Libros
"Verbolario", de Rodrigo Cortés
Verbolario (Rodrigo Cortés, Random House, 215 págs)
Produce algo de temor acometer la reseña de un libro tan atípico como “Verbolario” de Rodrigo Cortés. En primerísimo lugar porque sus páginas rebosan tanto ingenio que a la hora de replicarle con unas pocas líneas surge el pavor de no estar a la altura. Luego viene la tranquilidad, cuando asumes que, por supuesto, no vas a estar a la altura. Y que deberás conformarte con un comentario que sirva de guía al potencial lector, le dé pistas de por qué vale la pena.
Leo que según Stuart Webb, profesor de lingüística aplicada en la Universidad de Western Ontario, en Canadá, es suficiente conocer entre 800 y 1000 palabras para comprender el 75% de cómo se habla normalmente un idioma. De ser correcta esta teoría, los lectores de “Verbolario” están de enhorabuena ya que el libro de Cortés incluye 2500 palabras, algunas con varias acepciones, publicadas a lo largo de otros tantos días en las páginas del diario madrileño “Abc”. Con el añadido de que el significado que nos ofrece el autor no es el corriente, sino que ofrece otro u otros alternativos, atravesados de ironía, jugando con la caprichosa naturaleza humana, tan narcisista y mudable, tan manipulable y manipuladora. En la tradición de Ramón Fernández de la Serna y sus célebres greguerías.
El director de películas tan estupendas como Buried (Enterrado) y El amor en su lugar, y que ha publicados dos novelas, la última la celebrada “Los años extraordinarios”, demuestra un extraordinario manejo de las palabras. Ya antes de ofrecer los 2500 vocablos seleccionados supone un auténtico alarde contar cómo surge “Verbolario” del feliz encuentro con Isabel Vigiola, viuda de Antonio Mingote, y del regalo de un libro, “El diccionario del diablo” de Ambrose Bierce, que da impulso al suyo por “azar” –según su propio libro, la primera acepción que concede a esta palabra, “retribución de una acción”–, desembocando en el diario “casa de plumas” de Cambá, Azorín, Wenceslao, Jardiel, Cunqueiro y Pardo Bazán, señala con un punto de emoción y estupor. Y también las instrucciones de uso, donde el autor juega con la certeza de que no va a haber dos lectores iguales de un libro que invita a saltar de aquí allá, aunque no se pueda descartar la lectura metódica, y en que el intento de dar armonía a la lectura continuada puede tener sentido o no.
A la hora de hacer una crítica de este libro, el desafío es semejante al de cómo leerlo. No parece fácil decir “qué estupenda esta definición, en cambio esta otra me parece fallida”, porque los factores que producen esas impresiones pueden ser muy diversos. Pero lo que parece justo señalar es que si leídas aisladas las acepciones sorprenden, leído un puñado asombra la armonía del conjunto, hay detrás una cabeza pensante, eso está claro, y con una mente... clara.
En fin, por aquello de que una vez entrevisté a Cortés, puede resultar divertido recoger “anécdota”, palabra definida como “historia breve y graciosa que el entrevistador suele demandar para evitar hacer su trabajo”; confieso no recordar si le pedí que me contara alguna anécdota, todo podría ser, pero, ojo, yo estaba haciendo mi trabajo.
La edición del libro es preciosa, en rojo anaranjado, blanco cremoso y negro, con ilustraciones de Raúl Lázaro para cada letra, de la A a la Z, y de algún vocablo, como “equidistante”, “que se sitúa entre dos extremos, lo más cerca posible de uno de ellos”.
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