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Análisis de guión

40) "The Quiet Girl (La chica callada)", de Colm Bairéad

José María Aresté 25 Septiembre 2023

Colm Bairéad hace que lo difícil parezca fácil. Partiendo de un relato de Claire Keegan articula un guión que es una verdadera obra de orfebrería, con un despliegue de sentimientos contenidos verdaderamente sorprendente.

En 2022 sorprendió la solidez, sencillez, poesía y limpieza narrativa de The Quiet Girl, nominada al Oscar a la mejor película internacional, en representación de Irlanda, y que en su mayor parte está hablada en gaélico. Su presencia desde hace poco en plataformas de streaming, como Movistar+, motivan este análisis de su guión.

Un viaje de ida y vuelta

La estructura de The Quiet Girl, urdida por Colm Bairéad, es la de un viaje de ida y vuelta. La niña del título, Cáit, va a pasar los meses de verano a la granja de Eibhlín, prima lejana de su madre, casada con Séan, y sin hijos. Y como estamos ante una trama de corte realista, aunque esté atravesada de lirismo, intuimos que salvo mayúscula sorpresa, igual que llega, Cáit se irá. Curiosamente el film se contiene una sorpresa, que conocemos bien avanzada la historia, que me atrevería a comparar con la revelación final de un título de género bien diverso como es El sexto sentido, de M. Night Shyamalan, que hace que todo lo que hemos visto antes y nos producía quizá extrañeza, cobre un significado nuevo. Sí, se hace uso del recurso de la “misdirection”, de “jugar al despiste”, creíamos que las cosas era de un modo, pero en realidad eran de otro.

Una atmósfera lírica de detalles y contrastes

La narración, aquí, donde es fundamental la “atmósfera”, se construye en los detalles, a veces como subtexto, también para subrayar contrastes, siempre de un modo descriptivo y sin aspavientos. En el arranque, vemos a Cáit en su casa. La suya es una familia numerosa, tiene muchos hermanos, y la madre está embarazada; el bebé nacerá en verano, precisamente ése es el motivo del traslado temporal de Cáit. La niña es retraída, habla poco, se queja poco. Buena y callada, vemos a un padre aficionado a las apuestas, descuidado en la atención de su prole, cuando no hay desayuno que tomar, les sugiere a los niños que busquen a ver si hay algo de pan por ahí; la madre es una mujer sobrepasada y desilusionada, no parece esperar mucho de un marido que la ha decepcionado, se ocupa como buenamente de las tareas de la casa, pero aquel es un hogar oscuro, sin alma ni amor. Lo más luminoso es la inocencia de los niños, pero parecen como contagiados de pasividad y resignación ante lo que les toca.

La tosquedad del progenitor queda de manifiesto en el viaje en automóvil, más de 300 kilómetros, para depositar –ninguna otra palabra describe mejor lo que va a hacer– a su hija en la granja de los parientes de su mujer. Apenas se detendrá en el lugar unos minutos, aduciendo que le aguarda un largo viaje de vuelta, y ni por asomo muestra un poco de gratitud, hasta les dice que “podéis quedaros con ella todo el tiempo que queráis”, tampoco hay un mínimo gesto de ternura, un beso de despedida. Aunque el colmo es que se marcha sin haber sacado siquiera del coche el equipaje de Cáit. Eibhlín tendrá que improvisar con ropa vieja de niño, que tiene en casa, y que con algún ajuste podrá ponerse.

La tía de Cáit se esfuerza en ser afectuosa con la niña, y vista la falta de sensibilidad del padre, no puede dejar de comentar que “yo nunca habría dejado a mi hija con unos completos desconocidos”, que es lo que acaba de hacer el otro. Más frío se muestra Séan, incluso rehúye mirar a la recién llegada y dirigirle la palabra, aunque todo invita a atribuir esa actitud, al menos en un primer momento, a que está enrabietado, le puede embargar la sensación de que le han tomado por un “primo”, en la otra acepción de la palabra, encasquetándole el cuidado de la niña. Llama la atención lo luminosa y cuidada que está la casa, y que la comida en la mesa es abundante, sin excesos, y está bien puesta. Ante los modos retraídos de la niña, que no sabe si puede o no decir determinadas cosas, Eibhlín, para ganarse su confianza, establece lo que parece una regla sagrada, “en esta casa no hay secretos”, aunque la realidad puede ser tozuda y acabará desmintiéndola.

Ha nacido un hogar

Cáit es una niña buena, que no da ninguna guerra. Lo suyo sería que Eibhlín y Séan se repartieran su atención, según las tareas que toca acometer a cada uno, pero al principio es ella la que debe tenerla a su lado todo el rato, el otro no quiere saber nada. En otra ocasión, varios vecinos amigos vienen a jugar a las cartas con el matrimonio. Inevitablemente llega el momento en que toca que Séan y Cáit se queden solos, y el trato se irá haciendo más fluido, dentro de que ella es callada y él sigue manteniendo las distancias. Pero hablan, hay preguntas, le acompaña en las tareas de limpieza en un establo. Se producirá un significativo avance cuando Séan propone a la niña un juego en el que demostrar su velocidad, gracias a sus largas piernas. Debe ir corriendo al buzón que hay en la puerta de la finca y volver con el correo, y él la cronometrará; aquí se establece al fin una complicidad decisiva. No será la única vez que veamos a Cáit correr y al otro midiendo sus tiempos. Son pequeñas cosas, pero muestras de afecto que llenan el alma a uno y a otra. Además de un eficaz mecanismo de repetición que marca la progresión en la relación, hasta el desenlace. También la ida a un pozo a sacar agua, o la limpieza del establo, son mecanismos repetitivos que tienen sentido, no se trata de “rellenar” sino de mostrar en la segunda escena algo nuevo y enriquecedor, las cosas progresan de algún modo, la historia avanza.

Un momento importante es aquel en que deciden que hace falta comprar ropa a Cáit, que la niña no puede ir a la iglesia con la ropa de prestado que está llevando, de modo que van a la ciudad. Séan dará una propina generosa a la niña para que se compre un helado, y con Eibhlín comprarán varios vestidos bonitos y sencillos, la pequeña queda especialmente contenta con uno que incluye una especie de manto, lo ve muy “favorecedor”; la dependienta habla de que “su hija” está preciosa con este vestido, y la otra no la desmiente diciendo que no es su hija, que es una sobrina.

La sorpresa al estilo “El sexto sentido”

Dentro de ese hogar en el que está viviendo Cáit, y en el que se está tan a gusto, toca compartir una noticia dolorosa. Ha muerto el padre de una familia amiga, la afligida hija no mucho mayor que Cáit trae la triste nueva, y está dispuesto el velatorio. Nunca ha visto la niña un cadáver, y quizá otra persona habría pensado que Cáit no pinta nada en esa despedida, pero hay un elemento educativo y de introducir a la realidad de la vida, que Eibhlín no quiere obviar, piensa que quitar hierro a la situación y hacerle partícipe del duelo le hará bien.

El velatorio conduce al punto álgido de la película, que sostiene y justifica toda la trama. Eibhlín y Séan desean quedarse con la familia del difunto, y una mujer, madre de familia, se ofrece a cuidar de Cáit llevándosela a su casa, la niña podrá estar entretenida con sus hijos. Eibhlín le agradece el gesto, pero en realidad no es altruista, sino la ocasión de chismorrear, preguntando a la niña por mil cosas, sobre la gente que va a su casa, lo que hace o deja de hacer, hasta que hace el comentario de no entiende cómo la han vestido a ella con la ropa de un muerto. Ante el gesto de sorpresa de la pequeña, ella le pregunta extrañada si no le han dicho nada de que el matrimonio tenía un hijo y que murió en un accidente al caerse en la fosa séptica de la granja. La noticia supone sin duda un shock para la cría. La cosa no va a más, porque con una puntualidad que llama la atención, Séan se ha presentado en la casa para recoger a la niña, que está recién llegada.

En el regreso, le preguntan cómo ha ido, de qué han hablado. Cáit comienza contando algunas cosas menores, como que la mujer quería saber si para hacer sus pasteles Eibhlín usaba mantequilla o margarina. Hay un poquitín de suspense acerca de si la niña contará lo que de verdad la ha impactado, pero que se resuelve enseguida y es coherente con el clima de confianza y amor que han ido tejiendo. Lo que sirve para que finalmente conectemos y entendamos tantas cosas: que Séan fuera incapaz de mirar a la niña, que le recuerda a su hijo, que hubiera cierta premura para ir a la ciudad para comprarle ropa; y que, aunque no queramos, a veces guardamos secretos, como el de la muerte de un niño, que así de entrada no parece que sea razonable contar a la inocente Cáit, en cuyo hogar original ya le han pasado factura algunas penalidades, aunque sea de otro tipo, de falta de cariño y ternura. Pero que cuando sale inesperadamente al descubierto, deja huella.

Ya en casa, salen afuera tío y sobrina, y Séan trata de recoger y suavizar la situación, explicando que en la vida hay hechos dolorosos, y le pide perdón porque se haya enterado de la muerte de este primo lejano y de que ha estado usando su ropa, de esta manera. Entonces hace una alabanza de su mujer muy bella, dice de Eibhlín que “le gusta esperar lo mejor de las personas, aunque con frecuencia le decepcionan”, lo que explica que permitiera que Cáit se quedara con esa mujer, o que conceda oportunidades a personas ingratas y poco delicadas, como puede ser su prima pidiéndole el favor de quedarse con la niña ese verano.

La carta final

En una de las carrera de Cáit al buzón, trae una carta de casa. Ha tenido un hermanito. Y tocará volver a casa, el colegio empezará pronto. No son noticias inesperadas, es lo que hay, pero deja un sabor amargo en el nuevo trío familiar tan bien avenido. Hay que hacer los preparativos para el regreso, esta vez serán Eibhlín y Séan los que lleven a la niña a su casa.

Pero antes llega un aviso de que está pariendo una vaca, Séan debe marchar a toda prisa, y también Eibhlín debe atender un recado. Cáit se queda sola, y aunque triste, y callada como suele, quiere prestar un servicio, y se marcha al pozo sola a traer agua. Cuando se inclina, la oímos caer al pozo.

Viene entonces un momento fuerte de suspense, ¿se repite la tragedia, primero el hijo y luego la sobrina? Eibhlín regresa a casa y no encuentra a la niña, enseguida advierte que no está el cubo de agua, comienza la angustia, corre afuera, y encuentra a la niña… empapada y tiritando de frío, pero a salvo. Deciden cuidarla y demorar su regreso, aunque la familia hubiera puesto una fecha para el regreso, quieren evitar que caiga enferma.

La última carrera

Lo que nos conduce al desenlace, primero en la llegada a casa de Cáit, hay como un juego de espejos con respecto al viaje de ida y la llega al hogar de Eibhlín y Séan. Están la madre y los hermanos, ella atareada como siempre, diciendo que enseguida conocerán al bebé, cuando esté arriba, cuando se ponga a llorar, y en efecto, así ocurrirá. Más tarde llegará el padre, de quien no asoma muestra de cariño alguno, aunque cuando estornuda –un efecto de la caída al pozo– hace un comentario nada delicado sobre los padres que no saben cuidar a los hijos, y lo acostumbrados que están ellos por su numerosa familia. La paciencia de Séan tiene un límite, e igual que el otro cuando llevó a Cáit a la granja dijo que tenían un largo viaje, éste adopta una actitud semejante. Hay prisas para despedirse, y el adiós a la niña carece de la ternura que habría cabido esperar.

Pero el amor y la correspondencia se han instalado en el corazón de Cáit. De modo que cuando el coche de sus tíos emprende la marcha, ella realiza su última carrera –todo un símbolo de la libertad ejercida, la alegría recuperada, el amor hallado–, una de esas carreras para las que le ha entrenado Séan, quien sin duda hacía el mismo juego con su hijo muerto; de modo que en la parada para abrir la valla de salida de la finca alcanza el coche y ahora sí, se funde en un abrazo con el recién descubierto padre, mientras el otro, el padre biológico, viene detrás, reclamando lo suyo, pero sin el amor que existe en la persona de la que necesariamente toca despedirse.

La película invita a reflexionar sobre el "happy end". ¿Es un final feliz el que nos ofrece Bairéad? Seguro que hay quien pensará que dejaría mejor sabor de boca ver a la niña con sus tíos, adoptada para la ocasión. Pero tal solución sería tramposa e insatisfactoria. El modo de resolver sí encaja a la perfección, porque es la vida misma, e invita a pensar que la niña podría aportar la luz recién descubierta a su hogar de origen. Pero es que además la cosa queda abierta, con el reencuentro o despedida final más intensa, no se nos comunica lo que vendrá después, pero la sensación es de autenticidad absoluta.

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  • Bob Slutske
  • Concepción Cascajosa
  • El caballero de los siete reinos: El caballero errante
  • Extraños en un tren
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