Oscar 2015
9) “Descifrando Enigma”, de Graham Moore
Llama poderosamente la atención que un guión tan trabajado como el de “Descifrando Enigma” resulte ser obra de un debutante en el largometraje, el joven Graham Moore, que parece ser todo un veterano de guerra. Ha logrado por ello ser nominado al Oscar.
La hazaña de Alan Turing, matemático decisivo para que los aliados ganaran la II Guerra Mundial y pionero de las computadoras y la inteligencia artificial, lo tenía todo para resultar apasionante en la pantalla por su importancia histórica y el enorme desconocimiento general sobre la figura de este científico. Por otro lado, el proyecto tenía tantas posibilidades que se corría el riesgo de no estar a la altura.
Moore adapta el libro “Alan Turing: The Enigma”, de Andrew Hodges, que ya había dado lugar a la TV Movie Breaking the Code, de 1996. Pero ha optado por priorizar las necesidades dramáticas de un largometraje cinematográfico por encima de la fidelidad al original, e incluso de los datos reales. Una opción respetable, y posiblemente la más honrada dentro de unos límites, pues la regla más importante del cine es que el film funcione. Aquí, lógicamente caben las discusiones sobre si se ha traicionado o no al personaje, debate en el que ha entrado el propio Hodges, muy insatisfecho con los resultados.
En suma, Moore –también productor– se ha tomado todas las licencias imaginables, añadiendo personajes ficticios, o inventando conflictos que puedan dar juego en pantalla. Incluso reordena acontecimientos que ocurrieron en otros momentos temporales. También simplifica bastante la auténtica naturaleza del trabajo de Alan Turing, de cara a que los espectadores profanos lo puedan entender mejor, a grandes trazos.
El guión de Moore había liderado en 2011 la Blacklist, famosa recopilación de los mejores guiones que rondan cada año por Hollywood, pero que no se han llegado a producir. Dirige el noruego Morten Tyldun (Headhunters), un buen profesional pero carente de significativas exigencias autorales, que se ha ceñido casi por completo al libreto, sin grandes ajustes.
El film está narrado en flash-back, y los primeros tramos de la historia sirven para presentar la difícil personalidad del protagonista, su arrogancia y su genio. La acción comienza en Manchester, en 1951. Alan Turing (Benedict Cumberbatch) está siendo interrogado por la policía británica. A partir de ahí, el libretista empieza a dosificar sus cartas (no porque sea una historia real desaparece la posibilidad de crear suspense). No se aclara por qué le han detenido, sino que se realiza un salto temporal al momento del primer contacto de dos agentes con el científico, que acuden a su domicilio tras recibir la notificación de que ha sido saqueado, pero éste rechaza su ayuda con enorme prepotencia. Su comportamiento resulta tan sospechoso, por no admitir que le han robado algo, que se inicia una investigación.
Posteriormente se retrocede al Londres de 1939, cuando el chico que vocifera los titulares de los periódicos explica que 800.000 niños han sido evacuados, en previsión de los bombardeos nazis. El protagonista acude a Bletchley Park, un centro encubierto militar donde el comandante Denniston (Charles Dance) le realiza una entrevista para trabajar para el gobierno, pero Turing se declara agnóstico acerca de la violencia, y poco sensible hacia la amenaza de Hitler. Cuando Denniston está a punto de mandarle a paseo, el matemático le deja boquiabierto, pues ha descubierto por el tipo de personas que están contratando que el programa de alto secreto en el que trabajan en el lugar consiste en quebrar Enigma, la máquina con la que los nazis encriptan todos sus mensajes.
A Turing le ponen a trabajar en el equipo liderado por Hugh Alexander (Matthew Goode), y formado también por John Cairncross (Allen Leech) y Peter Hilton (Matthew Beard), y un par de lingüistas. Todo está supervisado por Stewart Menzies (Mark Strong), alto cargo de la Inteligencia Británica. Pero Turing tiene dificultades para comunicarse con sus compañeros, piensa que sólo le entorpecen y acaba trabajando a su aire en una máquina capaz de descifrar todos los días los códigos de los alemanes. Esta falta de entendimiento será un obstáculo que marca el primer punto de giro de una estructura que finalmente resulta ser bastante clásica, pese a la frescura que destila el film.
Humanización del personaje
Para suplir la falta de personal tras las expulsiones, Turing inserta en numerosas publicaciones un complejo crucigrama acompañado de un críptico texto: “Si usted puede resolverlo en 10 minutos llámenos. Tendrá una excelente oportunidad laboral”. Gracias al examen que realiza posteriormente entre quienes lo han conseguido ficha a dos nuevos colaboradores, entre ellos a una mujer, Joan Clarke (Keira Knightley).
Joan será uno de los personajes clave, no sólo por su habilidad para descifrar códigos, sino por su inaudita capacidad de empatizar con Turing. Ella tiene su propio conflicto (sus padres son muy tradicionales y piensa que no debería trabajar sino casarse), pero despertará en Turing inéditos rasgos de humanidad hasta entonces ocultos, con los que conseguirá la hazaña de hacerse comprender por sus otros colaboradores, que le ayudan a conseguir más tiempo para el proyecto cuando Denniston pierda la paciencia, y harto de la falta de resultados trate de echarle. Turing llega a ofrecerle matrimonio a Joan para tranquilizar a sus familiares, que no quieren que se convierta en una eterna solterona, o se vea expuesta a asaltos de hombres; sin embargo, y a pesar de su afinidad, no existe atracción sexual, al menos en lo que a él se refiere.
Enigma descifrado
Durante esta etapa se resuelven varias subtramas, como la del presunto espía oculto entre ellos. Resulta ser John, que informa a los soviéticos. Pero alega que éstos al fin y al cabo son aliados, y amenaza a Turing con desvelar otro secreto: su oculta homosexualidad.
El detective de la policía Robert Nock también averiguará este dato en la subtrama de 1951. Condenado por las autoridades, que aplican la legislación de la época que castigaba la homosexualidad, el asunto deriva en un final trágico. Para evitar la prisión, Turing tuvo que someterse a un tratamiento hormonal que le afectó psíquicamente. Todos los indicios apuntan a que se suicidó, lo que está claro es que murió por envenenamiento. Después de escribirse este guión, la reina Isabel II le concedió públicamente el perdón póstumo reconociendo el error cometido en su momento. Su contribución a la guerra sería conocida cuando todo lo referente a Enigma fue desclasificado, aunque previamente fue condecorado, como el resto de sus compañeros.
Como se ha dicho antes, aunque el guión está muy bien ensamblado, no cuadra del todo con la realidad. Por ejemplo, en Bletchley Park trabajaron miles de individuos en varios turnos (se han condensado las relaciones de Turing con el resto en pocos personajes, para mayor efectividad dramática). La secuencia del crucigrama mediante la que se encontró a Clarke, pese a ser una de las mejores de la cinta, no se dio en la realidad, pues llegó recomendada por un profesor universitario. Y cuando su máquina descifró por fin el código Enigma, Turing ya vivía en Estados Unidos.
El cambio más traicionero con la historia real, sin embargo, consiste en la presentación del protagonista como un personaje muy extremo, en cierta manera más cercano al cómico Sheldon Cooper, de The Big Bang Theory, que al auténtico Alan Turing. Esto se subraya por la interpretación (excelente por otra parte) de Benedict Cumberbatch, que posteriormente va humanizándose poco a poco, con buenos resultados en lo que a la tensión dramática se refiere.
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