Entrevistas
“El amor se demuestra sabiendo marcharse y dejar irse"
Entrevista con Celia Rico Clavellino, directora de “Viaje al cuarto de una madre”
Cuando me encuentro en una librería de cine madrileña con la sevillana Celia Rico Clavellino me sorprende su aspecto juvenil, apenas aparenta que sea treintañera. Sin embargo, bastan unos minutos de conversación para darse cuenta de su madurez intelectual; todo indica que ha leído mucho, tiene inquietudes, y sobre todo, lo más importante, una enorme pasión a la hora de defender su trabajo. Pero no resulta pedante a la hora de hablar de Viaje al cuarto de una madre, una de los mejores debuts en el largometraje de los últimos años en el cine español. Va a haber que seguirla de cerca.
Bastantes, aunque yo no soy madre. Refleja mi mirada como hija. No es autobiográfica en cuanto a los hechos que narra, pero sí en cuanto al tema. Me gusta mucho una frase de Vivian Gornick cuando habla de escritura personal, que opina que un autor se define a sí mismo a través del tema que elige. En ese sentido, la película está construida a partir de una pregunta que yo me hago constantemente, desde que me fui de casa: ¿Es posible corresponder al amor de los padres?
Opino que esta pregunta causa malestar, porque la respuesta siempre será que no. Nunca lo conseguirás. A partir de la frustración que causa darse cuenta de esto, empiezo a escribir el guión. Como parto de ahí, según voy desarrollando la trama introduzco elementos que tienen que ver con mi propia vida, casi de una manera inconsciente. Sobre todo, están los objetos que forman parte de mi ámbito familiar.
¿Su familia se parece a la de Viaje al cuarto de una madre?
Mi madre es costurera. Enseñó a Lola Dueñas a coser para rodar la cinta. Estuvo dos meses acudiendo a la casa de mis padres para aprender. Mientras, yo estaba en la habitación de al lado, planificando el rodaje.
¿Fue complicado ponerse en el lugar de la persona que está separándose de su hija?
Como sabía que no podía hablar desde mi propia experiencia, empecé a pensar cómo podría saber qué se siente cuando se está en esa situación. Imaginé cómo sería abrir un agujero en la pared desde el que pudiera contemplar a mi propia progenitora. Pienso que quienes han sido padres no dejan de serlo nunca, aunque no estén en ese momento con sus hijos, pero me preguntaba cómo entrar en una persona como Estrella cuando es algo más que madre. Por esa idea de estar vigilando en la sombra me obsesioné mucho con encontrar una localización que tuviera las habitaciones una frente a otra, desde la que puedo asomarme y verla a ella. Así la escribí.
El verdadero acto de amor es dejar marchar a las personas que quieres, a quienes quieres tener siempre a tu lado. Si no les permites partir, les estás queriendo desde el egoísmo. Todos los padres les dejan marchar. Hay un poema muy bonito que dice que el amor se demuestra sabiendo marcharse y dejar ir. En este sentido es difícil quedarse sin tu hija, pero para ella también, así que al estar las dos mal, acaban entendiéndose en cierta manera.
¿Pensó en Lola Dueñas y Anna Castillo cuando escribía el guión?
Nunca, porque cuando escribo pienso en personas que conozco, o incluso me imagino a mí misma en una situación determinada. No me gusta poner caras. Empecé a pensar en Lola Dueñas cuando el proyecto empezaba a hacerse realidad, y me habían dado luz verde para rodar. Decidí junto a los productores quién podía ser Estrella y quién podía ser Leonor. Ahora, una vez terminada sí creo que parece que he concebido a los personajes para ellas.
Cuando hablé con Lola Dueñas por primera vez me dijo que le encantaba el personaje, pero me advirtió de que tenía que buscarme a una actriz que hubiera sido madre –ella no ha dado a luz–, para que hiciera una interpretación más honesta. ¡La tuve que convencer! Luego me ha confesado que se moría de ganas de aceptar, pero que le gustó tanto la historia que estaba convencida de que la iba a estropear. “¡Piensa en tu película!”, me llegó a decir.
Luego hizo un trabajo tan profundo como generoso. Tengo la impresión de que estuvo trabajando en el personaje las veinticuatro horas del día durante tres meses. Tiene una cosa muy bonita: es una persona muy pura. Cuando siente algo, consigue hacértelo llegar. Yo no quería que encarnara a una madre castradora, sino frágil y tierna, que por supuesto se ponga en su lugar cuando llegue el momento, tiene que ser fuerte y proyectar entereza, pero sin parecer dura. Me gustaba mucho Lola Dueñas , porque compuso a una Estrella que parece una niña pequeña. En un momento determinado, cuando empieza a darse cuenta de que su hija puede valerse por sí misma, casi parece una hija. La actriz aportó mucha luz al personaje.
Sorprende, pese a que su papel sea más breve, el actor –de gran experiencia teatral– Pedro Casablanc. ¿Cómo ha sido trabajar con él?
Normalmente le ofrecen personajes de tipo duro, policías o malvados, y dio vida a Luis Bárcenas. Lo hace tan bien que cae mal, pero aquí iba a ser un bonachón. Cuando le conocí me preguntó “¿por qué has pensado en mí para hacer esto? ¡Si nunca me ofrecen nada igual!”.
A él le interesó el film precisamente porque le suponía un reto, no se parecía a sus trabajos habituales. A mí me venía de perilla porque pretendía que no se supiera a la primera cuáles eran las intenciones del personaje, si tiene algún tipo de interés oculto, o sólo quiere que Estrella diseñe los trajes para un concurso.
También le gustó mucho que tenía que aprender a bailar. Nunca lo había hecho en una película y le apetecía mucho.
No sé si podré arrancar otro proyecto. En cualquier caso, siempre podré escribir, porque eso lo hago sola en mi casa.
Supongo que sentir algo de temor es normal. Pero a diferencia de Verano 1993, cuya directora, Carla Simón, es muy amiga mía, aquí no contaba estrictamente hechos que me habían sucedido a mí. Yo no me baso tanto mi vida sino en mis preocupaciones.
Creo que no sería capaz de contar algo que no conozca. No es que tenga que hacer siempre películas muy autobiográficas, pero cuando vuelva a poner en marcha un film será con algo que tenga que ver con mi intimidad, o con las cuestiones que a mí me inquietan o me preocupan. Yo hago cine para detener el tiempo y pensar en cosas a las que no puedo dedicarle un rato en el día a día. No tienen que ser cosas que me pasan. Muchas veces meditas sobre cosas que no te pasan…
Una vez que ha logrado rodar una ópera prima, ¿animaría a los jóvenes aspirantes a directores o no?
Según el día, a veces sí y a veces no (risas).
Sí, hay que ser positivos. Pero les aconsejaría rodearse de gente que les anime a seguir adelante. El cine no se hace en soledad, es un trabajo en equipo. A veces te levantas con pocos ánimos, por eso es bastante importante saber que hay otras personas que están embarcadas en el proyecto contigo. Esto te permite estar en una zona de confort, porque dirigir es un reto demasiado grande, existen muchos factores que te pueden hacer fracasar.
También les aconsejo irse a rodar a un sitio donde les quieran, de ahí lo de irme al pueblo. Todo eso, y también… ¡apuntarse a un gimnasio! ¡Les hará falta mucha vitalidad física!
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