Entrevistas
Danny Boyle no se quema mucho en "Sunshine"
Danny Boyle suele sorprender en cada nueva película, cambiando por completo de género. Tras abordar el terror en 28 días después, rodó Millones, una tragicomedia dirigida al público familiar. Ahora, entrega una cinta de ciencia ficción al estilo de 2001: una odisea del espacio. Boyle es un tipo jovial y alegre, que sonríe en todo momento y bromea mientras le entrevisto en Madrid. Me deja totalmente descolocado cuando asegura que ya se había entrevistado conmigo antes, que me he vuelto a poner a la cola, para hablar de nuevo con él. Pero luego se ríe y me da la mano.
¿Qué es lo que más le interesó de una historia de ciencia ficción como Sunshine?
Sobre todo, las relaciones humanas. Me parece interesante indagar en lo que puede pasar cuando ocho personas permanecen juntas en un sitio cerrado durante mucho tiempo. Esta película, en concreto, sigue los pasos de unos personajes que ya llevan 16 meses de convivencia, y entiendo que en tanto tiempo ha ocurrido cualquier cosa imaginable: peleas, momentos emotivos, bromas, etc. Para que los actores se comportaran entre ellos de forma similar a lo que ocurriría en la realidad, les hice convivir durante unos días en una residencia de estudiantes. Era un lugar de pequeñas dimensiones y pocos lujos, que se parecía mucho a la astronave del film.
Esos personajes que usted estudia están en una situación extrema, como suele ser habitual en su filmografía... ¿Se esfuerza por buscar ese tipo de historias?
En una situación extrema, el ser humano se olvida de fingir lo que no es, de los convencionalismos sociales y de todo, así que contra más extrema sea, mejor se puede observar la esencia del individuo. He tomado como punto de referencia para esta película La Cosa, de John Carpenter, en la que los personajes están en la Antártida, uno de los lugares más inhóspitos de la Tierra. De hecho, me encantaría rodar una película que transcurriera en la Antártida.
Las relaciones entre personajes en situación límite son el tema central de todos sus filmes con el guionista Alex Garland. Éste es el tercero que ruedan juntos. ¿Por qué le gusta trabajar con él?
Siempre tiene grandes ideas que encajan para desarrollar escenarios de este estilo. Esta vez, el punto de partida es maraviloso. Se le ocurrió a él mostrar qué ocurre en un grupo de personas que viaja 93 millones de kilómetros, las reacciones ante la misión. Se inspiró en lo que ocurre en misiones reales, como la del Apolo al lado oscuro de la Luna, pues dejan a los astronautas muy afectados psicológicamente. La película narra un viaje estelar, pero también un viaje psicológico.
En esta ocasión, toda la película transcurre en escenarios. ¿Ha trabajado mejor así, o echa de menos el rodaje en exteriores?
En el estudio suelo sentir que lo tengo todo un poco más controlado. El reto consiste en mantener la frescura que supuestamente tendría el mismo escenario en la realidad. En ese sentido, siempre me acuerdo de una frase de Jean Renoir, el genial director francés, que decía que siempre, en un rodaje, “hay que dejar la puerta abierta para que entre la vida real”. Lo importante es tratar de recrear el mundo de fuera, con la mayor fidelidad posible.
¿Se puede interpretar la película desde un punto de vista religioso?
He querido dejar abierta la posibilidad de que sea el espectador el que elija lo que más le conviene. La parte final admite diversas interpretaciones, porque también se puede explicar desde el punto de vista científico. Desde una perspectiva religiosa, se puede interpretar que elementos fundamentalistas nos están alejando de Dios. Ahí está el problema de los fundamentalistas islámicos y los terroristas. Capa, el físico protagonista, está sometido a una gran presión, y cuando está a punto de lograr su objetivo, se topa con un individuo que cree tener la razón, y en nombre de Dios le impide avanzar.
El Sol nos da la vida a los seres humanos desde el punto de vista científico, por lo que en la película podría ser interpretado como una metáfora de Dios. Que el Sol se apague se puede leer como una reflexión acerca de la crisis de fe en la sociedad actual. En cualquier caso, el film plantea que hay que hacer algo para salvar el Sol.
Me interesan mucho los temas religiosos y espirituales, lo que ocurre es que es difícil hablar de ello sin resultar cursi o tópico. En cualquier caso, me gusta arriesgar.
La necesidad de salvar el planeta es lo más importante que plantea el film. ¿Qué hace usted particularmente para no dañar el medio ambiente?
La posibilidad de salvar el planeta está en manos de cada individuo. Si cada uno hacemos todo lo posible, entre todos podremos salvaguardar el planeta. Yo personalmente uso el transporte público en Londres para ir a todas partes. Siempre voy en metro. Tengo un coche pequeño, pero casi no lo uso.
Mis hijos son muy estrictos en temas como el reciclaje de basuras. He notado gracias a ellos que la educación es muy importante a la hora de concienciar a la gente de la necesidad de preservar el medio ambiente.
Soy optimista, creo en el comportamiento decente del ser humano, pese a lo devastadoras que están siendo las actuaciones del hombre en el planeta.
Un director español, Juan Carlos Fresnadillo, se ha encargado de rodar 28 semanas después, la secuela de su película 28 días después. ¿Qué le parece este director?
Descubrí Intacto, su debut en el largometraje, hace cinco años, y quedé completamente embelesado. Veo muchísimo cine, pero esa película se me quedó en la cabeza. Así que cuando me preguntaron quién sería, en mi opinión, el director ideal para 28 semanas después, enseguida les aconsejé a Fresnadillo. He estado muy pendiente del proceso creativo, porque soy productor ejecutivo, y me he reunido varias veces con él y con el productor español Enrique López Lavigne, que participa en el proyecto, y creo que la película ha estado en buenas manos. Mi impresión es que ha sido muy positivo que en la película haya españoles –Fresnadillo y López Lavigne- y un ecuatoriano, el director de fotografía Enrique Chediak, porque ofrecen una visión de Londres muy distinta a la mía, que vivo allí.
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