos, usted parece estar verdaderamente aterrorizada. ¿Era así?

Como no iba a estar aterrorizada, si estaba en una canoa casi sin fondo, a ras de agua, en un pantano infectado de mosquitos y cocodrilos... Justo antes de comenzar a rodar, todo se quedó en silencio. Me sentí sola y aterrada, como la pobre Caroline. Fue algo asombroso; una cosa así no se puede inventar, hay que vivirla. Era como estar dentro de El corazón de las tinieblas, la novela de Joseph Conrad.

¿Se están cumpliendo sus expectativas tras ganar el Globo de Oro y optar al Oscar?

Totalmente. Esas distinciones cambiaron mi carrera radicalmente, pues a partir de ellas se multiplicó el interés por mí. Además, fue importante que no ganara el Oscar. Hay actores que sueñan con él toda la vida. Yo lo acaricié cuando tenía 21 años, y quizá ganarlo entonces hubiera sido contraproducente. Cuando lo perdí, mi padrastro, Kurt Russell, me dijo: “Enhorabuena, ahora sí que puedes empezar tu verdadera carrera como actriz. Puedes trabajar, concentrarte en la realidad, hacer películas de todo tipo, aunque sean malas”. Tenía toda la razón.

¿El hecho de ser hija de famosos le ha facilitado las cosas dentro de Hollywood?

La máquina de Hollywood funciona al margen de ese dato. Ciertamente, el hecho de ser de una familia de famosos te puede facilitar hacer una prueba. Pero también es verdad que la gente te mira con lupa, o mejor, con un microscopio enorme, y te perdona menos que al común de los mortales. Por tanto es un arma de doble filo. Incluso, si tienes éxito habrá quien lo achaque a las influencias de tu familia y no a tus propios méritos. En todo caso, yo veo a mi familia de un modo muy diferente a como la ven los demás. Ellos son mis padres y mis hermanos: me han criado, me han castigado, me han animado...

¿Cómo ha sido trabajar con Gena Rowlands?

Ha sido una gozada. Siempre he admirado todas sus interpretaciones, y en concreto la que hizo en Una mujer bajo la influencia, de John Cassavetes, que me entusiasma. Ahora he podido disfrutar de su forma de actuar, de su generosidad, de su disponibilidad con todo el mundo...

¿Y con John Hurt?

Ha sido también increíble. Como su personaje no puede hablar, actuaba a través de los ojos. De este modo he comprobado lo que ya pensaba: que la mayor parte de cualquier interpretación se basa en los ojos del actor.

¿Se siente un poco atada como actriz por su físico?

Prefiero no considerarme guapa. Yo, desde luego, no me veo así. Ciertamente, soy mujer, y me encanta ir bien vestida y comprar ropa. Y también es verdad, que me han ofrecido papeles de chica “guapísima y guay” (risas). Pero la verdad es que prefiero trabajar sin necesidad de sentirme glamourosa y sin pasarme dos horas maquillándome, con todo colocado y los pómulos perfectos. Es mucho más divertido entrar en el set de maquillaje, echarte agua, un poco de rimel y ya está. Como ha sucedido en La llave del mal. Ha sido un delicia no tener que preocuparme de mi aspecto físico y trabajar con ropa loca y sin maquillar. Es justo como me gusta ir cualquier día normal.

Su padre es músico y usted misma toca la guitarra y el piano. Supongo que le habrá gustado el interés de su personaje por la música sureña.

Caroline se siente a gusto en Nueva Orleans porque le encanta el rock and roll y el blues. Durante los dos meses que pasé allí, entendí que una persona aficionada a la música pueda enamorarse de la ciudad y querer quedarse allí para siempre. También me resultó intrigante el contraste entre la vibración y la energía incesante de Nueva Orleans —la ciudad que nunca cierra— y esas vastas plantaciones y esos enigmáticos pantanos que la rodean.

Jerónimo José Martín
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