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Según la revista Forbes
James Cameron ingresa en el exclusivo club de los directores "milmillonarios"
Mientras Hollywood se devana los sesos con fusiones, recortes y estrategias de supervivencia, James Cameron juega en otra liga. El 8 de diciembre, casi de tapadillo, "Avatar: Fuego y Ceniza" fue nominada a los Globos de Oro en la categoría de Logros Cinematográficos y de Taquilla… antes incluso de estrenarse. Un gesto que dice mucho: la industria da por hecho que la próxima entrega del universo Avatar volverá a arrasar y podría superar los 2.000 millones de dólares de recaudación.
Esa fe ciega no surge de la nada. A sus 71 años, James Cameron se ha pasado cuatro décadas apostando más fuerte que nadie y ganando casi siempre. El resultado: cerca de 9.000 millones de dólares acumulados en taquilla mundial y un patrimonio personal que Forbes, estima ya en 1.100 millones. Un club ultraselecto en el que figuran George Lucas, Steven Spielberg, Peter Jackson o Tyler Perry.
Él, por supuesto, reniega del término. “Ojalá fuera multimillonario”, bromeó hace poco en un podcast. Pero los números son tozudos. Entre salarios, participaciones en beneficios, licencias de parques temáticos, merchandising y el valor de Lightstorm Entertainment, su productora, las cuentas salen. Y con Avatar: Fuego y Ceniza, Forbes calcula que podría embolsarse otros 200 millones de dólares.
El ascenso es todavía más llamativo si se recuerda el punto de partida. James Cameron dejó la universidad, fue camionero y acabó como asistente de producción en la factoría de serie B de Roger Corman cobrando 175 dólares a la semana. Su debut como director, Piraña II: Los vampiros del mar, fue un desastre: despedido a las dos semanas y con la mitad del sueldo prometido. La historia cambia en 1984 con Terminator, una idea nacida de un sueño febril. Para asegurarse la dirección, vendió el guion por un dólar. Recaudó 78 millones con un presupuesto irrisorio y lanzó una franquicia multimillonaria.
A partir de ahí, Cameron encadena riesgos y éxitos: Aliens, The Abyss, Terminator 2. Cada película más cara que la anterior, cada estreno sometido a una presión gigantesca. Su fama de perfeccionista —“fui un capullo en los 80”, ha admitido— iba acompañada de una obsesión: si había que gastar más para que la película fuera mejor, se gastaba. Y luego la taquilla respondía.
El patrón se repitió con Mentiras arriesgadas y explotó definitivamente con Titanic. Presupuesto desbocado, titulares catastrofistas, metáforas de barcos hundiéndose. Cameron renunció a su salario y a su porcentaje para tranquilizar al estudio. Resultado: 1.800 millones en cines, decenas de millones de VHS vendidos y 11 Óscar. Como compensación, Fox le dio un 10 % de los beneficios. Unos 150 millones para él. Y aquella frase inmortal: “Soy el rey del mundo”.
Con Avatar elevó la apuesta a escala industrial. No solo hizo una película: desarrolló cámaras 3D, sistemas de captura facial, nuevas herramientas de rodaje virtual. Gastó millones en tecnología que aún no existía. En 2009, la película rompió todos los récords con casi 3.000 millones de dólares. Cameron ganó, según Forbes, más de 350 millones solo con la primera entrega, además de ingresos recurrentes por licencias, juguetes y atracciones de Disney.
“Cada película cuesta una maldita fortuna”, dice él mismo. “Si la primera no hubiera ganado tanto dinero, nunca estaríamos haciendo esto”. Es una locura, admite. Una locura que, hasta ahora, lo ha convertido en el director que siempre va más lejos que nadie… y casi siempre vuelve con las bodegas llenas.
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