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Las alas de la vida
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Las alas de la vida

Las alas de la vida

Crítica decine21.com

estrella
7
Saber vivir, saber morir
Saber vivir, saber morir

En el año 2003, al doctor Carlos Cristos le diagnosticaron una rara enfermedad degenerativa del sistema nervioso, para la que no se conocía curación. El pronóstico suponía pocos años de vida, durante los cuales se produciría un deterioro progresivo. Amigo del cineasta Antoni P. Canet, a Cristos se le ocurrió la idea de proponerle el rodaje de un documental sobre ese tiempo de vida que le quedaba, con idea de que pudiera servir de ayuda a otras personas, a la hora de afrontar su enfermedad.

Valioso film acerca del verdadero significado de vivir y morir dignamente. El documental de Canet nos acerca a la gran calidad humana de Carlos Cristos, que se esfuerza por vivir lo que le queda de vida amorosamente, asumiendo las limitaciones de la enfermedad, afrontándolas con una sonrisa, en la medida de lo posible. Aparte de la movilidad, que se iba reduciendo, el doctor tenía problemas con el habla, algo especialmente duro para él, que había tenido un programa radiofónico sobre medicina.

Cristos confiesa haber acompañado antes a otros pacientes en su sufrimiento, y que sentía como la obligación de dar testimonio en primera persona, haciendo ver que ese dolor puede ser positivo. El espectador compartirá o no todo lo que dice el protagonista, por ejemplo en las líneas de investigación para luchar contra su enfermedad. Pero resulta imposible no reconocer su enorme coraje. Con su ejemplo, hace toda una pedagogía del llamado testamento vital, distinguiendo bien entre lo que es el suicidio y la eutanasia, que rechaza, y lo que supone rehusar tratamientos médicos desproporcionados que prolongan inútilmente la vida, aplicados en parte por la no-aceptación de la muerte como un paso natural e inevitable en la existencia de todo hombre. Y hay una muy adecuada descripción de los cuidados paliativos, que pueden eliminar el dolor físico, y que ayudan a sobrellevar el dolor moral de sentirse inútil, con un cuerpo cuyos mecanismos fisiológicos más elementales no se pueden controlar.

Hay espacio en el film también para el amor de los seres queridos, sostén de primera magnitud en una situación como la de Cristos. Allí están su esposa Carmen, también médico y guionista del film, su pequeña hija, sus padres, su hermano, sus amigos entre los que se cuenta una religiosa, con cuya labor en Ruanda ha colaborado Cristos desinteresadamente. Aunque al principio parece que se eluden cuestiones como la fe y la trascendencia, la esperanza de otra vida, éstas también acaban surgiendo, como era natural. Cristos dice no creer, al menos no al modo usual, pero admite tener la esperanza de encontrarse con Dios al otro lado del tunel, de entrar en una eternidad cuya naturaleza no se ve capaz de entender, pero que le fascina.

En un trabajo de este tipo, uno de los peligros a los que se enfrentaba Canet era el respeto a la intimidad de Cristos, no cruzar una frontera que nunca se debería cruzar. Se notan y agradecen la amistad y delicadeza del cineasta para quedarse en el punto justo. Su cámara es testigo de excepción de los últimos días de Cristos, pero hay un pudor, una contención… En algunos momentos en que a Cristos se le saltan las lágrimas, no falta esa pregunta, tan humana, “¿paramos?”, a la que sigue una no menos humana respuesta “no, es bueno que se vean estos momentos de fragilidad”.

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